Parece ser que en verdad el 28 es un día importante para mi. Marcados por eventos que llegan a cambiar por completo mi vida. Pero esta vez no solo me impactó a mi. Este evento impactaría a toda la familia. Porque celebramos la llegada de un nuevo miembro. La pequeña semillita que llegó en el momento indicado para llenarnos de felicidad.
Su llegada me hizo reflexionar sobre la vida, pero sobre todo, me hizo entender lo valioso que una persona puede ser por el simple hecho de ser. Cuánto se puede amar a una persona incondicionalmente, no por lo que hace, no por lo que da, simplemente por existir. La pequeña semillita, no lo he podido conocer aún en persona. No lo he sentido, no lo he olido y sin embargo, ya ocupa un lugar especial en mi corazón. Lo ha ocupado desde el primer momento que supe de su existencia.
Inmediatamente me puse a pensar, en cuánto me esfuerzo por ganar un lugar especial en el corazón de las personas. Cuánto me esfuero en dar para agradar. Cómo intento amoldarme a las necesidades de otros. Y cómo en ese esfuerzo por acercarme a otros, me alejé de mi.
Despues de nadar un poco sin rumbo fijo y en contracorriente, me encontré con un lindo delfin. Era claro que este inteligente ser no me sacaría del agua, sin embargo, me dejó sostenerme por ratos sobre su aleta. Pacientemente, me enseño algunos tips para un mejor nado. También, la forma de orientarme en ese inmenso oceano.
No me dijo a donde ir. Tampo nadó por mi. Pero aquella ayuda era justo lo que necesitaba en ese momento. Por supuesto que nadar era cansado y aquellas agitadas olas eran aterradoras, pero poco a poco comencé a entender que sumergirme bajo el agua, era la mejor forma de cruzarlas.
De pronto, el escenario que me rodeaba, cambió su color, su olor, su calidez. Ya no era tan malo. Las olas ya no se veían tan imponentes. Usar la corriente a mi favor, fue la mejor herramienta. Mis brazos descansaron. Me di cuenta que aferrarme a barcos ajenos, había sido más cansado que nadar por mi cuenta.
No pasó mucho tiempo para poder gritar “Tierra a la vista”. El tiempo es tan relativo. Han pasado dos meses de aquel salto al vacío. ¿Es poco? ¿ Es mucho? No lo sé. Por momentos pareciera que ha sido una eternidad en este proceso, por otros se siente tan solo como un instante. De la misma forma que 9 meses de la espera de semillita, parecieron un abrir y cerrar de ojos.
El nacimiento de mi sobrino, me hizo pensar en mi propio renacimiento. Esta tierra que vislumbraba desde el agua, significaba la oportunidad de pisar tierra firme y comenzar una nueva vida. De explorar el terreno y tomar lo necesario para construir mi propia embarcación.
Tenía una nueva motivación. Comencé a nadar más rápido, con más fuerza. Pero cuando más cerca se está de la orilla, las olas de nuevo comienzan a agitarse, al igual que el corazón. Dudas si lograrás llegar sin lastimarte. Comienzas a tragar agua, y de pronto, ya no parece tan buena idea nadar hacia allá.
Quizá debía seguir nadando y buscar otro pedazo de tierra en el que la llegada fuera más tranquila. A decir verdad, confiaba en las lecciones del delfín, pero sobre todo confiaba en poder aplicar cada técnica aprendida en el momento adecuado. Asi que, con la mirada en el objetivo, acepté el desafío.
Evidentemente el desafío debía ser similar a lo que me había puesto a la deriva en primer lugar. Era la unica forma de ver si realmente había aprendido la lección. ¿Había realmente soltado la cuerda que me sotenía al barco ajeno?
Soltar. Mmmmm, ¿Qué significa soltar? Solemos ver la definición desde afuera. Casi como algo físico. “dejar ir, liberar, desprender” todo pareciera una acción de cortar con algo externo.
Nos deshacemos de cosas materiales, tiramos, regalamos objetos con el fin de “soltar lo viejo” y dar espacio para lo nuevo.
Lo mismo nos sucede en las relaciones. Nos liberamos o dejamos ir a otros. Cortamos contacto, cortamos conexión, cortamos con apegos.
Pero ¿qué tal si soltar en realidad se trata de algo más? Estoy segura que a este punto sabes ya, cuál era el desafío del que estoy hablando. Aquel que ha estado presente practicamente en todas las entradas de este blog.
