55. La pregunta del millón

 A los pocos días de nuestra llegada a tierra corazón, habíamos recibido la visita inesperada de “la abuela”. Platicar con ella, equivale a hacer terapia de un año. Con mensajes muy puntuales y preguntas acertadas, te mueve por completo el piso, te deja reflexionando y lo más importante, te hace accionar.

A cada una nos fue dando un cierto mensaje. Cuando llegó conmigo, preguntó por mis planes. En ese momento, mis planes eran completamente inciertos. Los proyectos a los que les había apostado, se habían puesto en pausa y yo comencé a dudar sobre cual era en realidad mi camino. Así que empecé a platicarle las opciones que habían rondado mi cabeza. Pero, a un punto, me interrumpió.

-Ari ¿tú que quieres?

Yo seguía dándole vueltas, tratando de justificar mi inestabilidad del momento y como si al decirle los posibles planes, encontrara en ella un oráculo que me guiara a tomar la mejor decisión. Volvió a decirme

-¿Tú que quieres?, olvídate del qué quiere tu familia, qué dice la sociedad, qué pareciera más fácil… Tú, ¿qué quieres?

En realidad, no sabía que contestar, porque… ¡no lo sabía! Me quedé en silencio un momento.

-No lo sé.- Por fin dije.

-Bien- Contestó ella.

Contestar por contestar, no es una respuesta. Mejor saberse perdido. Porque es ahí cuando uno puede, realmente hablar con su propio corazón y descubrir una verdadera respuesta.

Esa pregunta siguió rondando en mi cabeza por varios días. La extendí a todos los aspectos de mi vida. De hecho, esa pregunta me hizo decidir cortar contacto con Cristi. Preguntarme qué es lo que quiero, me hizo darme cuenta de lo que estaba dispuesta a aceptar y lo que no.

Así fue como el tema de las relaciones, fue el primero en resolverse. Ahora tocaba aclarar uno muy importante. Mi vida profesional. Un día decidí apartarme por varias horas. Me quedé en silencio viendo el hermoso panorama frente a mí. El sol iluminaba la copa de los árboles, que se movían al ritmo del viento. Comencé a reflexionar sobre mi pasado. Las decisiones que había tomado, qué es lo que me había llevado a elegir mi camino y qué me movía.

Fui enlistando cada una de ellas y sintiendo en mi cuerpo cuál seguía vigente. Me di cuenta que algunos proyectos a los que me había sumado, tenían una cierta parte de eso que quería hacer, pero subirme al barco había sido más en inercia del momento que una decisión a consciencia. Bien lo habíamos hablado con la abuela, el concepto de “fluir” puede ser algo engañoso.

Se habla mucho hoy en día, sobre fluir con la energía. Pero quizá, muchas veces dejamos al exterior tomar control de nuestra vida. ¿Qué pasa cuando naufragamos en el océano y nos dejamos llevar por la corriente? Pues seguramente llegaremos a algún destino, pero ¿Será el destino al que queríamos llegar? Tanto podríamos terminar en una isla desierta como en un exuberante puerto. Siempre podemos utilizar la corriente a nuestro favor, si sabemos a dónde queremos ir.  Fluir entonces, no es una situación de fe ciega en donde nos quedamos pasivos en el “ya veremos qué pasa”, sino mas bien, involucra acción y para accionar, se debe primero… decidir.

Me di cuenta que había caído en el falso fluir. Esperando una señal para accionar, pero más que una señal, creo que esperaba una orden. Es más fácil culpar al universo por dar las señales “equivocadas”, que aceptar la responsabilidad de la decisión tomada. Pero más que eso, me parece que paraliza el miedo a que eso que tanto deseamos, no sea el éxito esperado y por supuesto, al qué dirán.

Prometí defender mi corazón y me aterraba que volviera a salir lastimado. Esta vez, por un sueño no cumplido. Lo que más me sorprendió, fue darme cuenta que entre tanto estímulo externo, entre tantas señales, tantos apoyos y tantas fantasías en mi cabeza, ya no sabía cuál era mi sueño. Y quizá ese era el problema. Trataba de ver solo un sueño. Como si una persona no pudiera tener más de uno. ¿Qué es lo que siempre has deseado? Pues… he deseado muchas cosas en mi vida. 

Comencé a revivir mi sentir de la preparatoria. Tomando la decisión sobre qué licenciatura quería estudiar. Tomar una decisión “definitiva” me aterra. ¿Qué es lo que quieres hacer el resto de tu vida? Era la terrible pregunta de orientación vocacional. ¿Cómo saber qué quieres para el resto de tu vida, si no sabes ni siquiera qué quieres ahora?

Siempre puedes cambiar de decisión, me decía una y otra vez tratando de calmar la ansiedad que comenzaba a provocarme responder a la pregunta: ¿Qué quieres? De pronto, comencé a conversar amorosamente conmigo.

Y ¿Qué pasa si uno todo lo que me gusta en una sola cosa? ¿Cómo se vería eso? Dejé a mi mente vagar un poco. Acudir a la imaginación es algo que no me cuesta nada. De hecho, a veces me pregunto si he dejado de vivir en la realidad, por lo menos, creo que una parte de mí se ha mudado permanentemente al mundo de los sueños. Poco a poco una visión comenzó a mostrase ante mis ojos. Mi corazón saltó. No sabía en realidad cómo empezar, pero la visión era muy clara. Sin saber si podría llegar nadando, si necesitaba un bote o un barco, lo importante era que comenzaba a ver a la distancia, tierra firme.

La pregunta del millón no estaba del todo contestada, pero en definitiva, la respuesta comenzaba a tomar forma.

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