¡Desperté muy temprano por la mañana del 12 de octubre, “el día de la raza”! Era sábado así que no había prisa. Me preparé unos hot cakes de plátano con una cubierta de crema de cacahuate y un poco de maple. Un té chai calientito para acompañar. Este desayuno se había convertido en el oficial de los fines de semana. De fondo sonaba una playlist de adagios. Era un relajante y tranquilo fin de semana.
Después de mi experiencia con aquella película tan particular, decidí que me forzaría mínimo una vez al mes a hacer cosas distintas, sin la necesidad de armar un plan e invitar gente. Si algo tiene Madrid y sus alrededores, es la cantidad de actividades, festivales y presentaciones artísticas durante todo el año. Así que sabiendo esto, me senté en el frío sillón naranja, coloqué mi laptop sobre mis piernas y comencé a buscar las actividades relevantes que había por hacer en el mes de octubre.
Me topé con varios festivales, pero uno me llamó la atención ya que acababa de escuchar de él días anteriores. “El mercado cervantino de Alcalá de Henares”. Un festival de época medieval donde puedes encontrar todo tipo de actividades. Desde torneos medievales de caballeros, danzas, presentaciones de los bufones, por supuesto puestos de mercado al estilo medieval con accesorios y comida.
Resulta que justo ese fin de semana era el último de este festival. Así que era ahora o nunca. Eran casi las 11 de la mañana y aún no me había bañado. Alcalá de Henares se encontraba a una hora y media de distancia aproximadamente desde mi departamento. Había visto los horarios del festival y quería llegar a una presentación de música celta que era a las dos de la tarde.
Pepilla grilla
-En realidad es un poco justo el tiempo.
Es verdad. Quizá pueda ir mañana. Revisé el horario del domingo, pero lamentablemente no había presentación de música.
Pepilla Grilla
-Es una señal de que tienes que ir hoy. ¡Levántate y apúrale!
Sí, tienes toda la razón Pepilla. “Si no voy hoy mañana encontraré una excusa para no ir y así me la pasaré esquivando oportunidades de hacer algo distinto”. Me levanté de un salto y me bañé rápidamente. Corrí para tomar el tren a Alcalá y poder llegar a tiempo al concierto. Nunca había ido sola a un lugar en plan turista. Todo era una nueva experiencia en si misma.
Me sorprendí lo rápido que había reaccionado. No lo pensé. Había tomado mi pequeña mochila, mi monedero, una libreta, una pluma, mi ebook y mi botella de agua. Iba caminando casi en automático. Tomé el metro para llegar a la estación de Chamartin, desde donde saldría el tren “renfe” a Alcalá. Bajé del metro para comprar mi boleto. La señalización era bastante mala así que no sabía en qué plataforma debía estar. Pregunté a un policía. “A Alcalá en andén 12” Me dirigí a la plataforma dónde había ya varias personas. Vi la pantalla que anunciaba el próximo tren, pero su dirección no era la mía.
Escuché a una familia discutir lo mismo que yo estaba viendo. De pronto se escucha a lo lejos “¡es en el 3!”. Faltaban pocos minutos para que saliera el tren y yo no sabía en qué anden debía estar. Vi a la familia correr, así que hice lo mismo. Corrí tan rápido como pude para llegar al andén que se encontraba al otro extremo de la estación. Al llegar a él, el tren llegó. Miré la pantalla, ahora sí aparecía mi destino.
Pepilla Grilla
-Bueno llegarás a algún destino, eso seguro.
Pregunté dentro del tren si se dirigía a Alcalá, quería asegurarme de ir en el correcto. Todavía con falta de aliento y la respiración agitada, busqué un asiento. Me senté, tomé un poco de agua y el tren comenzó a avanzar. El camino duraba 50 minutos así que aproveché para leer un poco.
Casi en un abrir y cerrar de ojos llegué a mi destino. Bajé del tren. No sabía exactamente la ubicación del festival, pero ni siquiera tuve que abrir google maps porque una marea de personas caminaba hacia un mismo destino. Seguramente el mismo que el mío.
Después de unas cuantas cuadras, el olor a ese platillo típico, delicioso lechón asado, comenzó a ser la guía. La gente cada vez se concentraba más y más en las pequeñas calles que llevaban, a lo que yo asumía, era el centro de la ciudad. Había demasiada gente, casi imposible caminar. Yo soy particularmente pequeña, por lo que este tipo de concentración de gente me molesta demasiado. Quedar por debajo de la estatura media, sintiendo que no puedes respirar y siendo particularmente difícil abrirse paso, es una tortura para mi. Me estresa saber que no puedo moverme con facilidad en caso de una emergencia. Me agobia cuando el ruido de las conversaciones se vuelve cada vez más fuerte, al grado de no poder escuchar ni tus pensamientos.