Sí, esas olas que me agitaron durante tanto tiempo tienen un nombre. Cristi. Pues bien, el momento de poner a prueba lo aprendido llegó mucho antes de lo esperado. ¿Estaba lista? Había trabajado duramente por soltar aquel barco.
Quemé cartas, mensajes, devolví objetos, corté con todo tipo de contacto. Puse alto a mis historias imaginadas. Entré a terapia. Incluso, me hice una limpieza energética. Dos meses de pronto parecieron poco tiempo para volver a tener contacto con ella. ¿O no? ¿Es que acaso hay un tiempo ideal marcado? Y si es así ¿Quién lo marca? ¿Quién decide si es muy rápido o si ya es momento? La respuesta parece obvia. “Uno mismo” Pero, ¿en verdad lo creemos?
Yo me sentía lista, pero aún así tenía mis reservas. Pensé, quizá es muy rápido. Quizá no es tiempo aún. Pues bien, por fin tuvimos la videollamada que tanto había deseado meses atrás.
La conversación surgió natural. Extrañamente, no tenía expectativas de la llamada. ¿La primera lección puesta en práctica? O tal vez la primera señal de que el cambio se había dado.
Estuve atenta todo el tiempo. ¿Será que tendré algún detonante? Lista para meter el freno de mano en caso de que algo provocara alguna reacción negativa tanto hacia ella, como hacia mi.
La llamada duró varias horas. Tiempo en el cual me mantuve alerta, totalmente presente ¿Qué siento? ¿Qué me provoca esto que me dice? Terminé la llamada muy contenta de haber conectado de una manera tan distinta. No daba crédito a lo que acababa de pasar.
¿Será que me estoy engañando? ¿Estaré tapando la realidad? ¿Será que sí me afectó pero lo estoy bloqueando y en algún momento estallará? Comencé a sentir una enorme ansiedad, pero esta vez no era por ella.
Me conflictuaba que no me hubiera sentido mal al hablar con ella. Que no me afectara hablar ¡de su novia! ¿Cómo es posible que la última vez este tema me hubiera roto por completo el corazón y ahora me causaba incluso alegría? No es posible, simplemente no lo creía posible. Pero ¿por qué? ¿Por qué no podía creer que mi trabajo había dado fruto? ¿Por qué no podía creer que en verdad la había soltado? ¿Por qué no podía creer que las cosas habían cambiado?
Descubrí que lo que no había soltado era la vieja versión de mi. Me di cuenta que la ansiedad venía de pensar que quizá estaba fallando. No me estaba dando el permiso de hablar con Cristi porque “debería” de no hacerlo. Pero ¿Según quién? Según yo misma. Yo había puesto las reglas del juego. Yo había tomado las decisiones. Y, ahora, tenía miedo de no ser tomada en serio. La pregunta era ¿Ser tomada en serio por los demás o por mi?
La respuesta me golpeó a la cara. Tenía miedo de fallar. Aunque no sabía muy bien qué sería en lo que fallaría o cómo es que podría fallar. Irónicamente, la falla no estaba en hablar con Cristi. La falla estaba en no darme el permiso de cambiar. Estaba cambiando las reglas de juego, incluso, estaba escogiendo cambiar de juego completamente. Me coloqué una etiqueta que usé por tantos tantos años, que ahora que la había quitado, me paralizó tener la oportunidad de no tener que volver a colocarme otra nunca más.
No daba crédito a lo que pasaba. Esta llamada fue el desafío interno. Estaba en espera de ser sorprendida por un fabuloso cambio. Un poco como el apóstol Tomás, yo necesitaba ver para creer. Pero aunque lo veía no lo creía. Seguía en espera de una reacción. De sentirme afectada, de tener una recaída. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, dejé de tratar de explicar con la mente lo que estaba sintiendo con el corazón. Y de pronto todo fue muy claro.
No necesitaba ver. Necesitaba creer que lo que estaba sientiendo era real. Necesitaba creer en mi nueva yo. Necesitaba dejar de recoger esa vieja etiqueta y darme chance de ser, sentir y hacer distinto.
Todo este tiemo pensé que tenía que soltar a Cristi. Hoy me doy cuenta que a quien tenía que soltar realmente, era mi viejo yo. Soltar para ser. Soltar para existir. Soltar para vivir.