Vivir en automático. No les ha pasado que van caminando por la calle dirigiéndose hacia un lugar y de pronto se dan cuenta que ya llegaron a su destino. Lo que parecía ser una larga caminata, en una nada ya terminó. ¿Cómo llegué aquí? Uno se pregunta. Tratas de recordar el camino, pero todo es borroso. Tienes ligeras imágenes en tu cabeza, pero de alguna forma pareciera que, por un tiempo, estuviste en alguna especie de limbo.
Pues bien, así pasaban mis días. Después de aquella terrible última llamada con Cristi, parece que mi alma decidió apagarse por un tiempo. Septiembre había terminado. Quería que el tiempo pasara rápido, pero en realidad no era así. Todo lo contrario, sentía que había pasado una eternidad en aquel lugar, acompañada tan solo de mi sombra y del pequeño fantasma. Ni sumando todas las nuevas personas que habían entrado en mi vida, se llenaba aquel vacío que parecía hacerse cada vez más grande.
Como aquella canción de Green Day “wake me up when september ends” (despiértenme cuando septiembre acabe), desperté en octubre solo para darme cuenta que el dolor seguía. Vaya mes tan cruel. La primera parte sufriendo de ansiedad, esperando hablar con aquella persona que iluminaba mis días. El teléfono se volvió parte de mi cuerpo. Esperaba aquel “bip” que anunciaba un mensaje nuevo. La segunda parte del mes, sufrí de saberla perdida. ¿Por qué tenía que pasar esto? ¿Por qué justo ahora, tan lejos, tan sola?
Pepilla Grilla
No te victimices.
Eso intento pepilla grilla, pero es imposible ver cuando la luz se apaga. Pasé de no sentir ninguna emoción durante unos días después de aquel adiós, a sentir tanto, que la emoción parecía salir de mi piel. La culpé a ella por mi decisión. La culpé por mi dolor. ¿Por qué no luchó por mi? ¿Por qué aceptó sin dudar alejarse de esa manera? Acaso ¿es tan poco lo que valgo?
Pepilla Grilla
Ahí está, otra vez, de víctima.
Lo sé. Pero no es la primera vez que pasa. No es la primera vez que alguien se aleja así. No es la primera vez que alguien me da la espalda. Fue entonces cuando me pregunté ¿Cuál es el factor común en todas esas veces? La respuesta era sencilla. Yo.
En ese momento la caja de pandora se estremeció en su interior, liberando una pequeña voz en mi interior. Es momento de bucear Ari. Es momento de ir a lo más profundo. ¿Pero quién se atreve a nadar al fondo? ¿Por qué habría de ir a un lugar aún mas oscuro del que me encontraba? Si la respiración ya era difícil, ¿qué sentido tenía ir a dónde no había oxígeno?
Al parecer eso era justo lo que había que hacer. Para tomar impulso y saltar alto, lo que uno hace en automático es agacharse. Así que para salir a la superficie y volver a respirar, había que tocar fondo para impulsarme.
Pepilla Grilla
Tú tienes la solución
¡Claro que sí! Esto no me iba a vencer. La solución era enfrentar al peor enemigo de todos. Uno mismo. Sabía que este sería un camino largo y doloroso, pero estaba decidida a atravesarlo.
Como por arte de magia, aquel panorama gris ya no lo fue tanto. Aquella negativa a conectar con otras personas desapareció. Para tener resultados diferentes, se tiene que cambiar las acciones que se realizan. En definitiva, no estaba contenta con mi día a día. Era una ermitaña casi. Rechazaba cualquier invitación de mis compañeros, de mis vecinos. Ni siquiera me daba la oportunidad de ir a caminar al parque yo sola. Me había aislado por completo y eso solo empeoraba el escenario.
Pepilla Grilla
¡¡No más!! Levanta tu trasero y sal a la calle.
Decidida a cambiar mi futuro diría que sí a cualquier evento que se presentara. Lo primero que llegó fue una invitación al preestreno de una película. Un compañero nos invitaba a la proyección especial que se haría en un festival de cine francés. Era perfecto. Cine. “En realidad no tengo que convivir tanto” pensé.”
Compré mi boleto y me dirigí a la sala. Ya el hecho de salir de mi departamento, y tomar otro camino del habitual, era en sí un gran avance. Me sentí empoderada. Decidí bajar una estación antes para poder caminar y sentir el aire, ver lo edificios, las calles. Me encontré sonriendo. Caminando con tranquilidad y disfrutando del paseo.
Entré a la sala. Parecía que nadie más de mis compañeros había ido. Había poca gente. Tomé asiento y miré alrededor. Vi parejas y pequeños grupos de personas hablando entre ellas. Yo era la única que estaba sola. Tres filas delante de mi…. nada. Dos filas atrás… nada. Miré a los lados y los asientos parecían infinitos. Todo aquel poder y entusiasmo que sentí, se esfumó en un segundo. De pronto una compañera apareció. “¿Ari?” Sí!!!! ¡Alguien conocido! Me sentí como un niño que vuelve a ver a su madre, después de haberla perdido de vista por unos instantes, en el super.
Iba acompañada de su novio. Se sentaron a un lado de mí y casi al instante comenzó la película. “Retrato de una mujer en llamas”. No tenía idea de qué trataba. Y en realidad no me importaba. No estaba ahí porque me interesara verla. Estaba ahí porque me había propuesto salir de mi zona de confort.
¿Y cuál sería mi sorpresa? Pues estaba frente a una dramática historia de amor entre dos mujeres. Un perfecto puñetazo en la cara y un pisotón al corazón. ¿Es en serio que el universo pueda ser tan cruel? O será que justo tiene que ser así para que podamos reaccionar.
Sin afán de arruinar la película para todos aquellos que no la han visto aún, que por cierto la recomiendo ampliamente, me hizo darme cuenta que hay cosas que simplemente no están destinadas a ser. Hay cosas que es mejor mantener como un gran recuerdo del corazón. Y así estaba yo, viviendo una situación digna de un guión de película. Pero, ¿Sería este el final de la historia?