Desperté ese día muy temprano por la mañana. Más temprano que de costumbre. El día más esperado había llegado. Mis padres y hermana aterrizarían en tierras españolas a las 8am. Sabía que de mi casa al aeropuerto se hacían 50 minutos aproximadamente, así que mi plan era salir poco antes de las 7. Las actividades con un horario específico me provocan cierta ansiedad. Quería asegurarme de estar en la puerta de salida para recibir a mi familia al momento de su llegada.
Había dormido unas cuantas horas solamente. El año estaba a pocos días de terminar, y yo quería cerrar un ciclo importante en mi vida, así que lo hice de la manera que mejor se hacerlo. Escribiendo. Redacté una larga carta para Cristi. Me aseguré de plasmar en aquellas hojas, todos los sentimientos que me invadían. No pude evitar derramar unas lágrimas. Para mi es importante comunicar, aclarar situaciones, exponer mi sentir y agradecer momentos especiales es esencial al momento de concluir un capítulo de mi vida. Pero esta vez no sabía si sería posible tener una conversación. Esta carta reemplazaría la charla que normalmente tendría, por lo que, no me limité en mi escritura.
Después de escribir el punto final, doblé las hojas y las metí en un sobre. La sellé y exhalé muy profundo. ¿Serían acaso las últimas palabras que le diría? Dejé la carta lista junto a un pequeño obsequio. Pediría a mi hermana el favor de hacerla llegar a su destino final. Miré la hora, ya eran casi cerca de las 3 de la madrugada. Apagué las luces y me fui a la cama.
Entre la melancolía del cierre y la emoción de la llegada de mi familia, naturalmente, apenas había concebido el sueño. A pesar de haber dormido muy poco, no me sentía nada cansada. La emoción era muy grande.
Mi despertador sonó a las 5:30. Salí de la cama de un salto y corrí a darme una ducha. Quería dejar arreglado el departamento. Había colocado un mensaje para mi pequeña hermana en un pizarrón blanco, que usaba de herramienta para mi escritura. Como ella se quedaría a dormir conmigo, cambié las sábanas por unas limpias. Di un vistazo más para asegurarme de tener un lugar perfectamente presentable y partí muy emocionada rumbo al aeropuerto.
No esperaba ver tantas personas en el metro. Parece que todo mundo decidió viajar el mismo día. Miré el rostro de las personas que me rodeaban. Grandes sonrisas iluminaban el vagón. Navidad es una época maravillosa. Todo es mágico. Existe un cierto calor y una ternura en el ambiente. O quizá era tan solo el reflejo de mi interior. Estaba ansiosa de ver a mi familia. Quería dar un gran abrazo a mi hermana. Nunca pensé extrañarla tanto. Antes ya habíamos pasado tiempo separadas, pero esta vez había sentido su falta mucho más que las otras veces.
Llegué al aeropuerto y bajé del metro y comencé a caminar a paso acelerado. Parecía que fuera a perder mi vuelo. Me reí al darme cuenta de esto. Era como una pequeña niña el día de reyes. Mi corazón latía fuerte. Mis brazos estaban preparados para dar aquel abrazo que tanto anhelaba.
Claramente mi ansiedad había hecho que llegara con demasiado tiempo de anticipación. Miré la pantalla que anunciaba la llegada de los vuelos. Aún no aterrizaba. Me compré un rico café y me senté a esperar con la mirada fija en las puertas. Y aunque sabía que su vuelo aún no había llegado, buscaba, entre las personas que salían, algún rostro familiar. Nada. Daba un sorbo a mi café y nuevamente se abrían las puertas. Mi cara se elevaba sin perder esperanza de quizá encontrarlos inesperadamente.
La pantalla cambió anunciando que el vuelo había aterrizado. Me puse de pie inmediatamente. Me acerqué a la puerta, había ya varias personas rodeando la entrada en espera de sus seres queridos. Cambié de lugar tres veces, buscando la mejor posición para poder recibirlos al instante de su salida.
Pasaban y pasaban personas. A cada reunión que veía, mi corazón se aceleraba más. Por cada abrazo que presenciaba, mis brazos se inquietaban más. Comencé a sentir incluso un ligero hormigueo recorrer todo mi cuerpo.
Pepilla Grilla
-Quizá debimos ir al baño antes.
No me digas eso Pepilla. Concéntrate. Pon tu atención a la puerta. ¿No los ves?
Pepilla Grilla
-¿Estas segura que estamos en la puerta correcta?
Volví a revisar la pantalla. Me aseguré de estar en la puerta indicada. ¿Por qué tardaban tanto en salir? En realidad, no había pasado mucho tiempo, pero yo lo sentía como horas.
De pronto, se abrieron las puertas y detrás de una pareja, una manita me saludaba en el aire. Mi corazón se estremeció. Llegaron!!! Llegaron ya!!! Mi mamá corrió hacia mi y me dio un gran abrazo. Mi papá tuvo que tomar su maleta olvidad en medio del camino. No hay mejor abrazo que el que se da con el alma. Y entre sus brazos, sentí un gran amor. Toda la tristeza y soledad que había sentido en estos meses, se esfumó en un segundo. Mi madre comenzó a llorar de alegría de verme y yo no podía dejar de sonreír. Sentía que mi sonrisa salía de mi cara.
Y con esa energía recargada por ese hermoso abrazo, me giré hacia mi hermana, quien no dudó en guardar ese momento para la posteridad con la cámara de su teléfono. La abracé muy fuerte y sentí por un momento abrazar a una pequeña niña. Aunque yo sea más pequeña en estatura que ella, mi corazón la sintió como la ve. Ante los ojos del alma, siempre será mi hermana chiquita. Mi pequeña Puchu.
Mi papá no es una persona de abrazos. Pero los pequeños abrazos que da, los da con todo su amor. Se puede sentir la inmensa energía que desprende al darlos. Estaba tan agradecida de poder tenerlos ahí, cerca de mi en esas fechas tan importantes. Los miré a los tres, parados frente a mi y me sentí tan afortunada. Todo estaría bien.
Mi hermano mayor se nos unió un día después. Él estaba viviendo en Valencia junto a su esposa. Nos encontraríamos con ella y su familia en Sevilla. Pasaríamos las fiestas en familia, en esta nueva gran familia internacional. Si no les he contado, mi cuñada es de Rumania, y nuestros corazones, desde hace algunos años, también lo son.
Invité a mi familia a desayunar a mi casa. Mi papás y hermano se estaban alojando en otro departamento, así que llegaron por la mañana. A mi mamá le encanta conocer las casas, y después de haber visto mi pequeño departamento solo por fotos, por fin lo veía en persona. Así que la emoción se sentía en el aire. Era para mi un placer poder recibirlos en el lugar que me había acogido en los meses anteriores. El lugar que había sido testigo de tan fuertes emociones. El lugar en el que sentí tanta soledad, ese día se llenaba de compañía.
Les di el breve recorrido por el pequeño lugar y luego tomaron asiento en aquel sillón naranja. Aquel sillón que había logrado apreciar. Miré mi pequeña estancia y por primera vez, se sintió como un verdadero hogar. Me di cuenta en ese momento que el hogar no lo hace el lugar, lo hacen las personas. Había regresado a casa. Mi hogar estaba en sus corazones.
