Dos meses pueden ser poco o mucho tiempo. 60 días dedicados a caminar sin parar claramente es mucho tiempo, pero sería muy poco si es el período que se tiene para construir una casa. Yo llevaba dos meses en Madrid, y a mi me parecía una eternidad. Mi vida había cambiado por completo. Mi rutina era otra, la gente con la que ahora convivía gran parte de mi día, eran personas que apenas conocía. La soledad hacía pasar el tiempo aun más lento, y no ayudaba en nada a sanar aquel corazón roto.
Sin embargo, fue precisamente aquel cambio de entorno y aquella soledad, la que me permitió ver hacia adentro. Ver aquellas grietas sobre la pared que había que reparar. Dicen que todo pasa por algo y que los tiempos son perfectos. Creo que este fue uno de esos momentos donde todo pareció estar acomodado justo para mi.
Aquella revelación me había golpeado fuertemente. Darte cuenta que no sientes amor por ti misma, saca a relucir tus inseguridades. ¿si ni siquiera yo me amo, cómo es posible que alguien más me ame? ¿si yo no me acepto, cómo es posible que otros me acepten? El universo tenía preparada una gran lección para mi.
Resulta que justo tenía planeado un pequeño viaje con dos viejos amigos, Lillo y Nilla. Nuestra amistad había nacido en la universidad. Pasamos innumerables días, tardes y noches juntos. Sin duda, ellos dos hicieron aquel tiempo, uno de los mejores de mi vida. A pesar de haber elegido la carrera equivocada, disfruté tanto aquellos años gracias a las grandiosas experiencias que viví a su lado. En su mayoría, llenas de risa, fiesta y diversión, pero como toda buena amistad, compartimos también grandes tristezas y dificultades.
Nilla se había mudado a Alemania unos años atrás y Lillo estaría de visita unos días en ese lado del mundo. Después de la universidad, nuestro contacto había sido cada vez menor, así que no podíamos perder la oportunidad de reunirnos los tres después de tantos años separados.
Cuando supe la noticia sentí una gran emoción. Acordamos reunirnos en Berlín, así que compré mi boleto y ansiaba la llegada de aquel día. Realmente necesitaba sentir un abrazo de sincero cariño, una charla amena, un rato de distracción. Pero de pronto una vocecita incómoda apareció.
Pepilla Grilla.
-¿Les dirás lo que ha pasado?
Gran pregunta Pepilla. La última vez que hablamos en persona, aún no aceptaba mis preferencias sexuales, Cristi no existía, mis dudas y miedos estaban muy bien camuflajeados en juicios y creencias sobre otros. Me conocieron en otro momento y ahora ni yo me conocía.
Es increíble como nos da tanto pavor ser nosotros mismos frente a las personas que más amamos. O por lo menos es lo que a mi me pasa. Creo que quizá no seré comprendida, que seré juzgada, no aceptada, seré dejada a un lado, que se alejarán de mi. Mi más grande miedo, descubrí que, es el rechazo. He escuchado tantas veces, y yo he dicho otras tantas, aquella frase de “si no te aceptan como eres entonces para qué quieres a esas personas en tu vida”.
Es verdad que las personas que te aman te aceptan por quien eres, lo cual no significa que no te impulsen a ser una mejor versión de ti. Pero, qué pasa cuando una persona que tú amas, no te acepta por quien eres. Ahí radica la dificultad de enfrentarse al rechazo, porque uno desea que esa persona permanezca a tu lado, que te acompañe en tu camino y tú en el suyo. Entonces enfrentarse a la desilusión de una ruptura de relación, ya sea de amistad, familiar o de pareja, es terrible.
Por supuesto, no tardó mucho en comenzar el nerviosismo sobre cómo les diría, pero sobre todo qué les diría. Miles de escenarios pasaron por mi cabeza. No importa qué tan cercana sea la persona a ti, de hecho, mientras más cercana creo que mayor el miedo a encararlas. En mi interior, sabía que podía contar incondicionalmente con Lilla y Nilla, sin embargo, es inevitable pensar el peor escenario. Quizá es un mecanismo de defensa. Si ya lo pensaste y ya te preparaste para eso, no sea tan fuerte el golpe.
Pepilla Grilla
-¡Tonterías! El golpe sería igual de fuerte. A quién quieres engañar.
Tienes razón. Mostrar tus debilidades, pararte frente a los demás en total vulnerabilidad, es de las peores sensaciones que uno puede tener. Pero era ahora o nunca. Las circunstancias me permitían enfrentarme, después de aquella revelación, a mi mayor miedo. La caja de Pandora ya se había abierto y sólo quedaba comenzar con la destrucción.
La destrucción de viejas creencias, de las múltiples máscaras que me había puesto. Tocaba demoler aquellas estructuras que no permitían la expansión. Romper las barreras que encerraban mi esencia.
Llegó el momento del encuentro, mi corazón se aceleró. Repasé una vez más el discurso que tenía preparado, o mas bien los discursos en caso de enfrentarme a cualquier situación. Para superar hay que enfrentar, para encarar hay que aceptar, para admitir hay que reflexionar.
Yo ya había navegado en aguas profundas, ya había asimilado el problema. Ahora tocaba soltar el escudo, quitarse la armadura. ¿Los tres mosqueteros volverían a ser? O ¿acaso me tocaría encontrar una nueva compañía de la cual formar parte?
Ari, soy de las que aceptan a las personas tal y como son, respeto creencias, preferencias sexuales, políticas y sé que hay una vida y hay que vivirla como uno desea. Te felicito por haber dado ese paso y cuenta conmigo SIEMPRE. ❤️❤️❤️❤️
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