20. La llamada inesperada

Los días pasaron. Tuve unas vacaciones mágicas en compañía de mi familia. Mi hermano había organizado un recorrido por varias ciudades de España, partiendo de Madrid hasta llegar a Valencia. He descubierto que en realidad no importa el lugar que visitamos, lo maravilloso de los viajes es hacerlo en compañía de mi familia. Me encanta viajar con ellos. Solemos tener platicas desde cosas cotidianas, hasta temas muy profundos. Por supuesto que no puede faltar, visitar algún café o restaurante local. 

Si algo disfrutamos especialmente en esta familia, es la comida. Constantemente estamos en búsqueda de aquel exquisito platillo del que hablaremos el resto de nuestras vidas.  Muchas veces llegamos al lugar después de una búsqueda previa, otras, es cuestión de suerte e intuición. Es como si juntos formáramos una brújula mágica que nos guía al restaurante adecuado. 

Disfrutaba más que nunca de su compañía. Cada día despertaba feliz de poder convivir con ellos, y me iba a la cama agradecida de haber tenido un día más para compartir. Los días se me fueron volando. Pasamos una navidad extraordinaria. Se nos había unido un amigo de la infancia de mi hermano y su familia. Al final, tuvimos una gran fiesta al estilo mexicano. Deliciosa comida, mucha bebida claro está, canto y baile. Festejamos hasta el amanecer.  Se sintió un ambiente muy familiar y amistoso. 

Al día siguiente, llegó la hora de los regalos. Una de mis partes favoritas de la navidad. Y no tanto por el regalo en sí, sino que, es el momento en el que me doy cuenta cuánto nos conocemos. Cada obsequio es especial, pues lleva detrás un tiempo especialmente dedicado para el otro. Elegir un regalo no se trata tan solo de comprar lo primero que encuentras en la tienda, sino en pensar qué le gustará. Qué le hace falta, qué es eso que complementa su pasión, qué hace juego con su personalidad, con sus actividades diarias.  Es en un regalo dónde te das cuenta si una persona te conoce o no. Y para mi, abrir cada regalo en navidad, es descubrir cuánto me conoce mi familia. Puedo ver el tiempo dedicado en ese obsequio para mi, y ese es el mayor presente. 

Seguimos con nuestro recorrido hasta llegar a Valencia, ahí recibiríamos el año nuevo. Justo íbamos entrando a la ciudad cuando sentí que mi teléfono vibró anunciando una notificación. Tomé mi teléfono tranquilamente para revisarlo. Un mensaje. Mi corazón se aceleró y se paró al mismo tiempo al darme cuenta de quién era. ¿Estoy viendo bien? 

Cristi me escribía para saber si podíamos hablar ese día. El destino así lo marcaba puesto que, justo ese día, sería dedicado al descanso. Llevábamos varios días sin parar y tomaríamos toda la tarde para reponer pilas y poder disfrutar al máximo el día siguiente, el último día del año. 

Después de instalarnos en dónde nos hospedaríamos, le llamé. Me temblaba todo el cuerpo. Mi corazón se aceleraba cada vez más. Ansiaba tanto volver a hablar con ella y a la vez, temía lo que tuviera que decirme. 

Nos sonreímos a través de la pantalla. Parecía que no había pasado el tiempo, y a la vez, yo me sentía otra persona completamente distinta. Nos pusimos al tanto de lo que había sucedido en nuestras vidas.

 Llegó el momento de hablar de un tema delicado para mi. ¿qué nos había revelado estos meses separadas? Confesé lo difícil que había sido este tiempo. Lo mucho que me dolió alejarme y lo mucho que la había extrañado. Pero cuando llegó su turno, dijo lo que mis oídos rezaban por no escuchar. Ella había estado mejor sin mi. 

Mi corazón que aún se aferraba, con las últimas fuerzas que le quedaban, a un futuro juntas, terminó por romperse. Esperé tanto esa llamada y la había imaginado de tantas formas, pero nunca se está lista para el rechazo. 

Parecía algo tan surreal. Casi en cada segundo de mis días yo la había tenido tan presente, y ella ni siquiera me había pensado tanto. No había mucho más que decir. Nos deseamos lo mejor y terminó la llamada. El comedor, donde me encontraba, de pronto se volvió más frío. Y el silencio, dejó escuchar mis latidos. 

Me paré en automático y me dirigí a mi habitación. Como un robot, me puse la pijama y me senté sobre la cama. Pasaron unos minutos en los cuales mi espíritu no estaba ahí. Me recosté finalmente, debajo de las cobijas. Y con un efecto detonante, quizá el calor suave del cobertor que se asemeja a un abrazo, al instante, mis lágrimas comenzaron a salir incontrolablemente. Pasé toda la noche sacando aquel dolor. No quería guardarlo. Sentí mucho enojo. Al principio pensé que era hacia ella, pero después me di cuenta que el coraje era hacia mi.

Sufrí este tiempo por decisión propia. Me dolió darme cuenta que me había engañado a mi misma. No hay peor engaño que el que te haces ti mismo. Me cegué desde el inicio y aposté mi corazón, sabiendo en el fondo, que me dejaría ganar.  

Había amanecido, era ya 31 de diciembre. El último día del año. Que mejor día para cerrar ciclos. Sin haber conciliado el sueño, me levanté de la cama. Solo quedaba una cosa por hacer. Poner en práctica todo lo aprendido en este tiempo. Me miré al espejo y me regalé una sonrisa. Un gesto de total amor hacia mi. 

Pepilla Grilla

-No te juzgues duramente. 

Yo se amar sin reservas. No me arrepentía de nada y esperaba haber dejado algo bueno en su vida, tanto como ella en la mía. Porque había que aceptar los bellos momentos y reconocer que fue aquel fantasma que me acompañó, el que me había hecho crecer. Me había hecho conocerme, navegar profundo. Con esa sonrisa, despedía con honor este capítulo de mi vida y me abría a nuevas y mejores oportunidades.  Con esa sonrisa, daba inicio a una nueva década. 

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