13. Añoranza

¿Cuántas cosas damos por sentadas? ¿Cuántas cosas pasan desapercibidas ante nuestros ojos? Después de aquel día en el que me di cuenta que mis sueños se habían vuelto realidad, comencé a preguntarme qué otras cosas había dejado pasar.

Comencé por agradecer y a notar las pequeñas cosas. Mi cama calientita. El té de la mañana. Mi acogedor departamento, en una zona muy tranquila de Madrid. La cercanía que tenía a la estación del metro, incluso la cercanía de la universidad. El elevador del edificio. El parque con su relajante lago a unos cuantos pasos de mi casa. 

Luego agradecí estar sana. Me había concentrado tanto en el dolor de mi corazón, que no había notado lo sana que me encontraba físicamente. Llevaba ya mucho tiempo sin enfermar, solía vivir resfriada todo el tiempo, pero al cambiar mi dieta a una sin gluten, mi salud mejoró notablemente. Pero me había acostumbrado a estar tan bien, que lo dí por sentado. Quién diría que meses después una pandemia sacudiría al mundo y la salud sería apreciada nuevamente por todos. 

Después me detuve a agradecer a todas aquellas personas que me habían acompañado en mi vida hasta ese momento. Cada miembro de mi familia. No solo mis padres y mis hermanos, sino que también mis abuelos, tíos y primos. Traté de recordar momentos clave. Las enseñanzas que me habían otorgado cada uno de ellos. 

Agradecí a mis amigos. No todas las amistades duran toda la vida, sin embargo, llegan en momentos adecuados para aportarnos el regalo del crecimiento. Otras, parece que están destinadas a caminar a nuestro lado por siempre. Tal era el caso de mis fieles compañeras de vida. Por supuesto, hubo momentos en los que estuvimos un poco alejadas, pero el destino parecía mantenernos unidas de uno u otra forma. 

Solíamos juntarnos los jueves de cada semana. Como yo me encontraba del otro lado del mundo, mantuvimos nuestro día de amigas virtual (para cuando llegó el Covid, nosotras ya estábamos acostumbradas a las reuniones en línea). Como ellas se reunían después del trabajo, yo me despertaba en la madrugada para poder hablar con ellas. Me di cuenta lo fácil que era para mi hacerlo, a pesar de que soy una persona mas bien diurna. Pero las ganas de hablar con ellas y seguir conectadas era mayor a la necesidad de dormir. 

Pepilla Grilla

-Esto es amistad, una verdadera amistad. Deja de sufrir por quien ya no está. 

Tienes razón Pepilla.  Vivía aferrada a mis recuerdos y a mi imaginación, a una vida idealizada que no me dejaba disfrutar de la realidad. Es tan fácil perderse en la añoranza del pasado y en la nostalgia por lo que nunca pasó y dejar de lado lo que sí pasa, lo que sí existe. 

En ese momento me di cuenta de lo afortunada que era. Me pregunté por qué me aferraba tanto a alguien que no quería estar conmigo y a algo que nunca sería. Teniendo un banquete enfrente de mi, buscaba las migajas del suelo. 

Pepilla Grilla

-No puedes seguir de rodillas. No más.

Sufro porque quiero. Me di cuenta que vivir con dolor era mi forma de amarla. Si Cristi también estaba sufriendo nuestra separación, ¿cómo podía yo disfrutar de mis días sin ella? 

Pepilla Grilla

-No puedes esperar que alguien te haga feliz, o que tu felicidad esté condicionada  a la felicidad de otros.

Lo sé. Lo sé. Soltar no significa olvidar. Ser feliz sin ella no significaba dejar de amarla. Y aunque en mi interior sabía que lo nuestro nunca sería, lamentablemente en el corazón no se manda.  Decidir ser feliz y disfrutar cada día, no significaba borrarla. Creo que sentía traicionarla al seguir con mi vida, pero la verdad es que la traición más grande era hacia mí. 

Ahora quedaba una cuestión, ¿cómo hacerlo? Una cosa es darse cuenta y otra muy distinta tomar acción. Después de mucho pensar decidí hacer un ritual. Había puesto una foto nuestra en la sala. Era la primera cosa que veía al entrar al departamento. Un acto de total masoquismo claro. Así que se me ocurrió cambiar de foto. En lugar de martirizarme cada que veía aquella imagen de lo que nunca sería, la cambié por una mía.  Una en la que estoy saltando de felicidad en una de las mejores vacaciones de mi vida. A un lado de la foto coloqué un pequeño mensaje “Decido ser feliz.”

Luego, ya que las palabras son lo mío, escribí una gran carta despidiéndome de Cristi. Le dije todo lo que no había podido y nunca podría decirle. Expresé mi dolor, mi desilusión, mi enojo, pero a la vez, le agradecí por todo lo que había significado para mi. El papel se llenó de mis lágrimas, pero con esas me despedía. La tinta cerraba el capítulo de mi vida que mi corazón no podía cerrar. Me despedí del pasado y taché el futuro imaginado.

Con el último trazo cerré los ojos. Respiré el olor de la tinta como si con eso reviviera por última vez, aquellos recuerdos que ese día decidía soltar. Me quedé en silencio por un momento. Miré nuestra foto y acaricié su rostro en el papel, pero la abracé con el alma.

Tomé un encendedor y prendí fuego a nuestra historia, en realidad mi historia. La vi consumir lentamente, y con la última flama, una última lágrima. Cuando se consumió, quedé parada en la oscuridad.  Silencio. ¿Y ahora? Ahora tocaba ser feliz. ¿Realmente sería eso posible?

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