Esta pregunta me he rondado ya varias semanas. En una mañana llena de conversaciones cada vez más profundas, con mi gran maestra espiritual, de yoga kundalini y ya ahora gran amiga, una pregunta que concluía la indagación, resonó en todo mi ser.
-Ari, ¿Cuánto estás dispuesta a sostener tu decisión?- me preguntó mi profesora, no con la espera de una respuesta, sino que a modo de reflexión.
Y esta pregunta ¿A qué se debía?, pues bien, como te he contado en otras entradas, tiene ya varios meses de mi última interacción con Cristi. A casi 6 meses de aquel día en el que mi petición de retomar la amistad, había sido negada, me di cuenta que seguía engañándome a mí misma.
La verdad, volví a seguir sus redes sociales. Esto de alguna manera, me hacía sentir conectada a ella. Podía seguir siendo “parte de su vida” y ella de la mía (si es que alguna vez ella veía mis publicaciones). Lamentablemente, esto creó una espera interminable. La esperanza de que alguna vez, quizá, recibiría un mensaje de su parte, abriendo así nuevamente la puerta.
Y aunque yo estaba consciente que esto no me hacía nada bien, debo confesar que me parecía realmente imposible cerrar definitivamente la puerta.
Un día, después de leer una publicación de Instagram (algunas veces hay que dar gracias al algoritmo, por mostrarnos justamente el mensaje que necesitamos) decidí bloquearla de mis redes. Esto, muchas veces pasó por mi cabeza con anterioridad, pero detectaba que la acción venía del enojo. De un coraje convertido en berrinche, “si ya no quieres ser mi amiga, pues entonces no podrás acceder a mi información”, era una especie de castigo, de venganza. Es por esta razón que me detenía.
Esta vez venía de otra emoción, de otro pensamiento. Me di cuenta que en realidad no había soltado nada. Esta constante espera me estaba drenando por completo y quizá, este lazo que me reusaba a cortar, también la drena a ella. Pepilla grilla susurró a mi oído “vas a sanar, cuando decidas hacerlo”. Supe en ese momento, que la acción correcta, ahora sí, era cerrar, bloquear cualquier ranura. Saber que no se trata de que ella quiera o no. Ni siquiera de lo que yo quiero o no. Se trata de saber, en lo profundo de tu ser, lo que necesitas.
Y sí, por mucho que me encantaría (realmente esa es la palabra adecuada, me haría un encanto, casi una hipnosis) que me hablara, yo se en lo profundo, que terminaría por perderme. Porque sí, tú bien sabes ya, el efecto que Cristi tiene en mí. Un apego total, que me lleva a dejarme de lado, a moldearme a lo que mi mente cree será de su agrado, teniendo como resultado, una total y absoluta traición de mi ser.
Es tan claro que asusta y tantas veces he negado. Pero esta vez, respiré profundo y tome la decisión que, a la larga, me haría el mejor bien. No solo se trataba de tomar distancia. Esta vez, se trataba de asegurar que esa distancia no se acortaría, de poner verdaderos límites y proteger lo más sagrado que tengo, mi esencia.
Al platicarle todo esto a mi maestra, preguntó la pregunta que ya de por sí estaba rondando por ahí. ¿Cuánto estas dispuesta a sostener esta decisión? …
Tantas veces me he arrepentido. Tantas veces me ha ganado el ego, la duda, la desesperación. Confieso ser sumamente complaciente a la hora de ser firme. Cualquier excusa es suficiente. Y toda justificación totalmente válida a mi mente.
He estado en múltiples terapias, diversas sanaciones, en búsqueda precisamente de liberarme de esta relación. Hoy me doy cuenta que no han tenido el efecto “definitivo”, porque yo así lo he querido. Debo confesar, estar en espera que la “magia” venga de afuera. Que alguien haga la terapia que quite por completo este sentir. Que algún día, encuentre la píldora que en un instante borre todo. Y aunque es increíblemente lógico que eso no existe y aunque sé que el trabajo lo hace uno mismo, aun así, me gustaría que por una vez quizá, realmente alguien me entregue la fórmula mágica.
Pero lo espiritual es tan difícil de procesar, quizá porque no se ve. Porque esto equivaldría a que yo fuera al gimnasio y viera a alguien hacer su rutina de ejercicio, esperando que los resultados se vieran en mi cuerpo (que se encuentra sentado, solo viendo, quizá hasta comiendo un snack). Sí, así de absurdo es.
No hay atajo, no hay formula mágica, no hay sanador externo. Por esta razón, la pregunta resonó en lo profundo. ¿Cuánto estás dispuesta a sostener tu decisión?
No hay una sola acción que tenga permanencia absoluta. Es decir, para seguir teniendo resultado, el trabajo se realiza de forma constante. Cada día. Si quieres tener un cuerpo tonificado, no se puede estar en entrenamiento durante un mes y esperar que tu cuerpo marcado se mantenga toda la vida. Puedes estar a dieta una vez, bajar de peso, pero si vuelves a tus hábitos de mala alimentación, volverás a engordar, volverán los malestares. Lo mismo sucede en lo espiritual, en lo emocional. Para mantener el resultado, el trabajo debe ser constante.
Claramente, esto nos pone en una posición nada agradable. La responsabilidad cae en uno mismo. Así, cada mañana, cada momento que entra la duda, entra el cansancio, entra la apatía o la complacencia, me hago la pregunta, ¿cuánto estas dispuesta a sostener tu decisión? Y eso me regresa al momento presente. Me recuerda que el trabajo es mío y que el trabajo, si quiero un resultado sostenido, es cosa de todos los días.