Con el aislamiento se desató una ola de incertidumbre. Comenzaron las compras de pánico. Por siempre recordaremos la famosa escasez del papel de baño. Lo vemos en las películas y no creemos que las personas actúen de esa manera tan irracional en la vida real. Ahora pudimos corroborar que los guionistas no están alejados de la realidad. Y aunque al inicio sacó la versión egoísta de la humanidad, en cuanto a víveres me refiero, pronto también salió a flote aquella solidaridad que nos une a completos desconocidos.
Se instauró que todos los días al punto de las 8 de la noche, las personas saldrían a sus balcones y ventanas, para aplaudir el esfuerzo que hacían los trabajadores en el sector salud. El primer día me tomó por sorpresa que tantas personas en realidad lo hicieran. Se me erizó la piel al escuchar aquella ola de aplausos y gritos de aliento. Los vecinos comenzaron a demostrar su apoyo con gritos como “ánimo”, “no estas solo”. De pronto, con las lágrimas a punto de salir, se logra escuchar del otro lado de la calle, “hasta mañana”.
La soledad y el aislamiento forzado tienen un gran efecto en las personas. Me di cuenta que aquella salida a gritar el apoyo a los doctores, enfermeras, y todos los trabajadores que arriesgaban su vida al exponerse diariamente al virus, también se había convertido en el único momento del día en que podíamos convivir, aunque en la distancia, con otras personas. “Hasta mañana” me pareció aquella despedida, inyectada de anhelo de volverse a encontrar, en poco tiempo.
Llevaba una semana en cuarentena. Era impresionante ver las calles completamente vacías, los locales cerrados. El ruido citadino había desaparecido. El ambiente se volvió gris, sin aquella vivacidad tan característica de las grandes ciudades.
Comenzó el caos de la incertidumbre. Nadie sabía realmente lo que pasaba. Recibíamos información nueva cada día.
De pronto, una idea comenzó a rondar por mi cabeza. ¿Y si me voy a México? La orden de aislamiento era tan solo por 15 días, pero se juntaría con las vacaciones de semana santa, así que, al sumarlo, estaría un mes sin clase.
Pepilla Grilla
-¿Te das cuenta que al hacerlo, estarías rompiendo la principal regla en pandemias?
Lo se Pepilla. Esta acción sería lo más irresponsable a hacer de mi parte. Viajar de un país en riesgo a otro en el que, todo parecía indicar en ese entonces, no había llegado aún el virus.
Sin embargo, mi deseo de volver a México, estaba impulsado por una razón. Cristi había decidido mudarse a otro país. Y lo más probable, era que lo haría antes de que yo volviera. Necesitaba volver a verla una vez más. Era ahora o nunca. Quizá esta era mi última oportunidad.
Por alguna razón, los vuelos estaban muy baratos. Era como si el universo me gritara que debía regresar. Sin pensarlo demasiado, y con el apoyo de mis padres, compramos mi boleto para salir 4 días después.
Fueron los días más angustiantes. Comenzaban los rumores de que cerrarían fronteras. Parecía que las horas duraban siglos. Tuve múltiples ataques de ansiedad. Me costaba respirar al imaginarme la posibilidad de que cancelaran mi vuelo. También había otro escenario posible, y ese era que no pudiera regresar a España. Me preguntaba qué pasaría, si estando en México, cerraban fronteras, haciendo imposible volver a Madrid. Eso ponía en riesgo terminar mi máster. Estaría echando todo a perder, y acaso, ¿Valía la pena?
Pepilla Grilla
-Creo que mas bien la pregunta es ¿te atreves a seguir tu corazón?
Cuando se trata del corazón, siempre valdrá la pena. Aunque en realidad, todo mundo pensaba que regresaba a México para no estar sola. Para pasar una cuarentena más agradable. Nadie supo mi real motivación. Moría por hablarle a Cristi y contarle que iría unos días de visita. Pero al no saber con certeza si el vuelo saldría, decidí callar. Ella estaba pasando un mal momento anímicamente. En gran parte por eso quería verla, quería acompañarle en su proceso de duelo del corazón. Quería tener la oportunidad de brindarle aquello que no podía darle a través del teléfono. Aquel abrazo con sincero amor. Tomarla de la mano mientras se desahogaba. Brindarle mi hombro para que llorara. Regalarle mi sonrisa para que se animara.
Por las noches rezaba para que todo saliera bien. Para tener la oportunidad de subir a ese vuelo y aterrizar en tierras mexicanas sin ningún problema. Solo pedía una oportunidad. Solo una vez más de poder mirarla a los ojos, de oler su aroma, de sentir su energía.
Empaqué las cosas más importantes por si acaso no pudiera volver. Limpié el departamento hasta el último rincón, en gran parte para despejar mi mente y tranquilizar los nervios. Comenzaban a cancelar vuelos, nada era seguro. Miraba a cada hora las noticias de la aerolínea y de la embajada, esperando no encontrar algún cambio.
Me fui a la cama muy temprano, quizá así amanecería más rápido. Desperté antes de que sonara mi despertador. Todavía ni siquiera amanecía. Aunque mi vuelo salía hasta las 2 de la tarde, había decido ir temprano al aeropuerto. Quería estar ahí, como si mi presencia en la terminal impidiera algún cambio.
Me encontraba tan ansiosa que decidí hacer una pequeña rutina de ejercicio. Necesitaba sacar esa energía. Desayuné un poco para no ir con el estómago vacío. Me duché y limpié los trastes que había usado. Tendí mi cama, me senté a la orilla y pedí el taxi. No tardó casi nada en llegar, lo cual me tomó por sorpresa.
Apresuradamente cerré las ventanas y apagué las luces dejando el departamento en completa oscuridad. Tomé mi maleta, mi mochila y la bolsa de basura para tirarla al salir. Antes de cerrar la puerta me tomé unos segundos para mirar aquel lugar que abrió sus puertas para ser mi sitio de seguridad, mi guarida, mi testigo y compañía en los momentos difíciles, así como en los momentos más felices. Tuve la sensación de que sería la última vez que lo vería. Suspiré profundo, lo miré y sonreí. Con una profunda nostalgia y un nudo en la garganta, cerré la puerta. Todo estaba a punto de cambiar y creo que todo mi ser lo presentía. Había llegado la hora ¿estaría lista para lo que venía?