Pasamos un festejo de fin de año maravilloso. El trago amargo con el que terminaba el último día del año, poco a poco se disolvía para dar paso a un dulce sabor familiar. Después de una deliciosa y vasta cena, llegó el momento de bailar. Todos se pararon alrededor de sus mesas y con el paso del tiempo, las barreras se borraron. Nuestros vecinos de mesa se volvieron nuestros compañeros de baile. Reí, canté, salté, bailé. Realmente disfruté de aquel inicio de año. Estaba decidida a darle la vuelta a las cosas.
Dicen que una madre lo sabe todo, pues estoy segura que la mía sin decirle nada, comprendía lo que pasaba. Mi mamá suele decir su punto de vista, aunque no sea precisamente lo que deseas escuchar. Pero esta vez, se limitó a darme palmaditas en la espalda y, con una mirada, hacerme saber que me acompañaba en mi emoción.
Dieron las 12 y acompañados de los fuegos artificiales que se veían a lo lejos, dimos inicio al 2020. Nos repartimos abrazos. Cuando llegó el turno de mamá, me sonrió con tanta ternura y me tomó en sus brazos fuertemente. “Cuentas conmigo en todo momento” En un instante, sentí tanta protección. Sus palabras me inyectaban de energía, la energía que necesitaría para el año tan particular que se avecinaba.
Muchas veces subestimamos el poder de las palabras. Algunas veces es lo único que necesitas para sanar, otras, son las que te provocarán las más grandes heridas. Aquellas palabras llegaban en el momento justo. Sintiéndose como una suave caricia, como un ungüento para el alma.
Regresamos a dormir ya en la madrugada. Yo estaba realmente exhausta. A pesar de haber dormido tan poco en las últimas 48 horas, traté de no dormir demasiado. Tenía tan solo un día más para terminar un guión que escribía en coautoría con mi excompañero de prácticas. Y digo “excompañero” puesto que yo había decidido dar por terminado mi tiempo en la productora. Nos habían ofrecido extender nuestra estancia como becarios, pero en realidad, no estaba segura de querer permanecer en ese lugar.
La decisión la había tomado durante las fiestas. Me sorprendió mucho en realidad. Claro que no había sido fácil tomarla, pero me hizo reflexionar sobre mi futuro. ¿Realmente sabes lo que quieres? Pero lo más importante es ¿Qué se está dispuesto a sacrificar?
El trabajo que había soñado por tanto tiempo, al final lo tenía. Entonces, seguramente se preguntarán ¿por qué estaba renunciando?
Pepilla Grilla
-Por miedo, o por locura no hay más.
Aquella vocecilla constante me hacía preguntarme una y otra vez, acaso ¿tengo miedo al compromiso? ¿Renuncio al tener más responsabilidad? ¿Será miedo a no cumplir expectativas? O quizá hay algo más.
Y fue aquí donde todo lo trabajado en los meses anteriores, fue la clave. Con todo el tiempo que había pasado reflexionando, yendo a lo profundo, extrayendo la esencia, pude contestar qué es lo que yo quería. Mucho de lo que determinaba mis acciones, era motivado por lo que creía se esperaba de mi, mas no necesariamente lo que me llenaba.
Este trabajo, era la perfecta prueba para determinar si había realmente comprendido mi interior. Aparentemente no había más que pedir. Se trataba de un trabajo de guionista, había la posibilidad fuerte de extender a un contrato y dejar de ser becario. El ambiente laboral era muy agradable, así como las oficinas. Yo había llegado a Madrid con la idea de buscar oportunidades que me permitieran quedarme a vivir ahí después de terminado el máster. Pues bien, lo había conseguido.
Pero, ¿era eso lo que quería a largo plazo? ¿cuánto tiempo me veía trabajando en ese lugar? Y una cosa muy pero muy importante ¿realmente quería vivir en Madrid?
Mis ganas de decir que sí, eran más motivadas por el hecho de que todas las personas que me conocían, sabían que mis planes eran abrirme paso y buscarme una vida nueva en Madrid. Buscar la independencia que me faltaba. Y ahora que tenía la oportunidad perfecta, me di cuenta que en realidad eso no era lo que buscaba. Que la escritura me encanta, pero quizá no quería fuera mi fuente de ingreso. No me gusta estar atada y además yo quería algo propio. Un negocio que realmente encendiera una llama dentro, que lo sintiera con un propósito mayor.
Lo único que me detenía era pensar en lo que dirían los demás. Si decidía regresar a México, ¿me hacía una fracasada? Pero tomé el coraje de ver realmente lo que yo quería y dejar de preocuparme por los demás. Recordé el árbol de navidad y sus luces. Yo creía querer este trabajo, pero al vivirlo, me di cuenta que faltaba la magia. No la sentí. Y no porque no lo disfrutara, en realidad me gustaba ir a mis prácticas. Sin embargo, yo quería algo más, esa experiencia que te hace vibrar de pensarla, que te impulsa a crecer más allá de la rutina. Aquello que es más grande que tus miedos. Fue aquí donde entendí la importancia de dibujar tu mapa del deseo, de conocer tus valores más profundos, pues en ellos, se encuentra la clave para llenar tu alma.
Me di cuenta que el mapa que tenía trazado, era uno dibujado por otras manos que no era las mías. Así que, aunque me tocara navegar un poco a la deriva, era tiempo de volver a trazar un nuevo mapa hacia un nuevo destino. Con espíritu renovado, decidir rechazar la posibilidad de un trabajo, fue la acción que terminó por romper el mapa equivocado. Y con mano temblorosa pero decidida, comencé a trazar la primera línea en aquel lienzo en blanco.