61. La incómoda lección

Hola mis queridos lectores, por fin estoy de vuelta. Este último mes, fue uno muy movido.

Una sacudida en todos los sentidos. Mi rutina cambió por completo de un día a otro y mis emociones se encontraron en una enorme montaña rusa.

Como recordarás, te he contado del viaje al interior que me llevó a conectar con el mundo del café (si quieres refrescar tu memoria, te recomiendo leer la entrada “Una sonrisa de vuela”). En los últimos meses, desde mi regreso de Chiapas el año pasado, me he dedicado a trabajar en ese proyecto que activa mi corazón.

En búsqueda de personas que quieran unirse al proyecto y me ayuden a poder cumplir ese sueño, llegó a mi mente una persona de mi pasado. Una vieja amistad, quien recordé, solía tener una cafetería. Sin dudarlo, me cité con él para poder platicar. Quizá quisiera unirse al proyecto, o por lo menos, seguramente podría guiarme y darme consejos sobre cómo lograrlo. Nos citamos al día siguiente.

Para mi sorpresa, tenía pocos días de reabrir su cafetería. Por motivos personales, el negocio había cerrado durante un tiempo y en esas coincidencias que no lo son tanto, había decidido abrirla de nuevo. Después de una larga charla, me ofreció hacerme cargo del negocio. A pesar de que la paga al principio sería poca y nuestros conceptos de cafetería son completamente diferentes,  lo importante es que me daría la oportunidad de aprender de la parte operativa y administrativa. Así que, acepté.

La noche anterior a comunicar mi decisión, había sido llena de ansiedad. ¿Estaría tomando la decisión correcta? Una parte de mí confiaba en que esta oportunidad se presentaba en el momento perfecto y que sería el último escalón necesario para alcanzar eso que venía construyendo meses atrás. Pero otra parte de mí se encontraba en total modo de supervivencia. Algo no me vibraba bien. ¿Sería, por el contrario, una desviación del camino correcto?

Me tranquilizaba a momentos, diciéndome que esto era solo temporal. No había nada que temer,  por el contrario, mucho que aprender. Llegó la mañana y con ella comenzaba una nueva aventura. Con el corazón latiendo fuerte, con más interrogantes que respuestas, me dirigí a mi nuevo lugar de trabajo.

En ese momento nos encontrábamos cerca de las elecciones y mi amigo concentraba su atención en la campaña política y el candidato al cual apoyaba. Por lo tanto, caía en mí resolver cómo haríamos para levantar el café. Teníamos escasos recursos, unas cuantas mesas, pocas sillas, contadas tazas y vasos, y lo peor de todo, una cafetera casera.

 El lugar donde se encuentra la cafetería, es bastante grande, por lo que lo poco que teníamos hacía ver muy vacío el lugar y poco profesional. Nadie quiere pagar un café que puede hacer en casa.  Me parecía que lo más importante era conseguir el equipo adecuado para dar el servicio que se espera, sin embargo, no había fondos suficientes para adecuar el lugar. Así que había que hacer uso de la creatividad y contactos.

Utilizando muebles de la oficina de mis padres, logramos vestir un poco más el lugar y con el apoyo de una vieja amiga de la familia (quien también es parte del mundo del café) pudimos tener una cafetera profesional.

Mi amigo me había dado una semana para preparar las cosas, desde vestir el lugar hasta el diseño del menú y a partir de ese momento, sería mi responsabilidad el funcionamiento total, así como de lograr obtener los recursos para cubrir los gastos. Esto último me había sacudido por completo. ¿Cómo que ya tengo que hacerme cargo de los gastos? Me parecía realmente imposible que un negocio fuera rentable a partir del día 1 de su apertura.

El estrés comenzó a mostrarse en forma de dureza en los hombros, cansancio e irritabilidad. Por supuesto, mi ciclo menstrual quedó completamente paralizado. Mi pavor a no poder con esta nueva responsabilidad, me hacia estallar en llanto por las noches. ¿Por qué acepté?, me preguntaba constantemente. Sentía que me habían lanzado a la guerra sin fusil.

Me encontraba cansada física, mental y emocionalmente. Debo confesar que sentí vergüenza. ¿Cómo es posible que “tan poco” me haga colapsar? Lo que vivo ahora, no se compara con lo que viven día a día millones de personas; con lo que han vivido toda su vida. Y yo, a las pocas semanas, quería renunciar. Sabía muy bien que yo podría darme ese lujo, sabiéndome sostenida por mis padres, pero esa no es la realidad de muchas personas. Mi estrés era muy chico comparado con aquellos que son sostén de su familia, con los que se encuentran ahora mismo en una guerra, con los que luchan con una enfermedad.

Sentí que, si renunciaba, traicionaba a todos aquellos que luchan y se esfuerzan día con día. Sentía, además, que me traicionaría a mi misma. Darme por vencida en este proyecto, se sentía como fracasar en mi propio proyecto. Si no puedo con esto, ¿Qué me hace pensar que podré con mi propia cafetería?

Mi estrés poco a poco comenzó a convertirse en enojo. Ahí estaba yo, al pie del cañón, levantando un negocio, encontrando soluciones a cada uno de los problemas, siendo creativa y productiva por otros. ¿Cómo es posible que todas estas soluciones no las hubiera aplicado antes a mi propio proyecto? Me encontraba trabajando muy duro para alguien más. Me enojaba mi cobardía. Me atreví por otros, me paralicé con lo propio.

Día a día me preguntaba si mi incomodidad era simplemente por salir de mi zona de confort, si mi enojo estaba basado en mi inseguridad o si en verdad me encontraba en un lugar en el que no debía estar. Me di cuenta que, en definitiva, mi amigo y yo teníamos formas muy distintas de pensar y de actuar. Comencé a encontrarme inconforme con muchas situaciones, pero, sobre todo comencé a no sentirme valorada.

Me preguntaba hasta cuándo o hasta dónde llegaba esta lección. ¿Acaso me faltaba humildad para aprender? No podía distinguir si era mi intuición gritando que saliera de ahí, o mi ego queriendo alejarme de una experiencia distinta, de una incómoda lección.

Un buen día regresé a la meditación, de la que me había alejado todo ese mes. Ahí, en la tranquilidad de mi respiración, pude ver con total claridad. La lección había sido aprendida. Me di cuenta que tenía todo lo necesario para abrir mi propia cafetería. Que aquello que estaba aplazando, no tenía sentido. Mi miedo a la poca experiencia que tenía, había desaparecido. Ahora estaba segura de que podía hacerlo.

Quizá me tocaba volver a la agitación de la vida terrenal. Envolverme en el estrés cotidiano y la “falta de tiempo” para la introspección. Saturarme de tareas y responsabilidades, llenando mi cabeza de preocupaciones, alejándome de la reflexión; porque envuelta en ese mundo, más me convenzo de la necesidad de un espacio que permita regresar al interior, a hablar con uno mismo. Un espacio que nos permita sentir, un espacio que nos permita ser.

Doy cierre a este pequeño capítulo agitado. Agradezco la tremenda incomodidad que sentí, porque me ha permitido crecer y sobre todo, salir con mayor confianza. Ha llegado el momento de construir lo propio.

Deja un comentario