74. Una extraña de visita

En los últimos años, la verdad, había pasado las fiestas casi por obligación. Sentía que cada año simplemente, se repetía el festejo. Casi como si fuera una lista de tareas que se va tachando o una producción en masa que solo replica una y otra vez la misma pieza.  

A pesar de ser mi época favorita del año, la costumbre y rutina se habían apoderado de mí, haciendo del disfrute y la magia una tarea muy difícil de percibir.

Este año, sin embargo, fue distinto. Esta era la primera vez que no tendría vacaciones para estas fechas. Mi trabajo había traído la estabilidad que tanto deseaba, en este, tan cambiante año. Afortunadamente, había podido arreglar cambiar algunos días de trabajo, para poder ir a mi ciudad natal y visitar a la familia, que no había visto desde la navidad pasada.

Me mentalicé de que, aunque no tendría “días de descanso”, disfrutaría de mi estancia. De un tiempo acá, me cuesta trabajo estar por largos periodos con mucha gente. Necesito mi espacio y por supuesto silencio. Pero, todos sabemos que cuando se reúne la familia, espacio y silencio es lo último que se obtiene. No obstante, como te digo, todo este año era distinto.

Quizá el pensar por un momento, que no podría estar en navidad con la familia, me hizo valorar cuando se presentó la oportunidad. También, este año me atrevía por primera vez, a viajar con Luna, mi gran compañera perrhija. Ella, digamos no es la más amigable y cariñosa de los perros, tal como yo, le gusta su espacio y silencio y cuando se ve invadido pues… ataca, (particularmente si se trata de niños). Así que naturalmente, no me había atrevido a llevarla puesto que, temía mordiera a mis sobrinos. Solía dejarla en pensión, pero esta vez, me animé a que nos acompañara. Los más chicos de la familia ya no son bebés, por lo que me encontraba más tranquila de poder llevar a la pequeña bestiecita, sabiendo que todos sabrían respetar su espacio.

Aún así, me encontraba sumamente nerviosa del resultado. Mi primera sorpresa fue que, en realidad, Luna estaba muy tranquila. Permaneció bastante quieta durante el viaje y a su llegada, incluso se dejó acariciar.  Esperando lo peor, recibí lo mejor.

Tuve días muy agradables. Todas las reuniones que se presentaron, afortunadamente, fueron comida. Esto permitió, que se terminaran a muy buena hora. Cada vez, me cuesta más desvelarme. Por lo que aprecié que todos votaran por que las fiestas se pasaran a buena hora del día.

También, me di la oportunidad de platicar con miembros de la familia con los que no suelo charlar.  Este año, quedé sumamente sorprendida de enterarme que mi padrino de bautizo, es un maestro de yoga. ¡Que tan poco conozco a mi familia! Es verdad que no solemos convivir demasiado, pero, aun así quedé muy reflexiva al darme cuenta lo ajena que me sentí. Fue como si fuera una extraña de visita.

Regresé a casa después de navidad, con ganas de pasar los últimos días del año reflexionando sobre todas las experiencias vividas en este 2024. Sin embargo, no fue así. El tiempo libre que tenía, lo dediqué a descansar. Me sentía realmente agotada y no sabía muy bien por qué.

Los planes para fin de año, habían cambiado a último momento. Nada para sorprender, ya que todo el 2024 había estado plagado de cambio de planes en cada semana. Pensaba que para el 31, yo ya estaría viviendo en mi nuevo hogar y mis padres, planeaban pasarla en el sur con mi hermana. Pero al final no pude realizar mi cambio, ya que la casa aún no se encontraba en condiciones para poder ser habitada. Además, mis padres habían decidido quedarse en Puebla, por lo que mi idea de un fin de año en tranquilidad, silencio y solitud no serían posibles.

-Bueno, ya habrá tiempo- pensé. Una amiga de la familia, nos había invitado a cenar en su casa. La verdad, la estimo mucho y disfruto de su presencia y pláticas, por lo que me pareció una muy buena idea. Tristemente, días antes de terminar el año, su madre falleció, por lo que con mayor razón, era un buen momento para pasarla con ella.

El 31, después de la misa del novenario, regresamos a casa para tomar la botana que llevaríamos. Pero, en el camino, comencé a tener una sensación muy extraña. Me sentía agobiada. No había reflexionado sobre el año que terminaba y ya estábamos a pocas horas de iniciar el nuevo. Me sentía abrumada, como esa sensación cuando has pasado muchas horas con un gran tumulto de gente y mucho ruido. Mi respiración era cortada. Comencé a enojarme porque en realidad quería tiempo conmigo y no sabía como decir que no a la invitación. Me sentía comprometida.

Entré al baño tratando de calmarme, cuando de pronto, me doy cuenta que mi pantalón estaba roto. Una gran abertura en la entrepierna. Imposible de pasar desapercibida. Me enojé aún más, porque era un pantalón nuevo. Estaba segura que esta descocida, había sucedido en el transcurso de la iglesia a la casa. No pude más que dejar salir unas lágrimas de total frustración. ¿Será acaso un mal augurio para el 2025? Imposible no preguntármelo.

Corrí a cambiarme el pantalón, pero me di cuenta de lo forzada que estaba. Realmente necesitaba estar sola. Tenía unas tremendas ganas de gritar, de llorar, de dormir, de escribir, de meditar, de reflexionar, de hacer todo y nada.

Me dirigí a mis padres que me esperaban ya en la sala. Pregunté si estaba bien solo ir un rato. Contestaron que mejor me quedara. Se pusieron de pie, me dieron rápidamente un abrazo deseando un feliz año y salieron inmediatamente de la casa. No hubo tiempo de pensar nada. Cuando reaccioné, ya se habían ido. Me quedé en silencio parada en medio de la sala, con Luna a mi lado que buscaba consuelo, por miedo a los cuetes que ya comenzaban.

Comencé a llorar desconsoladamente. No sabía muy bien de donde venía el llanto. ¿Por qué lloro?- me preguntaba a voz alta. Incluso me posé frente al espejo, buscando respuestas en mi mirada. No encontraba la raíz.  Decidí no buscar en ese momento la respuesta y solo dejar salir las lágrimas. Cuando por fin me calmé. Comencé a escribir.

¡Cuántas cosas puedes descubrir con la escritura! Pasé las últimas dos horas del año, escribiendo sin parar. Regresando en la memoria mes a mes, día a día. Visitando aquellas intensiones puestas a lo largo del año. Descubriendo qué se había cumplido, qué se había derrumbado y cuales otras se habían transformado. Como sacado de un cuento, al momento de poner el punto final en la firma que cerraba esa reflexión del 2024, comenzaron los cuetes y fuegos pirotécnicos que anunciaban las 12 y por lo tanto la bienvenida al 2025.

Sonreí de tan hermosa circunstancia, le di un abrazo a mi Luna, me di un abrazo a mi misma, suspirando el nuevo ciclo que comenzaba y exhalando el que terminaba. Dos festejos completamente diferentes. Una navidad llena de reuniones, comida, charla y familia. Un año nuevo, en cama, con mi libreta en mano, silencio a mi alrededor y muchas emociones transitando al mismo tiempo todo mi ser. Me sentí dos personas completamente diferentes. Dos facetas opuestas. ¿Quién eres realmente? le pregunté a esa extraña que viene de visita y que a menudo no suelo reconocer en mi reflejo. «Soy todas y ninguna», me contestó antes de cerrar los ojos y caer en un profundo sueño.

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