La semana pasada festejé mis 36 años de vida. Desde meses atrás, tenía las ganas de festejarlo en la naturaleza, ya que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había estado en ella. En redes había visto una aldea ecológica y me llamaba mucho la atención ir ahí, ya que las cabañas se encuentran en los árboles, sí así como lo lees, sobre el piso, construidas en el tronco
Como suele pasar, las actividades del día iban postergando la organización del festejo. Cuando se estaba muy cerca de la fecha, me decidí a reservar, pero para mi sorpresa, todos los fines de agosto estaban reservados.
Me dio mucho coraje conmigo misma, había dejado pasar la oportunidad. Después de tranquilizarme, me fui a la segunda opción que tenía. Ir a unas cabañas y poder visitar a las luciérnagas. Cuando comienzo a navegar para hacer la reserva, me topo nuevamente con que no tenían disponibilidad.
Reflexionando, después pasado el coraje, me di cuenta que quizá yo estaba saboteando mi festejo. He de confesar que, me retaba pensar en manejar en carretera hacia dichos lugares. Aunque relativamente cerca de la ciudad, los rumbos suelen ser quizá no los más seguros. Pero más allá de eso, la verdad manejar no me gusta y me asusta un poco.
Realmente quería festejar mi cumpleaños. Afortunadamente, una gran y vieja amiga de los scouts me motivó a hacerlo. Cambiamos de destino a otras cabañas. A unos días del fin de semana antes de mi cumpleaños, hablamos para reservar. De todo el grupo de amigas, parecía que solo ella y yo iríamos, y no había cabañas chicas, solo una para 6 personas. Pero no nos importó. Ella se subió al barco y entonces reservamos.
En el lapso de los días, algunas amigas se sumaron, otras habían dicho que sí y al final cancelaron. Terminamos siendo 4. Salimos al medio día y todo parecía iniciar de maravilla. Cuando me dirigía al punto de reunión, me di cuenta que había olvidado mi chamarra y yo soy sumamente friolenta y el lugar al que íbamos bastante frío. Regresé sin pensarlo a mi casa, aún sabiendo que llegaría tarde, cosa que me afecta mucho. Cuando hay un plan establecido, suele sacarme de mi zona, comenzar a modificarlo. Y aunque el plan se limitaba a la hora de salida, cambiarlo me causaba un poco de ansiedad. Pero cuando ya retomé el camino, respiré profundo sabiendo que todo es perfecto. Quizá por alguna razón, teníamos que salir más tarde.
Fui la última en llegar, pero intenté no pensar demasiado en eso. Nos subimos al coche y tomamos nuestro camino. A la hora de haber comenzado nuestro viaje, nos tocó parar, ya que estaban arreglando la carretera. No esperamos demasiado. Quizá de haber salido antes, nos hubiera tocado varias horas detenidas. Sonreía al darme cuenta de eso. Los ángeles nos acompañaban.
Sin más contratiempos, llegamos al lugar. Bastante agradable he de decir. Ninguna de nosotras lo conocía, pero todas quedamos satisfechas.
Habíamos reservado un temazcal, que en realidad terminó siendo, mas bien,una especie de vapor pero, bastante relajante. Agradecí que no fuera tan intenso, porque no teníamos ni media hora de haber terminado de comer.
En el ambiente acogedor del temazcal de piedra, iluminado con pequeños focos calidos, comenzamos a compartir cosas que no nos habíamos contado. Quizá la charla fue al final, lo más relajante de la actividad. Al terminar nuestro servicio de temazcal, corrimos a cambiarnos, ya que también habíamos pedido la zona de fogata. Algo que yo quería mucho, era pasar un rato por la noche frente al fuego.
Agradecí mucho al espacio y al día. Era uno bastante despejado y muy templado. Todo parecía presentarse tal cual lo deseaba. Sentadas frente al fuego hipnotizante, continuamos con las confesiones, colocándonos en una zona bastante vulnerable pero hermosamente contenida.
