48.Una carta a mi sombra

Recientemente comentaba en mi podcast, sobre las enseñanzas que me dio mi última terapia. Aparte de mis nuevos conocimientos sobre “traumas vicarios” (que si quisieras saber más te invitaría a escuchar el episodio “Este trauma no es mío”), tuve como asignación, escribir una carta a mi sombra.

Cuando hablo de sombra, me refiero a aquel demonio, trauma, miedo, inseguridad que tienes arraigado en lo más profundo de tu ser y que te acompaña durante largos periodos de tu vida.

Es la que te impide avanzar y lograr aquello que más deseas. Y cuando la notas, suele ser tan molesta que comenzamos a luchar con ella. Así como Peter Pan, nos queremos deshacer de ella a como de lugar.

Pero como bien nos enseñó el mismo Peter Pan, la sombra es parte de nosotros. Aparece en momentos difíciles y nos hace recordar qué es lo que venimos aprender. Si no aprendemos la lección, no crecemos. Con demasiada luz no hay sombra, con total oscuridad tampoco. Se necesita del perfecto equilibrio para lograr una maravillosa sombra.

Así como lo explico suena increíblemente romántico y bello. Pero resulta que, como todo crecimiento espiritual, el trayecto será incómodo.

Y es así como me enfrenté a este ejercicio. Con total resistencia a hacerlo. Y claro, mientras más resistencia, quiere decir que quizá es lo que más necesitas. Por supuesto no quería atravesar el dolor, enojo, frustración, tristeza o cualquier emoción fuerte que me provocara voltear atrás a mi vida y descubrir cuál es esa sombra que me ha acompañado desde los primeros años de mi infancia, hasta la actualidad.

Durante varios días solo conversé con ella. En otros solo observé. Pero seguían pasando las casillas del calendario y la carta no se redactaba. Finalmente me senté frente al papel. Prendí una vela, puse música que me ayuda a enfocarme e inspirarme cuando se trata de escribir y comencé.  

Debo confesar que después de tantos días de dialogar con ella, la escritura resultó ser más fluida y tranquila a nivel emocional de lo que esperaba. Aunque en realidad la carta está aún sin terminar, he sentido el fuerte deseo de compartir contigo este proceso. Y aunque este sea un ejercicio sumamente personal, he decidido compartirte parte de esa carta. Porque quizá en mis palabras encuentres un reflejo de aquella sombra que también te acompaña y tal vez, solo tal vez, también tú como yo, nos atrevamos a amarla, abrazarla y verla con otros ojos.

“Querida sombra: Me ha costado mucho comenzar a escribir, me resisto porque sé que quizá me haga sentir mucho.

Te he hablado en mis noches solitarias, te he encarado, te he gritado, te he maldecido por el dolor que llegas a causar. Pero a ratos, que son pocos, te recibo con una mano extendida y te dejo habitar mi corazón.

Hay lágrimas que se han sentido tristes, otras liberadoras. Me has acompañado a lo largo de mi vida y me pregunto si lo harás hasta mi último suspiro.

¿Valgo o no valgo? Fue la pregunta que me hizo la terapeuta para que fuera la base de esta carta, pero yo la transformo a: ¿Soy suficiente?

Esa es la sensación, la pregunta, el flechazo o mas bien la espada que atraviesa mi corazón. Porque justo ahí es donde se siente. Junto con un nudo en la garganta queriendo gritar lo que valgo, que me vean, que me entiendan, que me respeten, que me admiren, que me amen.

Y mientras escribo esto, mi mano izquierda toca mi garganta, apoyada justo en las clavículas. Como queriendo tapar, sentir, sofocar o tal vez liberar. Quizá como si tapándolo desapareciera.

Escucho afuera a las aves muy fuerte, casi como si se convirtiera su sonido en mi voz, en ese grito que he silenciado.

También siento ese pesar, molestia, como una fuerte punzada en mi hombro izquierdo. Es como si cargara en exceso.  Quiero estirarme y a la vez encorvarme.

Te he sentido muy cercana en momentos donde he sido rechazada. O por lo menos ese ha sido mi sentir, de abandono, de traición. Algunas veces con mis padres, otras con amigas muy cercanas.  También he llegado a sentir abuso, en esa enorme necesidad de afecto, me he dejado manipular, pisotear, me he dejado no ser valorada.

Hace poco soñé con una enorme ola, un tsunami que llegaba a azotar la casa donde estaba. Toda mi familia estaba reunida ahí, viendo el agua cubrir los enormes ventanales que formaban el espacio donde nos encontrábamos.  De pronto, veíamos fuera un perrito que se había rendido a su destino.

Todos se burlaban al verme sufrir por el peludo, al ver mi impotencia de no poder ayudarlo.

Tu eres el perro. Te quiero salvar y a la vez me detengo al saber que, al abrir la puerta, entrará el agua y todos quedaremos debajo de ella.  Y te veo a través de esos ojos que me veían detrás del vidrio, entendiendo todo y a la vez nada.

Perdóname por darte la espalda, perdóname por dejarte ahogarte en tu dolor, en tu pesar, en tu desesperación. Aminoré tu valor. Te dejé solo por salvarme a mí, por “salvar” a otros. 

No noté tu sacrificio, mi sacrificio, nuestro dolor. Perdóname porque hasta ahora entiendo que tú y yo, somos uno mismo. Yo soy ese perro que buscaba mi propia ayuda y yo misma me di la espalda. Yo misma olvidé mi valor. “  continuará…

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