89. El camino del corazón

Sin duda alguna, mi lugar favorito es el bosque. Cuando hablo de conectar con la naturaleza, inmediatamente viene a mi mente la montaña. En especial, la que esta cubierta por grandes árboles, de gruesos troncos que parecen elevarse hasta el cielo.

Hay algo mágico en caminar por los senderos rodeados de vegetación. Me encanta llegar a esos puntos donde los árboles entrelazan sus ramas y los rayos del sol apenas logran colarse entre los espacios de las hojas. Ese viento que corre frío y con olor a tierra mojada. El sonido de las hojas caídas, de la hierba moverse y los insectos cantar. 

Hace unos días pude visitar un bello lugar. El monte Tlaloc. Con las intensas lluvias que hemos tenido en el país, le vegetación era realmente abundante. Algunos troncos caídos, cubiertos ya por follaje.  A lo largo del camino, se podía encontrar diversos hongos, con distintos colores y formas. Parecía una escena digna de un cuento fantástico. Esperaba ver que saliera algún gnomo por una pequeña puerta en una seta o un hada iluminar el contorno de una rama. De verdad hay algo mágico en el bosque. El tiempo parece detenerse, pero también, parece avanzar más rápido.

Respirar el aire puro en definitiva, da vitalidad inmediata. Suelo ser esa persona que, si no come a sus horas, comienza a convertirse en un terrible monstruo. Pero aquí, a pesar de estar realizando una actividad física, caminar y caminar cuesta arriba, el hambre no apareció. Ni siquiera la sed. Parecía que a través de mis poros la humedad se infiltraba y el olor de la hierva y las flores me alimentaba.

Caminamos en búsqueda de un manantial. Nadie de los que íbamos sabía en dónde se encontraba, sólo nos guiamos por las señales que los lugareños nos dieron. Esperábamos que no estuviera tan lejos, pero caminamos y caminamos y no encontrábamos nada.

Llegó un punto en que el camino se dividió en dos. Un camino subía y el otro bajaba. Para este momento, ya nos encontrábamos algo cansados y además, las nubes que comenzaban a llenar el cielo, avisaban que se acercaba una tormenta. Teníamos que comenzar a bajar lo más pronto posible, antes de que la lluvia nos envolviera y la noche nos limitara la vista. El camino por el que habíamos llegado, era bastante complicado para el coche. Grandes hoyos se esparcían a lo largo, por lo que bajar con luz y con el camino seco era de suma importancia, si no queríamos quedar atorados en medio del camino.

Así que me ofrecí para ir lo más rápido posible en el camino que iba cuesta arriba. Respiré profundo y comencé a correr hasta llegar a donde se escuchaba el agua. Debo decir, que caminar y correr no es mi fuerte, sin embargo, puse en práctica mis aprendizajes del yoga kundalini y recordé que soy más que un cuerpo. Controlé mi respiración para lograr subir. Cada que llegaba a un punto que creía sería la cima, me daba cuenta que continuaba el camino más arriba y más empinado cada vez.

Pensaba que quizá sería mejor parar y regresar, pero ¿qué tal que ya solo faltara esa subida y el manantial estuviera justo detrás? Daba una fuerte bocanada de aire y volvía a andar. Así fueron 7 u 8 veces. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi ánimo cada vez más fortalecido. En el último tramo, comencé a agradecer y tomar energía de mi alrededor. Bajé un poco la velocidad para poder disfrutar del entorno. Me encontraba completamente sola en ese lugar. El grupo había quedado abajo, así que giré 360 grados para observar mi alrededor. La grandeza del lugar puede causar algo de miedo. Enormes piedras estaban asentadas por todo el espacio. Parecía que había llegado a la tierra de los gigantes.

Mi corazón latía fuerte, no sé si por lo agitado de la subida o por el nervio que provocaba estar en ese imponente lugar. La mente puede ser tu mejor aliado o tu peor enemigo. Mil pensamientos por segundo comienzan a paralizarte poco a poco. Todos los posibles escenarios de lo que puede salir mal. ¿Qué tal si me pierdo y no me encuentran?¿Qué tal que me caigo y me lastimo y no pueden venir por mi? ¿qué tal que me ataca un animal o una persona?… qué tal si…

-Para Ari, Para- le ordené a mi cerebro callar sus pensamientos fatalistas. Cerré los ojos y pedí permiso al lugar para estar ahí. Agradecí estar un momento a solas con el entorno.

-¿Qué me quieres decir?- Pregunté. Quizá había un mensaje para mí, y por eso estaba en ese momento ahí, a lo alto de la montaña, por un momento a solas.

De pronto el sol comenzó a colarse entre las nubes y acarició mi cara. Fue sumamente agradable, ya que la temperatura había descendido bastante y se sentía el ardor en la piel. Tomé ese gesto como la bienvenida que me daba el lugar. Sí podía estar ahí y sí, quería hablar conmigo.

Me di cuenta que había pasado mi límite. Había confiado en que estaba sostenida por el lugar y este, me había impulsado a llegar hasta la meta. Era un hermoso paisaje.  Una calma que invitaba a cerrar los ojos y observar con otros sentidos. -Puedes hacer lo que te propongas- fue el mensaje que recibí.

Cada tramo de subida, me preguntaba si valía la pena seguir subiendo. Seguir gastando energía, a final de cuentas, todavía faltaba bajar. No sabía si encontraría o no el manantial. Pero algo me decía que siguiera un poco más. Encontré el manantial, pero en realidad eso no fue lo más hermoso. El regalo había estado en la experiencia en sí. En todo el camino que pensé que no lograría conquistar. En el entorno. En aquel mensaje que me dió la montaña.

Las piernas me temblaban, mi corazón latía a mil por hora, pero por fin había llegado. El esfuerzo tiene su recompensa. La eterna lucha entre la mente y la intuición. Racionalmente, todo me decía que parara. Pero muy adentro, sentía el impulso de seguir. Escuchar tu corazón puede llevarte por un camino muy incomodo, sin embargo, siempre será muy gratificante el resultado.

La montaña siempre será mi lugar favorito, pues es ahí donde he encontrado grandes consejos, grandes lecciones, pero sobre todo, me he encontrado conmigo misma.

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