¿Por qué nos cuesta tanto hablar de nuestras emociones? Simple. Es muy difícil hablar de lo que no se conoce. Me parece tan irónico que algo que vivimos todos los días, a todas horas, sea muchas veces tan ajeno a nosotros mismos. Pero al mismo tiempo, es totalmente lógico.
Desde que nacemos, todos nuestros órganos funcionan automáticamente. Pasan los días y nadie le ha enseñado al bebé, cuál es la función de los pulmones y, sin embargo, respira. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que incluso en la adultez, todo aquel que no sea médico, desconoce cómo funcionan la mayoría de sus órganos. Tenemos una ligera idea claro, pero no podemos explicar detalladamente su operación.
Lo mismo sucede con las emociones. Nadie nos enseña a identificarlas, por lo menos, no en profundidad. Al desconocerlas, solemos englobarlas todas en las que sí conocemos. Y peor aún, cuando alguien nos pregunta, cómo nos sentimos, solemos responder sencillamente “bien” o “mal”.
Pepilla Grilla
-Eso ni siquiera son emociones.
¡Exactamente Pepilla! Calificamos nuestras emociones en algo bueno o algo malo. Pero ¿Según quién? ¿Cuál es la escala con la que medimos?
Ya hemos hablado anteriormente que no existen emociones buenas ni malas. Las emociones son el resultado de todas nuestras experiencias del pasado, y se manifiestan en un determinado momento y por una determinada acción.
Para seguir con nuestra metáfora del cuerpo, tomemos como ejemplo los síntomas de una enfermedad. Para quien los padece, evidentemente los calificará como malos. Por el contrario, para el médico que evalúa al paciente, los síntomas son buenos, puesto que sin ellos sería imposible dar un diagnóstico apropiado. Sin el resultado correcto, el tratamiento resultaría inadecuado y, por lo tanto, no habría cura.
De igual manera, podríamos decir que las emociones, al igual que los síntomas de una enfermedad, son tan sólo señales que nos ayudan a identificar el real origen de aquel sentir.
Pero ¿Qué pasa cuando no somos tan específicos y omitimos algunos síntomas? Bueno, la respuesta parece ser muy obvia, el diagnóstico probablemente sea incorrecto. Sin toda la información, ¿Cómo es posible dar con el resultado correcto?
¿Cuántas enfermedades graves, podrían haberse evitado, si se hubiera puesto atención a los primeros síntomas? De igual manera, evitar nuestras emociones solo conduce a serios problemas internos y, por ende, a problemas con el exterior.
Acumular las emociones intentando taparlas con distracciones, es como una olla acumulando presión, sin ninguna salida del vapor. Tarde o temprano, terminará explotando.
También, puede pasar, que nos centramos sólo en algunos síntomas, pensando que son los únicos. Podrías tomar jarabe para la tos toda tu vida y no curarte nunca, sin darte cuenta que en realidad lo que necesitabas era medicamento para la alergia.
Gran parte de nuestros conflictos con otras personas e incluso con nosotros mismos, se derivan de no saber identificar lo que sentimos y, sobre todo, el por qué lo sentimos. Cuando no podemos poner en palabras nuestras emociones, la comunicación se complica y termina por ser incluso agresiva. Y no me refiero a terminar gritando. Una comunicación violenta puede ser incluso en el silencio.
Sumado a esto, otro gran error que cometemos la mayoría de las veces, es creer que sabemos cómo se siente el otro. Hacemos suposiciones y más cuando se trata de alguien muy cercano a nosotros. Aseguramos conocer a la persona a la perfección y, por ende, saber qué es lo que siente. Eso a la vez, desencadena una respuesta en nosotros. No nos preocupamos por verificar previamente nuestra suposición, porque en medio del camino, nos convencimos de que lo que creíamos era verdadero. Y es así como comienza el ataque y contraataque.
Lo que les puedo recomendar sin duda, es trabajar la humildad. Nunca se sabe demasiado de uno mismo, nunca se va demasiado adentro. Y con total vulnerabilidad y transparencia, pregúntense las veces que sea necesario ¿Qué siento?¿Cómo se que siento lo que siento?¿Cuándo lo siento? ¿Por qué lo siento? ¿Dónde lo siento?
Y lo mismo aplica para el hacer. De hecho, una vez que contestaron con total honestidad las preguntas anteriores, y que ya identificaron su verdadera emoción, llega el momento de cuestionarse su actuar. Y créanme que cuando te cuestionas y realmente ves desde otra perspectiva, el panorama cambia por completo.
Lamentablemente, la mayoría de las veces, nos sentamos a realizar el análisis profundo cuando nos encontramos en un punto muy bajo. Cuando nuestras emociones nos llevaron a realizar acciones que después lamentamos haber hecho. Tal cual me pasó hace algunos días, cuando mi boca expresó, lo que mis miedos trataban de ocultar.
Nunca olvidaré sus ojos llenos de tristeza. Mis palabras hirieron su corazón, y mi interior explotó en un mar de emociones, tan intensas, que no supe controlar. Así comenzaba la despedida, nuevamente llegaba el momento de decir adiós a Cristi. Creí estar lista esta vez. No podía estar más equivocada.