12.Nube de humo

Me desperté temprano por la mañana. Comencé la rutina de cada día, una pequeña meditación, ducha, ordenar mi cuarto y preparar el ya favorito desayuno caliente para los fríos días de otoño, avena con plátano.

Los últimos días habían sido bastante lluviosos. Decían que en Madrid no llovía, pues seguro alguien lanzó una maldición, porque el único clima que tuve fue precisamente lluvioso. Pero ese día en particular el clima era hermoso. El sol había salido en su máximo esplendor, tanto que el frío no me molestó. 

Terminé de preparar mis cosas para irme a mis prácticas profesionales.  Tomé mi mochila, un lunch y partí a la oficina. Mi trabajo se encontraba a 40 minutos de mi casa. Caminé a la estación de Metro que quedaba a unos cuantos pasos de mi edificio. Como un acto casi involuntario ya, tomé la tarjeta, la pasé por el lector y atravesé el torniquete de la entrada. Bajé las largas escaleras eléctricas hasta llegar al andén.  Miré el letrero “Próximo tren llegará en 3 minutos”. 

Pepilla Grilla

-Excelente, siempre a la misma hora. 

Así es pepilla. Mi rutina estaba tan estudiada que incluso mi llegada a la estación era la misma. No me gustaba perder ese tren porque en el siguiente, a pesar de estar tan solo 5 minutos espaciados, hacía una gran diferencia en la cantidad de gente en los vagones. Si tomaba este, tenía la mayor de las veces, asiento. 

Saqué mi libro para leer un poco y aprovechar el trayecto. Cada que hacía esto, con mi libro en las manos, transbordando casi como un robot de un tren al otro, me hacía sentir un personaje misterioso de película.

Llegué a mi estación destino. Bajé del vagón. Subí las escaleras y salí a la calle. Mi oficina se encontraba en un barrio muy tranquilo de Madrid. El edificio estaba a pocos metros de la estación. Era temprano aún, me gustaba llegar antes de la hora indicada de entrada. Así que disfruté de la pequeña caminata. El sol se sentía tan bien en mi piel que me detuve un momento y miré hacia arriba. La combinación del calor de los rayos en mi rostro, el ligero y fresco viento otoñal y el sonido de las hojas rojizas y amarillas sonando en lo alto de los árboles resultó hipnotizador. 

De pronto me di cuenta de algo. Mi corazón se detuvo unos instantes al igual que mi respiración. Sacudí la cabeza incrédula de mi descubrimiento. Giré sobre mis pies y contemplé aquella solitaria, pero reconfortante calle. Podía ver un poco más adelante, de mi lado derecho, el pequeño edificio de vidrio en donde se encontraba la oficina. Lo miré. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Poco a poco una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.

Pepilla Grilla

-No puedo creer que no nos habíamos dado cuenta Ari. ¿cómo es que lo hemos pasado por alto?

¿Cómo se puede pasar por alto algo tan importante, tan especia? Estaba tan absorta en mis pensamientos negativos, en mi dolor, en mis miedos, que había dejado de vivir en el presente. 

Ese día, caminando en ese hermoso día, agradecí estar viva. Agradecí sentir el sol después de días de lluvia. Agradecí tener la oportunidad de estar en aquella ciudad. Y fue en ese momento que lo recordé. Hacía unos años atrás, me encontraba visitando a mi hermano es esa misma ciudad. Era la época de navidad, mi favorita del año. Con las luces que adornaban las calles y el ambiente de festividad, caminamos un rato con mi familia. Recuerdo que esa noche la ciudad me pareció mágica. Había algo en el ambiente que me resultaba tan atractivo. Misterioso, pero al mismo tiempo familiar. 

Fue en el silencio del trayecto que pensé, “algún día viviré aquí”. No se lo dije a nadie, ese pensamiento había quedado enterrado en mi memoria solo para mi. Mi vida en México después de esas vacaciones, continuó como siempre. Una rutina tranquila pero vacía. No sentía que mis acciones tuvieran un real propósito. No sentía que hiciera nada realmente significante. Anhelaba dejar mi casa, mi ciudad, dejar de depender de mis padres y trabajar en algo que me llenara, que me apasionara.

Me imaginaba caminar por los pasillos de una productora de cine, trabajando en el departamento de guion. Discutiendo los diálogos con compañeros, escribiendo historias y viéndolas transformarse en imagen. “Eso sería un sueño hecho realidad.” Me imaginaba en el extranjero. En específico en Canadá, aunque cualquier ciudad fuera de México funcionaba para mi imaginación.

Pues bien, ese rayo de sol en mi rostro, con el viento acompañado por el sonido de las hojas otoñales, me di cuenta que mi sueño se había vuelto realidad. Estaba viviendo en una ciudad en el extranjero, y me encontraba en camino al edificio de cristal, mi lugar de trabajo. Para llegar a la oficina que nos habían asignado, debía pasar por un pequeño pasillo, de una productora audiovisual, que ahora buscaba hacer cine. ¿Y cuál sería mi trabajo ahí? Pues nada más y nada menos que escribir. 

Llevaba ya unas semanas en ese trabajo. Recorriendo el mismo camino cada día. Pero en la agitación interna en mis pensamientos, de los pendientes, no me detuve a disfrutar de lo que estaba viviendo. Había deseado con todas mis fuerzas que llegara ese día que cuando llegó, lo pasé en piloto automático. 

Es tan fácil perderse en la negatividad, es tan fácil perderse en la rutina, que podrías estar viviendo el mejor momento de tu vida y no darte cuenta. Esta revelación me hizo preguntarme ¿qué otros momentos había dejado pasar? ¿es que acaso no sé vivir en el presente y vivo pegada a los recuerdos del pasado o la ilusión del futuro?

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