58. Desde otra mirada

Como te podrás imaginar, soy muy afín a los rituales, sobre todo los de cierre. Cuando no me doy el tiempo, energía, espacio y atención con todos mis sentidos, para honrar cualquiera que sea el ciclo que esté cerrando, tengo la sensación de que una parte de mí se queda atrás. Existe un mí una necesidad de volver, hasta que apropiadamente, se cierra el ciclo. Dependiendo de cada situación será el ritual a efectuar.

¿No te ha pasado, que asistes a una conferencia donde al orador, se le pasa el tiempo y tiene que cortar su charla? ¿No te queda la sensación de falta? Muy por el contrario, cuando el orador es más experimentado, en general, suelen recapitular todo lo explicado en su charla, en los últimos minutos de la misma. Cierran generalmente con una frase llegadora, que te impulsa a ponerte de pie y aplaudir. Pues si una charla de minutos requiere de un cierre potente, imagínate ciclos que han durado días, meses o incluso años. Situaciones que te han llevado por distintas etapas y emociones. Sí, definitivamente, un ritual es más que merecido.

Recientemente tuve la oportunidad de cerrar un ciclo que se había visto interrumpido hace algunos años. Al igual que el resto del mundo, junto con la pandemia se presentaron muchos cambios, dentro de los cuales, mi regreso a México había sido adelantado. Yo me encontraba haciendo un master en Madrid, pero con el encierro, tuve que terminarlo a distancia. (Si quieres refrescar tu memoria sobre este evento, te recomiendo leer de nuevo las entradas “Cambio de planes” y “El adiós que nunca fue”)

Para mí, fue sumamente triste no poder despedirme de mis amigos, del que había sido mi hogar, de mis espacios de contención y creatividad. Partí de España pensando, que tan solo en unos días estaría de vuelta. Gran error. Todas mis cosas se habían quedado en el departamento que rentaba. El tiempo pasaba y la pandemia se agrandaba. Tomé la decisión de regalar todo. En realidad, esa fue la menor de las pérdidas. La más grande sin duda, había sido perder la oportunidad de cerrar el ciclo de la manera que se merecía.

A pesar de haber pasado pocos meses en Madrid, siete para ser exactos, habían sido meses muy importantes. No solo por el enorme aprendizaje que recibía del master que estudiaba y que más adelante marcaría un gran cambio en mi profesión, sino por todo lo vivido durante ese tiempo. Como ya lo has leído en otras entradas, esa etapa para mí había sido difícil de llevar. Un proceso muy emocional que me obligaba a salir de mi zona de confort, que me llevó a lo más profundo de mis sombras y que me ayudó a conocer otro lado de mi ser.

Naturalmente, no poder cerrar ese ciclo me tenía con un mal sabor de boca. Por fortuna, la oportunidad de hacerlo se me presentó en el mejor de los tiempos. “Todo pasa por algo, todo es perfecto” solemos escuchar o incluso decir casi de forma automática, esta vez, lo confirmaba de la mejor forma.

Dado un viaje que planeamos en familia a Valencia, del cual platicaré más tarde, reservamos unos cuantos días para visitar Madrid. “Casualmente” al buscar alojamiento, el que mejor se acomodaba a nuestro presupuesto y necesidades, se encontraba a tan solo unas calles del departamento que solía habitar cuando vivía en Madrid. Tenía la oportunidad de pasear, sin problema, por los lugares que solía frecuentar. ¿Coincidencia?

Fueron días espectaculares. Con el tiempo y privacidad suficientes, pude realizar mi ritual de cierre.  Pasando primero el edificio donde se encontraba mi departamento. Me parecía surreal. Todo permanecía exactamente igual que cuando me fui, sin embargo, todo lo veía diferente. Nada había cambiado, pero todo había cambiado para mí.

Recordaba mis pasos y mis emociones al recorrer esas calles. En aquel entonces, todo era gris. Empezando por el clima que me había tocado. Un año particularmente lluvioso, pero más que eso, mi emoción era gris. En constante melancolía, solía caminar con lágrimas en los ojos y un corazón roto.

Ahora, por el contrario, ¡todo brillaba! Acompañada de un sol y el perfecto clima para pasar todo el día de paseo.  Y no es que no me hubieran tocado días así durante mi estancia, simplemente, no los notaba.

Sentada de frente a la ventana, del que solía ser mi balcón, agradecí a mi antiguo hogar, por haberme contenido durante mi proceso. Por haberme cobijado en las noches de insomnio y en los días de soledad.

Con inmensa gratitud, giré sobre mi eje recorriendo con la mirada y el corazón, a ese barrio que me contuvo. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez, resultado de una emoción completamente diferente.

Continué mi camino hacia “Casa de campo”, mi lugar preferido para la escritura. Me gustaba sentarme frente al lago, recargada en un gran y frondoso árbol. Para no perder la costumbre, comencé a escribir en mi diario.

Me despedí de un ciclo de tristeza, de apego e inseguridad, agradeciendo esa etapa que sentía como, en ese momento, se transformaba. Di la bienvenida al nuevo camino. Un camino incierto, pero que comenzaba con paso firme. Agradecí a cada espacio, a mi familia y amigos, y por supuesto, a Cristi por ser esa gran maestra. Pero, sobre todo,  me agradecí por permitirme crecer.

Y como sacado de un cuento de hadas, cierro los ojos llena de un inmenso cariño y gratitud a ese tiempo vivido. Reconociendo que ahora me encuentro en otro lugar. Reconociendo mi avance. Celebrándolo. Y, al abrir los ojos, la fuente en medio del lago, se prende en un inmenso chorro de agua que parece tocar el cielo. “Hoy Madrid festeja conmigo”, me dije sacando un inmenso suspiro y dibujando una gran sonrisa en mi rostro. Definitivamente, todo cambia si eliges ver desde otra mirada.

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