63. El día 40

¡Te comparto con mucho entusiasmo, que he llegado al día 40 de la meditación! Anoche realicé mis últimos 30 minutos del llamado So Purkh. Como te comentaba en la entrada pasada, resultó ser una meditación poderosísima. Cualquier cosa que se realiza con firme intención, mueve. Sin embargo, la frecuencia que emiten los sonidos del canto que conforma dicha meditación, sin duda alguna, movieron energía al por mayor.

En ese terremoto interno, algunas construcciones, sostenidas de creencias, se derrumbaron; emociones inundaron varias de las vías de comunicación; la mente, acostumbrada a trabajar sin cesar, dio una pausa para ir en búsqueda de un corazón, que asomaba una mano entre los escombros, pidiendo ser rescatado.

Hoy tengo la sensación que, al quitarme los lentes empañados para limpiarlos, me doy cuenta que puedo ver perfectamente. Existe aún la tentación de volver a ponérmelos. Cuesta trabajo quitar la costumbre. Hay una sensación de que falta algo. Ese peso en las orejas, esa presión en la nariz y ese marco que rodea la mirada. En realidad, no falta nada. Al contrario, sobraba. Es más, bloqueaba la vista.

Siempre existe la posibilidad de volver a ponerse los lentes. Lo peor de esta acción, es que puedes convencerte de que los necesitas. Uno puede querer dejar de ver.

Esto es lo que me ha mostrado la meditación del So Purkh. Cuantas veces he vuelto a ponerme el armazón. Todo el tiempo que he ignorado esa mano lastimada del corazón, que pide, lo ayuden a salir.

Es interesante como nos engañamos a nosotros mismos. Como disfrazamos la verdad. Como nos enfocamos solo en un punto. Uno podría pensar que, con la escritura, contacto siempre con mi corazón. Pero la verdad es que se trata de algo mucho más profundo. El arte para mí, podría ser como la física para un ingeniero. Es parte de mi forma de pensamiento. Pero quizá contactar con el corazón, va más allá incluso de las emociones. Quizá se trata de redescubrirte, de volver a construir ese hogar destruido por el terremoto.

Hoy como las mariposas, estoy entre salir del capullo y descubrir que tengo alas o, evitarme el dolor que se vive en esa transformación. Lo peor de todo, o quizá deba decir, lo mejor de todo, es que ya no reconozco ni siquiera a la oruga que vive dentro de ese capullo.

¿Quién soy? Pregunta que despierta después de estos 40 día de meditación.

Dejaré que se asiente un poco el polvo de todas las edificaciones caídas, para poder comenzar, primero a limpiar y luego a reconstruir esa nueva Ari. Por lo pronto solo queda decir, gracias a esa voluntad que permaneció hasta el final, gracias a todo el grupo que fue sostén en este viaje, gracias a mi maestra por ser ese canal de comunicación con mi yo superior. Gracias, gracias, gracias.

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