Podría apostar que la mayoría de los adultos, se dicen estar más estresados que felices. ¿Por qué? Sencillo, cualquier emoción no agradable que tenemos, la asociamos al estrés.
Así como el apego, el estrés es el resultado de otras emociones. Pero, lamentablemente, no nos damos el tiempo de indagar, cuál es la emoción real detrás de esa terrible sensación.
Mantener nuestros pensamientos en el futuro, es normalmente, la causa. No saber lo que pasará, termina por provocar una enorme ansiedad. Tratando de tener el control de la situación, pasamos la mayoría del tiempo, creando estrategias para diferentes escenarios. Sin embargo, mantener nuestra mente enfocada en la planeación y control de riesgos, hace que en realidad no tomemos acción. Y la mente, no es nada tonta. Sabe que seguimos estáticos, lo que provoca aún más ansiedad, que lleva a la frustración y termina por convertirse en estrés.
Me parece entonces que el estrés, es el bloqueo que nos ponemos nosotros mismos para avanzar. De alguna manera, nos convencimos con ese mar de planificación, que no hay solución alguna a nuestro problema o situación.
Hace poco, comencé un negocio con una gran amiga. Como todo inicio, la emoción te invade. Comienzas a soñar con el resultado. Yo estaba muy contenta de emprender junto a ella. Nos conocemos muy bien, nuestros valores son muy similares, y sobre todo, nuestra visión sobre el negocio coincidía.
Ella llevaba ya varios años tratando de impulsar su marca, pero no había tenido el resultado esperado. Comenzaba a desanimarse, y estaba a punto de darse por vencida, cuando aparecí en la escena. Yo era una fiel cliente de su producto, por lo que pensar en que desapareciera, me parecía una idea atroz. Así que le propuse asociarnos.
Al principio, como les dije, todo era miel sobre hojuelas. Nos reuníamos frecuentemente para desarrollar la nueva idea. No faltaron las tardes de lluvia de ideas, de llenar nuestras paredes con post its. Las eternas llamadas y las mañanas de juntas.
Comenzamos a aclarar un poco las ideas. Sin presionarnos demasiado, íbamos desarrollando una estupenda idea de negocio. Pero, como todo emprendimiento, demasiadas juntas, con demasiadas propuestas, te puede colocar en el camino equivocado. Terminas alejándote un poco, o quizá mucho, de tu objetivo inicial.
Pasaron unos meses, y dada mi naturaleza perfectamente impaciente, comencé a preocuparme. Cometimos el error de quedarnos en el eterno análisis, sin pasarlo a la acción realmente. Que mas que un error, creo que ambas temíamos dar el siguiente paso.
Comencé a tener problemas para dormir. Despertaba en las noches dándole vueltas a posibles formas de ponernos manos a la obra. Discutía conmigo misma en las madrugadas, sobre cuál sería la mejor forma de dar el primer paso.
Pepilla Grilla
-Sigues dándole vueltas a lo mismo. No importa con qué empiecen, ¡pero empiecen ya!
No es tan fácil. O a lo mejor sí y yo me lo estoy complicando. No entendía por qué me sentía tan estresada. En realidad, aún ni siquiera empezábamos. No teníamos deudas, bueno ni compromisos con clientes o proveedores. Entonces, ¿de dónde venía esta sensación de intranquilidad, de falta de aire?
Después de un largo periodo de introspección, caí en la cuenta. Primero me sentía abrumada por la cantidad de ideas que teníamos sobre la mesa. Temerosa de dar el primer paso. Porque si algo es seguro en los emprendimientos, es que nada es seguro. No hay garantías, por muy planificado que esté, la verdad es que se desconoce el resultado. Eso evidentemente me hacía sentir muy insegura.
Sí, pero había algo más. Todo aquel que emprende, tiene claro que existe un riesgo. De hecho, fue una de las cosas que hablamos seriamente con mi amiga y nueva socia. Qué pasaría en caso de que todo fuera un éxito, pero también qué pasaría si era un fracaso.
Pero entonces, por qué sentía ese enorme peso en los hombros. Bueno, resulta que mi amiga no había tenido buenas experiencias en el pasado. Como resultado, tenía un enorme pavor a asociarse. Pero dada la confianza que había por la amistad, había aceptado mi propuesta. A pesar de todo su miedo, me había confiado su negocio.
Me di cuenta que mi angustia estaba en defraudar aquella confianza. No podía permitirme fracasar. No quería decepcionarla. No quería romper con la esperanza que había puesto en mi. Todo lo contrario. Quería regresarle la certeza, la seguridad, la inspiración. Quería regresarle la felicidad, no solo al proyecto, sino a su vida. El negocio se convirtió, en el mejor obsequio que podía regalarle. Y bueno, cabe recalcar, que aquella persona era muy importante en mi vida. Porque aquella amiga, era nada mas y nada menos, que Cristi.
Ahora entenderán el peso que yo sola me había puesto. Cuando caí en cuenta sobre esto, ya no me parecía tan sorprendente la cantidad de estrés que tenía.
Una tarde de rico café, hablé con ella. Le expuse todo lo que pasaba en mi interior y la razón por la que no podía seguir en esas condiciones. Lo bueno era, que si con alguien puedo hablar de mis emociones, es precisamente con ella. Así que lo entendió.
Paramos un momento. Nos dimos tiempo para reajustar cada una su brújula. Porque entre tanta lluvia de ideas, nuestro océano se había agitado. Ambas nos encontrábamos un poco desorientadas. Y cuando has tragado tanta agua, lo mejor que puedes hacer es sentarte un momento al sol. Secar tu ropa, regular tu respiración. Con la mente despejada, llegamos a un nuevo acuerdo. Dicen que cuando vas en el camino correcto, las cosas y las personas llegan como por arte de magia. Bueno, no se nos espolvorearon de polvos mágicos, pero definitivamente, las cosas comenzaron a fluir.
Cuando algo te tiene intranquilo, lo mejor y lo único que puedes hacer, es ir adentro. Llegar a la raíz. Sumergirte en aguas profundas. Es ahí, y solo ahí, donde encontraras la respuesta. Y con ella, podrás alcanzar tu tranquilidad.