52.La intérprete

Dicen que quien vive en la naturaleza, se vuelve sabio. Mientras más tiempo paso en ella, más entiendo esta frase. Para aclarar, no estoy diciendo que yo me he vuelto más sabia, mas bien, creo que al convivir con el entorno (en especifico uno vivo, como lo es la naturaleza) te da la posibilidad de desarrollar un nuevo lenguaje.

Así que podríamos decir que, en realidad, las personas se vuelven intérpretes de mensajes. Los sabios, son los seres a los que aprendes a escuchar (los árboles, las plantas, animales, cada uno de los elementos que permiten la vida en este planeta).

A la semana de haber llegado a “Tierra corazón”, comencé a notar ciertos cambios en mí. Era extraño porque, a momentos sentía haber pasado meses en ese lugar, en otros, parecía que hubiera llegado el día anterior.  Es ahí donde noté el primer cambio. El paso del tiempo es tan distinto cuando no llevas prisa. Nos acostumbramos en general, a hacer las cosas rápido porque de lo contrario, no te alcanza el día. Esto porque los traslados en la ciudad, suelen ser muy tardados.  Y, además, te contagia la rapidez con la que viven las demás personas. Te invito a que observes que tan rápido caminan.

Eso fue algo muy notorio para mí. Me di cuenta que comenzaba a hacer las cosas un poco más lentas. No había prisa de nada. No había ningún horario establecido, ni ninguna tarea especifica a hacer cada día. Por lo que, simplemente estábamos atentas a lo que se necesitara día con día. Pero al dividirnos el trabajo entre tres, pues resultaba en una lista, muy corta, de tareas individuales. Así que comencé a disfrutar un poco más de cada pequeña acción a realizar en el día.

Creo que esa es una de las claves para poder comunicarte con tu entorno. Cuando vamos tan rápido en nuestro día a día, caminando a toda potencia, con mil pensamientos en la cabeza, con una tarea infinita de acciones a realizar en el día, pues resulta prácticamente imposible recibir algún mensaje.  

Si no te detienes a observar las ramas del árbol, a escuchar el cantar de los pájaros, a sentir el viento, a contemplar el respirar de tu mascota, o quizá las figuras de las nubes, a contar estrellas o admirar atardecer.  ¿Cómo podría entonces la naturaleza hablarte?

Caí en la cuenta, después de una semana de mi llegada a la montaña, que no me había detenido en ningún momento a platicar yo sola con el lugar, había estado acompañada casi en todo momento. Así que decidí ir a caminar y sentarme a conversar con mi entorno, y ponernos al tanto de lo que había pasado desde la última vez que había estado ahí.

Inmediatamente, un abejorro se hizo presente. No importa a donde me moviera, él me seguía. Comencé a molestarme. Justo cuando quiero sentarme tranquilamente a conversar, el zumbido no me dejaba en paz. De pronto entendí el mensaje. ¡Claro!, todo este tiempo he estado en mis pensamientos. Analizando cada cosa. Preguntándome ,qué debería hacer, ó si lo que sentía era lo correcto.  El abejorro era como el zumbido de mi cabeza. Casi podía escuchar con su zumbido, “deja de estar en tu cabeza, y comienza a escuchar tu corazón”. En cuanto entendí el mensaje, se lo hice saber. Acto seguido el abejorro se fue del lugar, volando muy alto.

Así que me quedé tan solo disfrutando del espacio. Sin pensar. La conversación se convirtió en compañía. Sentía el rico calor del sol, que ese día había salido resplandeciente.  Casi no había viento, pero lo suficiente para mover la rama de los árboles formando una hermosa danza. Suspiré y cerré los ojos para convertirme una con la montaña. Yo era parte del entorno en ese momento, así que me dejé llevar y me uní al baile. Fue sumamente relajante. Perdí la noción del tiempo.

Al abrir los ojos, noté a lo lejos una pequeña nube de neblina. Se movía lentamente dibujando el contorno de la montaña. Decidí continuar con mi día. Podía aprovechar ducharme, ahora que había sol. Así que agradecí al espacio por ser tan buen compañero de baile y me fui a bañar.

Comencé a quitarme la ropa dentro de la ducha y cuando estaba completamente desnuda, salí a colgarla en un pequeño mecate que colgaba delante de ella. Al hacerlo, me sorprendí de ver que la neblina venía a toda velocidad hacia mí. Por un momento me asusté. La vi venir como un depredador a punto de atacar a su presa. Cuando llegó a mí, me cubrió por completo. Apenas podía ver lo que había frente a mí.

Pensé que sería una sensación desagradable, por el frío que se podría sentir. Pero contrario a mi pensar, fue una verdadera delicia. Parecía casi, una caricia. Sonreí sintiéndome completamente bienvenida por el lugar. “Tierra corazón” acababa de darme un cálido abrazo.

Ahora que lo escribo en estas líneas, me doy cuenta que, podría decir, que en ese momento hice el amor con el lugar. Nos volvimos uno por un momento. Danzamos al mismo ritmo. Nos entregamos en total confianza de sabernos sostenidos mutuamente. Ese, es el verdadero acto de amor.

Quizá las hadas tenían razón. Comenzaría a escuchar mensajes, si tan solo estaba dispuesta a abrir mi corazón.

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