69. La resistencia.

Cada cierre de ciclo implica un duelo. Algo llega a su fin y no importa que ese final, dé inicio a algo aún mejor. Cuando algo termina, implica una cierta despedida.  

Como lo hemos hablado a lo largo de muchas entradas, soltar, es quizá la acción más difícil a realizar. Incluso si lo que soltamos nos está haciendo daño. Nuestro instinto de supervivencia, nos pide que nos aferremos a lo conocido, pues es en ese terreno que podemos movernos con cierta facilidad, puesto que conocemos nuestro entorno. 

Por esta razón, cada final de ciclo puede sentirse como un salto al vacío. Hay una cierta emoción por lo que inicia, pero ¿Qué es lo que realmente inicia? ¿Qué es lo que nos espera en el viaje? ¿Me gustará? ¿Será difícil? … comienzan miles de preguntas de las cuales no tenemos respuesta y eso comienza a poner los nervios de punta. Pero creo que la que nos hace difícil comenzar el viaje, es quizá, preguntarnos si podremos regresar, volver al punto de partida.  Y de esa, sí que tenemos respuesta.

La verdad es que no se puede volver al mismo punto de partida. Incluso si volvieras a empezar el viaje, no inicias de la misma forma que comenzaste la primera vez. Porque ahora, comenzarías sabiendo un poco más. No eres el mismo que ayer. Por lo tanto, cada que iniciamos, nos estamos despidiendo de esa versión de nosotros que se queda en ese punto de partida. Una parte de nosotros muere cada que otra nace. ¿Cómo vives el duelo?

Sí, el duelo. A veces no nos permitimos sentir esa nostalgia, esa tristeza, ese enojo o incluso alegría. Pensamos que algunos cierres son tan chicos que el duelo no es necesario.  Hay veces que casi no percibimos la emoción. Pero hay otras que resistimos tanto, quizá por miedo a que nos consuma o por el terror a desmoronarnos. Lo peor de esta situación, es que, en esa resistencia, el efecto se multiplica y terminamos completamente exhaustos de una lucha que no debió existir y que de habernos dejado sentir nuestra emoción, en lugar de terminar cansados, podríamos mas bien liberarnos.

Pero la verdad nos encanta sentir el falso “control”.  Cuando no dejo salir mis emociones, me siento fuerte. Siento que las domino. Aunque bien sabemos que eso no es verdad. ¿Quién controla a quién? No lloro, pero termino enojándome con todo mundo. No me rio, y termino por realmente amargarme. Y si logro no vaciar esa emoción en otra persona, pues la acumulo y termino por enfermarme. La emoción tiene que salir de alguna manera.

La verdad no se trata de si uno logra controlar a las emociones o si las emociones nos controlan. Porque al final, no se trata de control. Se trata de unión. Me uno a mi emoción y dejo que me hable, dejo que me susurre al oído. Dejo que me toque en lo más profundo de mi ser. ¿Qué me quieres mostrar?

Llevo mucho tiempo sintiéndome en un duelo. Un duelo profundo. ¿A qué le lloro? ¿A quién le lloro? Lo primero que siempre llega a mi cabeza es Cristi. Y he de pedirle una disculpa, por pensar que cada una de mis lágrimas lleva su nombre en ella. Pero esta vez, me parece, no le lloro a ella en especial, creo que le lloro a un todo.

Algo esta muriendo dentro de mí y me aferro a ese cadáver sin forma sabiendo perfectamente que no lograré agarrarlo. Es como quien quiere abrazar el aire, sabiendo que al final, terminará abrazándose a sí mismo. Chistoso hacer un duelo, cuando no sabes muy bien a qué le estas diciendo adiós. Mucho menos, a qué le das la bienvenida.

Una vez leí una frase que decía: “con cada decisión algo muere y algo vive”. Quizá esa premisa es la que te deja sin aliento. La que provoca una especie de ansiedad a lo desconocido. Incluso con la decisión más rutinaria de todas, ¿Qué ropa usaré el día de hoy? ¿Qué desayuno?

Nos encontramos en este momento en un cambio de estación. Le decimos adiós al verano para darle la bienvenida al otoño. Una etapa que nos permite aprender, precisamente, del soltar. La naturaleza es tan sabia. Fluye y se hace una con la energía. Los árboles dejan caer sus hojas, se permiten cambiar de color. Saben que en ese soltar, vendrá un nuevo nacimiento. Nuevas hojas, nuevas flores, nuevos frutos.

Quizá yo me encuentro resistente a cambiar mi color. A soltar esas hojas que ya cumplieron su función. Quizá mi duelo se ha prolongado más de lo necesario, por esa resistencia al cambio. Por ese miedo a no saber si estoy tomando las mejores decisiones.  Sí, puedo ser demasiado espiritual, pero también demasiado mental. Y esta última, es mi condena.

Deja un comentario