54. El viaje del adiós

Prometí defender mi corazón, pero en esa defensa, lamentablemente, no saldría ileso.

Yo sabía muy bien que cualquier decisión que tomara, involucraba cierto dolor. Si me quedaba con la amistad de Cristi, existiría ese vacío y anhelo constante. Quedarme a su lado, era elegir una cierta soledad, porque al estar disponible para ella, me cerraría por completo a alguien más. Por otro lado, alejarme, significaba atravesar un duelo. Saber que decir adiós, era quizá, la forma de abrirme verdaderamente al amor de pareja. Pero, es como esos exploradores que se adentran en una misión con un final desconocido, tan solo en la espera de poder encontrar algo grandioso en su camino.

Elegir el vacío no es fácil. Porque no se sabe, en realidad, si algún día se llenará. De cualquier forma, sentiría dolor, dependía de mí elegir con cual quería vivir. El universo ayudó bastante. Entre la mala señal de internet y el poco tiempo que ella tendría durante una semana, disponible para platicar, dado por una visita que había llegado a su casa, tuve el tiempo suficiente para reflexionar sin sesgo.

En realidad, la idea de cortar contacto, no se había presentado por primera vez en «Tierra corazón». Era algo que venía rondando mi cabeza, desde el momento de nuestro reencuentro. ¿Realmente puedo ser su amiga? Me pregunté una y otra vez, sabiendo perfectamente lo que mi corazón sentía por ella. Pero disfrutaba tanto de su presencia en mi vida, que me forzaba a ignorar aquella interrogante.

Dicen que los buenos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Bueno, pues ella era una. ¿Por qué renunciar a eso? No es fácil encontrar personas con intereses comunes, valores similares, con una escucha sin juicio; alguien que te acompaña en tus penas y se emociona con tus logros, alguien que te impulsa a alcanzar todavía más. Además, encontrar de vuelta, alguien que confía en ti, que se permite ser vulnerable, sin máscaras. Sí, no es fácil encontrar esas personas y sin embargo, aquí estaba yo, apartándome por completo de su vida.

La decisión estaba tomada. Se atravesaba un viaje a San Cristóbal de las Casas, ya que Venus y yo, acompañaríamos a Mextli a tomar su autobús de vuelta a casa. Además de que se cruzaba su cumpleaños y podríamos festejar en la ciudad.

El día después de su festejo, el cual estuvo lleno de vida, alegría, música, bailes, risas y mucha comida, decidimos bajar la velocidad. Disfrutamos de nuestro desayuno, caminamos por los numerosos pasillos de los mercados, para terminar, comiendo nuevamente. El día era lluvioso. Yo comencé a ponerme algo melancólica, pero no le di muchas vueltas, ya que dicho clima, suele tener ese efecto en mí. De pronto, al estar comiendo, mi estómago comenzó a hacerse notar. A partir de ese momento no pude dejar el baño.

Nuestro hostal quedaba algo retirado de donde estábamos. Afortunadamente, justo en frente del restaurante donde habíamos comido, se encontraba un pequeño hotel y el costo de la noche era muy barato. Así que decidí quedarme ahí. Realmente necesitaba de un baño privado y en el hostal, eso no sería posible.

Para mi segundo rollo de papel, comencé a darme cuenta de que quizá todo estaba destinado. Mi estómago sabía que había llegado el momento de comunicar mi decisión y por supuesto, no lo estaba digiriendo del todo.  En efecto, era perfecto. Me encontraba en la ciudad, con buena señal de teléfono, y además, tenía la privacidad para tener la terrible conversación que estaba posponiendo.

Sin poder dormir el resto de la noche, esperé al amanecer para comunicarme. Con un sexto sentido impresionante, ella detectó inmediato de qué se trataba. No quiso tener la llamada. Si la sacaría de mi vida, prefería un mensaje. No la culpo. Escucharlo en directo sería un gran golpe. Sin querer escribirlo, temiendo que lo leyera en algún tono distinto al que yo pretendía, decidí enviar un audio.

Difícil hablar lo que no se quiere decir. Aunque, como era de esperar, entendió y aceptó con amor mi decisión, deseando que, al sacrificar nuestra amistad, pudiera yo encontrar aquello que llevo buscando durante mucho tiempo; mi persona especial. “Somos esclavos de nuestras emociones” dijo. Realmente no controlamos nuestro sentir. Sin poder ella obligar a su corazón a enamorarse de mí, ni yo a desenamorarme de ella, la vida me enseñaba una vez más la difícil lección del soltar.

Regresé a «Tierra corazón» con una sensación agridulce. Como los guerreros que regresan de la guerra victoriosos, pero devastados sabiendo que regresan a casa incompletos, cargando entre sus manos, la muerte.

Mi corazón se supo protegido, pero ¿a qué costo? Hoy son 3 meses de la última vez que escucharía su voz. Difícil hacer un duelo sabiendo que la persona esta aquí, en este mismo plano. Sabiendo que fácilmente podría contactarla. Difícil serle fiel a uno mismo.   

Aquel día, me senté en el lugar donde había tomado la decisión. Con lágrimas en los ojos y después de un largo momento en silencio, comencé a escribir lo que mi boca no había podido decir:

A forma de carta, quizá mis palabras lleguen a ti, como lo hace la neblina que veo ahora frente a mí. Abarcando un gran espacio en poco tiempo, pero a la vez, flotando con calma, dando una caricia a todo lo que toca.

