Hola de nuevo mis queridos lectores, no crean que los he olvidado, en realidad los tengo muy presentes cada día. Han sido días de muchos cambios en mi vida desde la última entrada. Por supuesto que lo ideal hubiera sido escribir de ello, sin embargo, justo cuando tengo tanto material para escribir, me sucede el efecto contrario.
Supongo que soy una persona que vive sus emociones a tope, solo que, las vivo en silencio. Expresarlas cuesta. La mente bloquea lo que el alma quiere gritar. Estoy segura que alguna vez te ha sucedido esto. Las razones son infinitas.
En mi caso, es una combinación de miedo con enojo. Miedo al rechazo, lo cual me hace sentir bastante insegura ante la posibilidad de verme humillada. Por otro lado, el enojo a haber resultado herida. Resentida por haberme expuesto. Furiosa por haber mostrado mi vulnerabilidad, a la cual le dieron justo en el blanco.
Pepilla Grilla
-Bueno, viéndolo así, es natural que tu mano no quiera escribir.
Totalmente Pepilla, sin embargo, son justo estas cosas las que más valen la pena compartir.
Siempre recordaré el 28 de agosto. Parece ser una fecha que me sigue en eventos importantes. Ese día fue la fiesta de celebración de mis XV años. Evento que fue tan esperado por mi.
Pero esta vez, me resonaba y sorprendía la repetición de situación. 28 de agosto de 2019 partí a España, y el 28 de agosto de este año recibía una llamada que cambiaría todo.
Impresionante como el mismo día, con diferencia de dos años, mi corazón se rompía y me despedía de la misma persona.
Sí, me imagino que ya sabes de quién estoy hablando… Bingo!
Recibí la noticia, que sabía algún día llegaría y creí estar preparada para escucharla, pero no podía estar más equivocada. En mi corazón explotó una bomba atómica, lanzando pequeños pedazos de ilusión, hasta el punto más lejano del universo.
¡Cristi había encontrado a la chica de sus sueños!
Uno sabe inmediatamente cuando ha llegado a su límite. Los focos rojos son obvios, simplemente decidimos ignorarlos precisamente porque es “normal”, “ya pasará “, “el tiempo lo cura todo” y la peor de todas “lo tengo controlado”.
Estamos tan acostumbrados a esperar que el daño sea casi irreparable para atendernos. Lo hacemos con todo. Tenemos una pequeña contractura que no atendemos porque “se aliviará sola”. Pasa el tiempo y se convierte en algo más grave, un desgarre quizá, y luego terminamos en urgencias porque el ligamento se rompe y necesitamos de cirugía .
Es hasta entonces cuando, sin falta, acudimos a la rehabilitación. Si tan solo se hubiera atendido antes la lesión, se habría evitado la cirugía.
Lo mismo ocurre con nuestra mente y emociones. Incluso más. Pero “si no estás loca”, “no creo que sea para tanto”…. La verdad ¡¡¡sí es para tanto!!! Y para mucho más. En el momento que tenemos esa pequeña vocesita que nos dice “no puedo sola” es momento de actuar.
Es lógico que tus seres queridos traten de calmarte diciendo que, es normal sentir o pensar ciertas cosas. Pero que sea común no significa que sea bueno. Es común tomar refresco y no por eso significa que sea bueno para la salud.
Cuando escuchas lo “normal” que es sentirse así, dudas si quizá estas exagerando. Quizá en verdad pasará con el tiempo. Quizá solo necesitas distraerte. Y en ese momento, uno comienza a sentir vergüenza de pedir ayuda. A nadie le gusta sentirse vulnerable. Nadie disfruta de sentir que una situación está fuera de su control. Pero, ¿Por qué nos cuesta ver que otra persona pida ayuda? Sobre todo, aquellos que amamos.
Quizá, se nos dificulta ver la vulnerabilidad del otro, porque no sabemos cómo ayudar o muchas veces, no está en nuestro conocimiento y habilidades hacerlo. Es trabajo de un profesional. Pero es justo aquí donde la frustración y angustia juegan un papel importante. ¿Cómo es posible que no pueda ayudar? Lamentablemente, el acompañar a la otra persona, muchas veces, no es suficiente para superarlo. Se requiere de un trabajo profundo.
Es chistoso como recurrimos a especialistas en cosas “banales”. No dudamos ni un segundo en llamar al mecánico para reparar el automovil. Inmediatamente, reparamos la computadora cuando se descompone y no se diga el celular. ¡Vamos con el mejor! Pero ¿Por qué dudamos y tardamos tanto en antendernos a nosotros mismos? Ya sea física, mental, emocional o espiritualmente.
Bueno, debo confesar que me tomó dos años pedir ayuda. Desde mi llegada a España y como ustedes bien lo saben ya, yo notaba algunos focos rojos en mi sentir. Al principio pensé, es simple enamoramiento, es un simple corazón roto. Pero no tardé mucho en notar un cierto tipo de obsesión.
Mi regreso a México solo empeoró la situación. Mi reencuentro con Cristi aumentó mi deseo. Poco a poco se fue desarrollando, mas que amor, una adicción. Apareció una necesidad de ella en mi vida. Mi felicidad, seguridad y motivación, dependían de su presencia. Sin ella, ya no encontraba muchas razones para seguir.
La noticia de su nueva relación, solo desató mi lado más tóxico. Un lado del cual hablaré en una entrada aparte, porque me parece importante dedicarle una completa. Sí, así de fuerte fue.
Mi reacción de total desesperación, me llevó a querer cortar todo tipo de contacto con ella. Esto, claro que desató una crisis de abstinencia terrible. Falta de apetito, desmotivación, picos emocionales, incluso, tuve un gran ataque de pánico en dónde llegué a hiperventilar y mi cuerpo comenzó a temblar sin control.
Pepilla Grilla
-Pues a mi esto no me parece nada “normal”.
No lo es Pepilla, y llegaba el momento de tomar acción. La advertencia a mi adicción había estado desde el día 1 y la había ignorado por completo creyendo tener el control. Pero no podía negarlo más. Todo en mi gritaba ¡ayuda! Afortunadamente cuando estamos abiertos a recibirla, las personas adecuadas llegan. Y así fue. Comenzaba el proceso de vivir un día a la vez.