Recientemente, en una de mis clases, di la instrucción a mis alumnas de dibujar un laberinto. Esta actividad la he usado varias veces para explicar, sobre todo a los niños y adolescentes, la capacidad que tenemos para resolver un problema. Esta vez, me puse a reflexionar un poco más allá del objetivo de dicha tarea.
Aunque lo principal era observar que se puede tener opciones frente a una situación, me di cuenta esta vez que, al mismo tiempo, es uno mismo el que se crea los obstáculos. De una página en blanco, de pronto frente a ellas se encontraba un gran problema a resolver.
Durante toda la clase, pude observar sus reacciones y la manera en la que creaban de la nada, este gran desafío mental. Más de una ocasión, alguna de ellas exclamó “ya me perdí.” Mi primera reacción fue reír junto con ellas, sin embargo, al reflexionar, caí en la cuenta de esta gran revelación. ¿Cuántas veces nos perdemos en nuestro propio laberinto?
Me impactó ver sus caras llenas de frustración al no encontrar el camino que habían trazado o imaginado al inicio, pero más impresionante era ver la forma en la que lo resolvían. Algunas de ellas decidían dejar a un lado ese diseño, tomar otra hoja y simplemente comenzar de nuevo; otras, paraban un momento, regresaban al inicio del laberinto y recorrían una y otra vez hasta encontrar de nuevo el camino correcto; algunas más, se rendían de ese primer plan y sin querer empezar todo de nuevo, simplemente procedían a borrar algunas líneas ya trazadas y dibujar unas nuevas que les permitieran seguir.
De igual forma, me causó gran impacto observar cómo comparaban su propio laberinto con el de sus compañeras. Con gran decepción alguna de ellas expresó “el mío está muy fácil”, por el contrario, con gran admiración otra de ellas comentó “El tuyo es super complicado”, pero en todas las veces, todas regresaban a sus laberintos dispuestas a complicarlo cada vez más.
Aunque es verdad que la instrucción había sido que diseñaran algo difícil a resolver, lo que me impresionó era la comparación que hacían con la persona que tenían a su lado. Cuando creían haber terminado y estar satisfechas de su dibujo, miraban de reojo al trabajo de sus compañeras y cambiando de opinión, procedían a seguir trabajando en el suyo.
Me vi tan reflejada en esas acciones. ¿Cuántas veces comparo mi avance con el de los demás? ¿Cuántas veces he sentido que el camino ya fue lo suficientemente difícil, pero, termino complicándomelo más al minimizarlo frente a otros?
Cada uno crea su propio laberinto. Puedes verlo tan difícil o divertido como quieras. Puedes gozar de diseñarlo o sufrirlo. Puede que haya un solo camino a la salida, o quizá múltiples opciones. Pero creo que lo más importante, es recordar que, de la misma manera que puedes crear un obstáculo, puedes abrir un camino que te lleve a tu destino.