64. “Año nuevo, vida nueva”

Pues te cuento que el domingo pasado, 4 de agosto, fue mi cumpleaños. Es interesante la sensación que tuve días antes y días después. Una enorme diferencia con el año pasado, cuando me sentía muy hacia adentro. Era tanta mi necesidad de estar hacia mí, de escucharme y bajar el ruido exterior, que pasé 3 días en silencio y esa fue la forma de festejarme.

Este año, fue completamente el lado opuesto. Sentí una gran necesidad de compartir, de festejar a lo grande, pero no en una fiesta como quizá lo podrías estar imaginando, la celebración sentí, no era necesariamente para mí o hacia mí, sino a la vida y sus hermosas conexiones.

La celebración comenzó, como te dije, días antes. Los festejos dieron inicio en una reunión con una hermosa red llamada “Coragua” (de la cual hablaré en otra entrada). Sentados al torno de una hermosa fogata, acompañada de cantos, música en vivo con didgeridoo, tambores y handpan, que nos elevó a frecuencias fuera de este plano. Con un corazón completamente abierto, miembros de la comunidad comenzaron a compartir sus historias llenas de sabiduría y mucha vulnerabilidad.

En general, cuando se abren círculo de palabra, soy la primera en comenzar a hablar. Suelo participar activamente en la conversación, sin embargo, esta vez me quedé en silencio y me dispuse a escuchar. Me permití sentir el dolor que se liberaba a través del sonido de las palabras, que acompañaban cada uno de los relatos. Sintiendo el reflejo de mi propia historia, a pesar de ser tan distintas entre sí. A cada uno de los comentarios, los unía un mismo lazo: el amor. Sí, el amor incondicional. Esa infinita conexión. Ese sabernos uno mismo en distintos cuerpos. Sin duda, la velada se convertía en una memorable a cada instante. Cerrando con broche de oro, un cálido abrazo grupal que duró varios minutos.

La celebración continúo a los dos días. Junto a mis compañeras del yoga kundalini, pasé una tarde llena de risas y nuevamente mucho, pero mucho compartir, con ayuda de un fabuloso juego de mesa llamado “el juego de la transformación”. A pesar de ser un “juego”, yo podría decir que fue más bien, una larguísima terapia grupal. El juego consiste en ir llenando una serie de tableros. Para pasar a un nuevo tablero, debes haber llenado el anterior. Los tableros son nada más y nada menos que nuestros cuerpos: el físico, el emocional, el mental y el espiritual.

Sin afan de perderte con las instrucciones del juego, que son muchas, solo te puedo decir que es en verdad una revisión profunda a los bloqueos que nos impiden avanzar. Yo quedé realmente impresionada por lo atinado de los mensajes. Por supuesto, entre una tirada de dados y otra, el compartir con el corazón completamente expuesto, da al juego un significado y trascendencia completamente distinto.

Llegó el mero día de mi cumpleaños y yo había planeado una actividad muy particular. A traves de las redes sociales, realicé una invitación abierta a todo aquel que se quisiera unir a un proyecto que desde hace tiempo tenía ganas de realizar. Se trata de un espacio para compartir a través de la música y el movimiento. La cita se dio a un costado de la pirámide de Cholula, quien quisiera podía llevar instrumentos para tocar a forma de improvisación, o también podías ir a danzar.

Acompañada de algunas amistades, de mi hermana de sangre y mi hermana de intercambio, comenzamos con la liberación de energía. Estoy completamente convencida, que el baile es una forma poderosísima de sacar esas emociones estancadas, aquello que no hemos podido decir, aquello que no nos hemos dado chance de sentir y que se va acumulando en nuestro cuerpo. El movimiento corporal, al mismo tiempo, mueve toda esa energía, ayudando a sanar.

Algunas personas tenían intenciones de unirse a nuestro baile, sin embargo, no logramos que externos se unieran al grupo. Quizá pensaban que se trataba de una clase. Para la próxima reunión, llevaremos unos letreros para hacerle saber a las personas que se pueden unir.

Encontrar estos espacios que nos permitan desconectarnos de la rutina para conectar con nuestro interior, me parece tan importante como respirar. Porque al conectar con nuestra escencia y permitirnos hacerlo acompañados de otros que tambien se encuentran conectando con su propia escencia, al mismo tiempo, crea una hermosa red de conexión.

Me encontraba un poco nerviosa por llegar al día después de mi cumpleaños, ya que es el cumpleaños de nada mas y nada menos que, Cristi.  Para mi sorpresa, mi emoción fue muy pacífica. Con todo y la lluvia y viento de ese día, un clima que suele causarme melancolía (ya que me recuerda a ella), logré pasar el día, en realidad, con mucho agradecimiento.

Días antes, me había comunicado con ella por una cuestión de nuestro antiguo trabajo. Afortunadamente, la conversación se limitó a dar información que necesitaba entregar. Fue un momento muy duro, porque caí en la cuenta que ese día pasábamos a ser, tan sólo unas conocidas. Sin embargo, después del debido duelo de la situación, agradecí la conversación tan cortada. Desconozco si ella extraña hablar conmigo, pero si ese fuera el caso, mantuvo la distancia y el límite que le pedí el día de mi despedida.

Gracias a los días llenos de autentica conexión, en los que sentí el soporte de una comunidad de amigos y de una amorosa familia, el día más esperado de mi duelo con Cristi, pasaba con una hermosa suavidad. Esa es la belleza de las conexiones profundas, donde mutuamente, ayudamos a sanar nuestro corazones.

Y así, al igual que la copa  y el vaso de vidrio que rompí el día de mi festejo, hoy se rompe el cascaron que da vida a una nueva etapa. ¡Bienvenidos mis 35! los celebro con entusiasmo y con muchas ganas de comenzar esta nueva aventura.

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