72. Una lucha constante

Querido lector, regreso después de un tiempo fuera del teclado. Si me sigues en redes, podrás haber notado que tuve una fabulosa visita de mi hermano y sobrino. Eso, pues naturalmente, desajustó mi rutina.

Pero la verdad, esa no fue la razón principal para alejarme del blog. He de confesarte que cada que me encontraba frente a la página en blanco, tenía una gran resistencia a escribir. Quizá temía ir adentro. La escritura es una gran herramienta de reflexión y yo no me encontraba con la fortaleza suficiente, para enfrentar, lo que sea que saliera de mi interior a través de las palabras.

Quizá un poco de vergüenza de no poder entregarte alguna situación inspiradora. Últimamente me he sentido estancada. Sin motivación. Completamente agotada. Sería muy fácil culpar a las energías del universo, o quizá la temporada que marca el cierre de año. Pero la verdad vengo arrastrando, algo que me pesa, desde hace mucho tiempo.

Recientemente fue un año de aquella decisión de cortar contacto y “sacar de mi vida” a Cristi. La verdad, esperaba, que para este momento, yo estaría mucho mejor. Pero no ha sido así. Porque, por supuesto, no la puedo sacar de mi vida realmente. El peso de su ausencia no se ha aligerado con el tiempo. La encuentro en tantos detalles.

Estoy cansada de decir que estoy bien, cuando en realidad no lo estoy. Estoy cansada de luchar, contra ese enorme deseo de hablarle.  Me siento como un robot caminando en forma automática. Me siento vacía. Estoy cansada de ilusionarme. Estoy cansada de ver como los planes no han funcionado. Estoy cansada de la incertidumbre. Estoy cansada de soñar. Estoy cansada de pensar. Estoy cansada de sentir. Creo que no estoy ni cerca de estar donde quisiera estar, como quisiera estar. Estoy cansada de que el miedo me paralice.

A veces siento que todo el trabajo realizado en mi desarrollo espiritual, no ha cambiado nada. Hoy tengo ganas de soltar esa mochila llena de herramientas, de lecciones, de vivencias. Solo quiero sentarme aquí, en medio del camino. Sin ver lo que falta por caminar, mucho menos elegir por dónde continuar.  Tampoco quiero ver el camino recorrido, eso me agota un poco más. Solo quiero quedarme quieta, abrazar mis piernas y llorar un poco.

Siento en mi pecho una gran presión y en mi garganta ya no es un nudo, es una olla a punto de explotar. Ni siquiera sé muy bien qué es lo que quiero decir o mas bien gritar.

¡Basta! Sí ¡Basta ya! Estoy cansada de luchar. Hoy no me pidan tener buen ánimo. Hoy perdí la esperanza, porque justamente, estoy cansada de esperar. «Que todo pasará, que las cosas mejorarán, que todo llegará…» ¿Cuándo? Estoy cansada. Hoy, simplemente estoy cansada.

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