Bajo una bella luna y un cielo despejado, me sentí tan agradecida de ese viaje. Estaba a unos días de cumplir años, pero el festejo ya había comenzado. Lo sentí como un ritual de preparación o mas bien de cierre. Culminando un año lleno de aprendizajes y con la emoción de recibir lo que viene.
Al día siguiente despertamos temprano, totalmente descansadas. Nos dirigimos a saltar en una cama elástica que habíamos visto en la noche, pero que estaba ocupada por niños. Nos apresuramos para llegar antes que ellos y poder divertirnos un rato. Tenía años que no saltaba en una. Había olvidado la sensación de flotar y volar. Sacudimos entre salto y salto, toda la energía que ya no tenía que estar dentro. Regresamos a nuestras niñas interiores. Me encantó ver, que cuando intentaba controlar y saltar muy alto, en realidad era cuando el salto se cortaba. Pero cuando me dejaba fluir, incorporándome al ritmo, el salto era enorme.
Después de un rato, decidimos parar y caminar un poco. Había un sendero entre la naturaleza y en un punto nos sentamos a un lado de un pequeño barranco. Yo quería realizar una práctica de yoga kundalini y todas se sumaron. Fue hermoso estar a pies descalzos, conectando con la tierra, sintiendo el frescor subir por las piernas, el viento en la cara y escuchar moverse las hojas de los árboles y el canto de los pájaros. Realmente necesitaba de la naturaleza. Es tan poderoso su efecto en tan poco tiempo.
Llegó la hora de partir, pero antes de regresar a casa, primero pasamos a una cascada. Nos teníamos que alejar un poco más de nuestro destino final, pero valía la pena completamente. Sin señal en el celular, terminamos desviándonos un poco de nuestro destino, pero como si todo estuviera planeado, nos encontramos con un río hermoso. Había tan solo un par de personas y fue fabuloso poder caminar en la orilla y sentir la corriente chocar con nuestros pies. Era un día bastante soleado, por lo que no fue tan fuerte el choque de agua helada.
Por fin llegamos a la cascada, nuevamente había pocas personas. Me sorprendió, ya que era domingo y en vacaciones. Es verdad que ya era un poco tarde, pero aún así fue una grata sorpresa. Nuevamente recurrimos a nuestras niñas interiores y nos aventamos, ahora sí, a nadar en la poza de la cascada. Yo no llevaba traje de baño, pero no me importó. Me aventé con ropa y eso me hizo recordar aún más, mis días extremos y aventureros de la niñez.
Finalmente, después de una deliciosa comida, regresamos a casa. Pasó lo que temía que pasara, que lloviera y nos agarrara la noche en carretera. Como te comentaba, me da un poco de miedo manejar, sobre todo en la noche y por supuesto con lluvia. Sin embargo, contrario a nuestra experiencia del fin de semana, en el regreso nos topamos con un gran numero de automóviles. Eso fue afortunado, ya que te limita la velocidad y al mismo tiempo, alumbra aún más el camino.
Agradecí estar acompañada por tanto viajero que retornaba a sus hogares. Lo sentí como un reto superado y aunque mi amiga se ofrecía a manejar, quería realmente atravesar ese temor. Tomar el toro por los cuernos y lograr montarlo.
Ya en casa, reflexioné sobre todo ese fin de semana. En realidad, me había dejado fluir y sorprender, algo bastante extraño en mí, pero que disfruté enormemente. Me permití estar presente, sin la presión de seguir un plan determinado e incluso moviendo las condicionantes que había puesto. Y, en esa presencia, descubrí los hermosos regalos que el universo nos presenta, si estamos dispuesto a abrir los brazos y dejarnos llevar.
Le doy la bienvenida a mis 36 años. Un año que, según numerología, será mi año de cierre. Sin duda alguna, ya la energía comienza a empujarme a cerrar lo que ya no va conmigo. Siento en todo mi ser, la preparación de algo completamente nuevo. Aun no tengo claro de qué se trata, pero así como este fin de semana, me dejaré sorprender y disfrutar de lo que se presente.