78. TI KO TA TI KO

Retarte, motivarte, volver a tener esas ganas. Salir de la rutina y hacer algo diferente. 

Durante el tiempo que llevo tomando clases de flamenco, poco más de un mes, algo ha cambiado dentro.

Bailar siempre me ha gustado y aunque sé el bien que me hace, normalmente lo dejo para “después”. Encuentro la excusa perfecta para posponer ese tiempo conmigo, la música y el movimiento. Es por eso que tener un horario de clase fijo, me ha permitido por lo menos una vez a la semana, sacar la energía acumulada en cada zapateado.

Ha sido muy interesante puesto que, en mi adolescencia solía bailar folklor mexicano. Y, aunque parecido, al mismo tiempo, es muy diferente. Me ha puesto a trabajar el cerebro a tope. Coordinar metatarso, tacón, brazo, mano; un ritmo debajo de tu cintura y otro arriba, hace explotar mi cabeza. Sin embargo, me encanta.

Descubrí que el flamenco es como la vida. Si pienso demasiado el paso, termino por trabarme; si no lo pienso en absoluto, tampoco me sale. Es justo en el medio, ese punto neutro entre razonarlo y dejar fluir que logras el baile.

Además, me encanta la estructura de la clase. Comenzamos con el calentamiento que prepara el cuerpo. Seguimos por la parte técnica. Marcamos de manera digamos, casi exagerada los movimientos. Nos concentramos primero en los pies, luego las manos o viceversa. De a poco vamos incorporando cada elemento.  Si al mezclar los movimientos pierdes el ritmo, paras. Vuelves al inicio, con uno solo y de a poco agregas nuevamente otros componentes.

Agradezco a mi profesora que, constantemente, nos invita a salir de nuestra zona de confort. Cuando ya lograste coordinar, no te quedas ahí. Siempre hay una capa más. Un nivel arriba. Quizá agregas un elemento más, aumentas el ritmo o simplemente perfeccionas el movimiento al punto que comience a verse natural.

Cuando ya hemos trabajado cada parte por separado, cuando ya recolectamos “las herramientas” que forman parte del baile, llega el momento de soltarlo y entonces sí, danzar. La última parte, ya no trabajas lo técnico, ya no te concentras en hacerlo bien, solo te permites disfrutar.

¡Qué mejor metáfora para la vida que esa! Hay momentos de trabajo minucioso, hay momentos en los que, aunque ya te salía bien, de pronto te confundes y es necesario parar y comenzar de nuevo.

Agradezco a mis compañeras que animan a hacerlo cada vez mejor, que me inspiran con su dedicación. Me resulta muy interesante cachar cada estado de ánimo durante la clase. Me regresa al presente. Si me encuentro pensando en algo del trabajo o algún pendiente, claramente el paso no me sale. Si quiero hacerlo perfecto cuando me ve la maestra, es cuando peor me sale. Hay momentos que me cacho con mi ego frustrado, al ver que a los demás ya les salió y yo sigo luchando por coordinar.

El flamenco es como la vida. Hay momentos para todo. Poco a poco vamos juntando aprendizajes que nos sirven al momento del baile. Gracias a mis clases, he podido reflexionar cuando estoy pensando demasiado mi paso o cuando, por el contrario, me quedo en mi zona de confort por miedo a no encontrar el ritmo; cuando busco el reconocimiento ajeno o cuando me gana la competitividad y quiero alcanzar el ritmo de otros.

Al sonido del TI KO TA TI KO, he descubierto que está bien equivocarse, que hay momentos donde simplemente hay que bajar el ritmo, que esta bien regresar un nivel abajo. He descubierto que salir de la comodidad e intentar un nivel arriba, puede resultar en una grata sorpresa. Muchas veces no sale a la primera, pero te das cuenta que al menos lo has intentado y que en realidad, no lo haces tan mal. Pero lo más importante, después de todo ese recorrido, es disfrutar. Sentir y permitirte ser tú quien decide qué ritmo llevar.

Deja un comentario