Sin embargo, ese día era diferente. Me di cuenta que sería imposible llegar al concierto, el cual aun no sabía dónde se ubicaba, pero viendo la velocidad con la que caminábamos era claro que no lo lograría. Así que me dejé fluir. Traté de disfrutar cada pequeño paso que dábamos. Las últimas semanas había sentido tanta soledad, que ahora estar rodeada de tanta gente se sentía un poco reconfortante.
Observé las decoraciones atentamente. Era como haber viajado en el tiempo. En efecto era un mercado medieval (bueno por lo que he visto en películas de cómo lo representan). Aquellas tiendas clásicas formadas con paredes de tela a rayas. Los banderines colgados en lo alto, cruzando de un edificio a otro.
Toda la construcción era muy medieval. No se podía apreciar del todo la arquitectura por la cantidad de gente y puestos que había. Pero imaginaba que ese era un pueblo hermoso. Tenía que regresar en otra ocasión que no hubiera tanta gente para poder apreciarla.
Caminé todas las calles del centro. Me topé con una pequeña banca con unos conocidos personajes de metal sentados en ella. Don Quijote y Sancho Panza. Estaba en frente de la casa natal de Cervantes.
Pepilla Grilla
-Ahora entiendo por qué le llaman mercado cervantino.
Una grata sorpresa. En realidad no había tenido tiempo de investigar sobre los atractivos del lugar. Me vi sonriendo de esa maravilla con la que me había topado. Disfruté de ver los pequeños puestos de artesanías y comida, cosa que en otra ocasión me hubiera cansado casi inmediatamente. Aproveché para comprarme un pequeño saco de semillas para calentar, los que sirven para los dolores musculares que mmm vaya que tengo a cada rato.
Me formé en uno de los puestos para poder probar aquel maravilloso lechón que estaba expuesto justo como en las caricaturas. Con una manzana en la boca, en una cama de ramas verdes y lechuga, barnizado de aquel particular adobo dulce. La mezcla del olor de la carne cocida lentamente, el dulzor del adobo y el humo de la leña, hacía que salivara sin control.
Después de una larga espera por fin llegó mi turno. Pedí mi platillo y busqué un lugar despejado para poder sentarme a comer. Encontré un pequeño espacio justo en el centro del zócalo. Me senté en el suelo, cerca de un árbol que daba una bella sombra, perfecta para ese día tan soleado. Suelo comer muy rápido. Devorar mis alimentos es una especialidad. Pero esta vez traté de comer lento. Disfrutar de cada bocado que diera, tratando de distinguir cada olor, cada sabor, cada textura. Ese día todo era diferente. Era un día para mi. Disfrutaría de cada una de las cosas que sucedieran en esa experiencia.
Después de comer me quedé un rato sentada en ese lugar. Veía pasar a la gente. A los niños jugar. Había llevado mi libreta, pero en realidad no quería escribir. No quería desconectar. Quería estar presente. Ahí, sintiendo la energía de cada una de las personas que ahí se congregaban. Miré la hora, eran las 5 de la tarde. El tiempo había volado. Me paré y decidí regresar a casa. En realidad, ya había visto todo. Camino a la estación paré en un pequeño café/barsito típico de España, primero porque si algo me caracteriza es la habilidad de visitar la mayor cantidad de baños posibles. Sí, soy una pequeña regadera andando. Y segundo, el olor del café es una de mis mayores debilidades y justo al pasar por ese lugar, pude saborear incluso, un delicioso expreso. Me lo tomé tranquilamente, esperando que diera la hora del siguiente tren a Madrid.
Esta vez no me puse a leer en el camino de regreso. Disfruté de la vista que daba aquel sol anaranjado del atardecer. La resolana que entraba por la ventana era muy agradable, justo lo que necesitaba después de días fríos y lluviosos. Perecía que este había sido el día perfecto. Todo había fluido de maravilla, había disfrutado hasta las cosas que más me molestaban.
Llegué contenta a casa. Me dí un baño para refrescarme un poco. Nunca imaginé que mi estado de ánimo cambiaría drásticamente en cuestión de minutos. Jamás habría pasado por mi cabeza lo que estaba a punto de estallarme a la cara. Era la revelación que la caja de pandora ansiaba exponer. Nunca había llorado tanto en mi vida. Nunca imaginé encontrar esta verdad. Esa realidad que duele hasta los huesos. Esa realidad que estaba a punto de cambiarlo todo.