Soltar, soltar. Como lo hemos hablado anteriormente, una de las lecciones más fuertes, para mí, ha sido el soltar.
Recientemente hablaba precisamente sobre este tema. En específico el dejar salir una emoción, que al final de cuentas es lo mismo. Soltar.
Cuando hacemos una sanación, alguna terapia, meditación incluso, pensamos que al terminar, nos sentiremos de maravilla. Como si con una varita mágica, quitaran todo, borraran todo eso que nos lastima.
Algunas veces pasa que, en efecto, al término de la terapia nos sentimos muy bien. Muy ligeros, pero al paso de los días, de pronto nos llega un efecto que parecería contrario. Puede que incluso, comencemos a sentirnos “peor” que antes. Algunas veces te enfermas, puedes sentir mucha ira, mucha tristeza, mucha confusión tal vez. Puede que te pase todo lo anterior al mismo tiempo y esa ligereza que sentías, se ha perdido y ahora hasta cansada te sientes.
Pues claro, ¿Cómo no sentirse agotado cuando estas luchando con lo que sientes? Cuando uno realiza alguna terapia en busca de sanación, de alguna forma estas limpiando lo que hay dentro. Y todas esas emociones acumuladas, toda esa “mugre” que había en tu interior, tiene que salir. Y puede salir de muchas maneras. El problema es que muchas veces no la dejamos salir, por muchas razones. Puede ser que ya no quieres sentir nada relacionado a ese tema, que pienses :“pero si yo ya fui a terapia, pero si yo ya sané, ¿porque permitiré sentir algo por esto?…”
Imagínate que llevas muchos días sin poder ir al baño. Te duele mucho el estómago. Te sientes con un gran peso, estás de malas, completamente incómodo. Bueno, vas al doctor y te receta un laxante. Te lo tomas y al poco rato, comienza a hacer efecto. Las ganas de evacuar son demasiadas, pero tú decides que como ya fuiste al doctor y ya tomaste medicina, ya no necesitas hacer nada más. Así que te resistes a ir al baño. ¿Qué crees que pasaría?
Bueno, lo mismo sucede a nivel emocional. Impedimos que salga lo que tiene que salir. El laxante hace su efecto, pero, bloqueamos por completo la verdadera sanación. Porque sí, la terapia dio resultado, sin embargo, ¿somos capaces de limpiar lo que hay dentro?
Si me has acompañado a lo largo de las entradas de este blog, sabrás las muchas terapias a las cuales me he sometido. Las innumerables meditaciones y actividades en busca de sanar un corazón herido. Sin embargo, una y otra y otra vez, parece que regreso de nuevo al mismo punto. Y aunque, como ya lo hemos hablado antes, no es posible regresar al mismo punto de partida, siempre se empezará con más aprendizaje, lo que sí se puede, es volver a ensuciar eso que se ha limpiado, o también, puede que hayamos impedido la completa limpieza.
Y me pregunto ¿de dónde viene todo esto? ¿Por qué uno impediría lo que el laxante quiere sacar?
En lo personal, soy adicta a sentirme melancólica. Me aferro a la emoción de tristeza, sigo extrañando porque me da la sensación de seguir conectada a cierta situación y sobre todo a cierta persona que ubicas perfectamente. Sí. Efectivamente. No suelto porque después ¿qué? ¿Se pierde la conexión? ¿Se pierde quien soy? ¿Se termina la emoción? ¿Se termina el amor? Si se pierde todo esto que siento, entonces ¿Qué queda?
La primera respuesta que se me ocurre es Vacío. Claro, hemos escuchado tantas veces que, para dejar entrar, primero hay que dejar salir. Para poder llenarnos de eso que deseamos, primero hay que vaciar.
Intelectualmente lo sé. Mi mente lo tiene tan claro que, por eso, he decidido participar de todas y cada una de las actividades que me llevan precisamente a limpiar, a vaciarme, a tomar ese laxante. Pero entonces ¿Qué es lo que se aferra? Si mi mente lo entiende, si mi alma lo sabe aun más ¿Quién está impidiendo la salida?
El ego, es lo primero que viene a mi mente. Bien, ¿Cómo lo vencemos? El ego es el estratega número uno. Sabe camuflarse mejor que nadie. El ego, puede hacerte creer que en efecto estas limpiando. Que ese llanto, ese enojo, esa tristeza, vaya que incluso esa enfermedad, es el efecto de esa sanación. Que, en verdad, estas sacando todo. Pero resulta que quizás no. Que quizá esas lágrimas son, precisamente, las que te siguen aferrando. Que ese dolor físico, es tan solo una máscara, una distracción.
¡Pero qué difícil situación! ¿Cómo saber la diferencia? O quizá la pregunta real sea ¿Qué es lo que en realidad, hay que dejar salir?