De igual forma, quiero pensar que esto que expreso en estas líneas, llegarán al corazón del que las lea, sabiendo, aun así, que su destino final aguarda en esos bellos ojos azules, que me cautivaron al instante que los vi.

Es interesante como desde el momento que nacemos, la vida comienza a enseñarlos la difícil lección del soltar. Durante el parto, somos arrebatados de esa comodidad y seguridad del vientre materno, para salir a un mundo caótico, frío, violento. Entre luces que encandilan, manos que tocan todo tu cuerpo y te alejan de tu madre. Tan cerca de ella y a la vez tan lejos. Es así como me siento contigo.

Lindo tiempo a tu lado, para luego continuar nuestras vidas en paralelo. No se si alguna vez fuiste consciente de lo que provocas en mí. Imaginaba que no, de saber cuánto amor existe en mi ser para darte, seguramente te habrías quedado a mi lado. O quizá fue eso lo que te alejó. Saberte amada de esa manera, podría fácilmente confundirse con obsesión, con locura.

A momentos me pregunto si rechazarme constantemente, era tu forma de avivar el fuego. Eso que no se puede tener, muchas veces es lo que más se desea. Quizá siempre lo supiste, siempre sentiste este amor y lo usabas a tu favor. Tan fácil era tenerme a tus pies. Por supuesto que suena tentador tener a esa persona incondicional.  Saberse con poder de controlar a tu antojo al otro. Pero me reúso a pensar eso de ti. Porque he visto tu corazón, he sentido tu alma y lo único que presencié, fue amor.

Ya lo decía el cuento de los sentimientos, “el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.” Me he preguntado en repetidas ocasiones  ¿Qué es lo que no veo? ¿Acaso perdí la razón? Aunque, a decir verdad, dejar de ver con los ojos físicos y hacer a un lado la mente, al final de cuentas, no es tan malo. Permite a uno abrir otra mirada y tomar decisiones desde el corazón.

Pero hoy, no dejo de preguntarme, ¿Qué pasaba por tu cabeza cuando estabas conmigo? ¿En qué pensabas? ¿Qué sentías cada que me acariciabas, cada que me mirabas a los ojos con ternura para después besar mis labios?

¿Por qué me dijiste tantas cosas llenas de amor, de pasión? ¿Por qué me hiciste el amor tantas veces, si no querías estar conmigo? ¿Por qué me cuidaste tanto? ¿Por qué te entregaste sin barreras y me confiaste tu vulnerabilidad y al final decidiste quedarte con la persona que pisotea tus emociones?

Definitivamente me vuelves loca. Me llenas de preguntas sin respuesta. Me atormenta el silencio que provoca tanto ruido en mi interior.

Te sabes seductora, lo se. ¿Acaso la usas a forma de defensa? ¿De qué te proteges? ¿De quién te proteges? Me duele pensar que alguna vez también yo te hice daño. Y me pregunto si a cada minuto que paso pensando en ti, en este aferre, mi amor se convierta en una lanza que te atraviesa, te hiere y no te deja avanzar. Y al mismo tiempo me quedo yo petrificada, al darme cuenta que la lanza tiene dos puntas y una de ellas se quedó clavada en mi propio corazón.

He hecho todo tipo de terapias, he trabajado para dejarte ir. Para soltar. Pero hay una fuerza más grande que me retiene. ¿Acaso eres tú? ¿Quizá no soy yo quien se aferra a ti, sino que es tu energía la que me tiene atrapada? Quizá eres tú quien deba soltar.

Y esto lo dice mi pequeña fuerza de voluntad cuando pienso en ti. Toda mi decisión, todos mis límites se desvanecen tan solo de pensar en no sentirte cerca; el dejar de escuchar tu voz; el dejar de contarte todo lo que me sucede en el día. A cada instante, cada nueva experiencia, en cada suceso de mi vida, apareces tú.  Te veo en los colores pastel de cada atardecer, cuando sopla el viento fuerte, en las gotas de lluvia, en cada día soleado. Te veo cuando cierro los ojos y recuerdo tu mirada.

Me emociona contarte. Me emociona que me cuentes. Pero me surge una nueva pregunta. ¿Acaso todo lo que hago, lo hago por ti? Por el qué dirás, por lo que puedas pensar de mí. Te cuento, quizá, buscando que te enamores de esta soñadora que juega a ser exploradora. Me vuelvo valiente por ti. Me vuelvo estructurada por ti. Quiero ser una mejor versión cada día, anhelando que quizá esa nueva faceta de mi vida logre cautivarte.

Pero entonces, ¿Eso es real? ¿Es mi autentico ser mejorando? o tan solo me vuelvo una completa edición a tu medida.

Hoy te dejo ir, para encontrarme. Hoy mi corazón se cansó de esperar. Hoy mi corazón llora, al verse las manos ensangrentadas de sujetar la soga que lo asfixiaba. Con tu partida, queda un hueco muy grande en mi ser. Temblorosa, cansada y completamente abatida, le doy la bienvenida al vacío.

Una vez más compruebo mi locura. Deseando que quizá más adelante, en este desierto de la vida, mis pasos se encuentren con un oasis; hoy he renunciado a aquel vaso de agua que me mantenía con vida.”

Deja un comentario