El alma habla de muchas formas. Algunas veces a través de sensaciones en el cuerpo. Otras, por medio de emociones. En algunas ocasiones, se comunica con nuestros pensamientos.
Lo interesante de todo esto, es que el ego se comunica por los mismos medios. ¿Cómo saber la diferencia? ¿Quién es el que te está hablando?
Recientemente, me he sentido sumamente cansada. La inspiración se encuentra un poco dormida. Podría decir que me encuentro apagada. ¿Depresión? Podría ser. Ya tiene tiempo que me encuentro en este trance. También, sé desde hace algunos meses, que ha llegado el momento de un cambio. Algo ya llegó a su fin, aunque no se muy bien qué.
Aparte del trabajo, que ese se encuentra en transición, hay algo más profundo. Algo en mí ha muerto. No lo digo ni siquiera desde la nostalgia o la tristeza. Mas bien, con la certeza de que algo nuevo está naciendo. Sin embargo, valga la contradicción, a pesar de ser algo nuevo, mi motivación se encuentra también dormida.
Llevo ya varios días preguntándome, si mi estado zombie es resultado de la certeza de este nuevo camino que comienza a trazarse frente a mí, confiando en que, aun no es tiempo de comenzar a dar los primeros pasos en ese trayecto. O, por el contrario, mi falta de movimiento es el resultado de un miedo que paraliza.
A veces la duda viene disfrazada de confianza, y a veces a la confianza, viene disfrazada de duda. Entonces ¿desde dónde estoy actuando?
Acostumbrados a vivir en la inmediatez, naturalmente los procesos que requieren tiempo, nos resultan cansados, agobiantes, innecesarios. Buscamos acelerar el resultado y además, como lo he expresado en otras ocasiones, en caso de no poder apresurar ese proceso, buscamos que sea entonces alguien o algo externo quien realice el trabajo.
Es precisamente por ese deseo de adelantarnos al resultado, que nos resulta inconcebible pausar. En el día a día, pasamos de una actividad a otra sin darnos cuenta. No hay una pausa que nos haga consciente de que la actividad ya terminó, mucho menos nos preparamos para la que sigue. Despertamos, vamos al baño, nos lavamos los dientes, prendemos la cafetera… una actividad seguida de la otra, casi en modo automático. Vamos muy pero muy de prisa, tachando la lista de tareas del día. No me extraña que para cuando regresamos a la cama por la noche, estemos completamente agotados.
No estamos acostumbrados a ese lapso entre un cierre y un inicio. No lo estamos en cosas tan cotidianas de nuestra rutina, mucho menos lo estaremos cuando se trate de cosas o temas más profundos e impactantes. Solemos distraernos para no sentir la incomodidad de ese vacío entre lo que termina y lo que comienza.
Evitar esa distracción, es lo que se practica en cualquier actividad que requiera atención plena. Justamente esa pausa que integra el ejercicio que acabas de realizar. Ese proceso consciente de sentir el impacto que tuvo esa actividad que ejecutaste. Muy por el contrario a lo que normalmente vivimos. Solemos tener expresiones como “pasar página” “ a lo que sigue”, “la vida continúa”, la que más me gusta es “lista para lo que viene” … ¿En realidad estamos listos para lo que viene? ¿Acaso nos permitimos integrar el ciclo que terminó? ¿Te diste una pausa? O vamos con el ritmo acelerado de la vida, acumulando vivencia tras vivencia hasta que nuestro cuerpo colapsa por no haber tenido una válvula reguladora.
A momentos, siento que no me he permitido integrar todos los cambios que han sucedido en mí y mi alrededor en el último año. Y hay algo que me dice que ese es el motivo de mi cansancio. Por otro lado, también escucho a esa Pepilla grilla que me susurra que quizá es solo el pretexto para no avanzar. Nuevamente, ¿certeza o duda? Bueno, la única forma de saberlo, es pausar. Pasar tiempo conmigo y descubrir si solo necesito integrar o si necesito trabajar con lo que el miedo quiere mostrarme. Quizá es un poco de ambos.
De cualquier manera, descubro que la pausa se da de muchas formas y en distinta duración. Es evidente para mí, que la pausa que necesito ahora será una larga y profunda. Porque este vacío incomodo, me tiene con la sensación de estar desalmada. Sí, sin conexión con mi esencia. O quizá, por el contrario, se trata de una profunda conexión que me tiene descolocada, ya que es algo que no nos enseñan a sentir y que como lo explicaba, en realidad evitamos a toda costa con nuestra obsesión con la productividad.
¿Confianza o duda? Es momento de escuchar lo que mi ser me quiere decir.