92. El diálogo del silencio

Las últimas semanas me la he pasado re-descubriéndome.  A lo largo de los años he creado una identidad que creía inquebrantable. Me creé límites que pensaba imposibles de traspasar. Marqué un camino, un destino, un punto de llegada o un objetivo a alcanzar, que, no me detuve lo suficiente, a mirar el basto mar de opciones que tenía.

Como bien sabes, soy fiel asidua a pasar tiempo en solitud. A darme espacios de silencio para reflexionar, para ir adentro, para encontrar respuestas de lo más profundo de mi ser. Pero, ¿Qué pasa cuando se cambia esa solitud por compañía? ¿Qué pasa si los silencios se transforman en diálogo? Esta vez, un diálogo con otro. ¿Qué pasa cuando nos permitimos compartir?

Sin duda alguna, las grandes transformaciones vienen dadas justamente en ese espejeo mutuo, en ese encontrarnos en el otro, en sabernos más flexibles de lo que creíamos, más adaptables. En permitirnos fusionarnos, no para cambiar nuestra esencia, sino, para elevarla.

El alma no sabe de caretas, y de a poco, estos días, he descubierto que traía puesta más de una. Pero con calma, me he permitido ir quitando una por una, me he permitido quedar expuesta. Porque el crecimiento, no puede darse en una armadura.

Las heridas solo sanan cuando se permiten ser tocadas. Cuando se permite ver la profundidad del corte. Cuando confías en el toque curativo del otro. Porque muchas veces, no nos atrevemos a ir tan profundo y paramos ante el dolor.  Pero es en ese otro que observa atento, que te acompaña a travesarlo, esa mano gentil, suave, que limpia con dulzura, que aguarda paciente a que esa herida, comience a cerrar.

Y esta apertura se da, gracias a que el otro también a soltado su escudo. Por que lo bello de todo esto, es que no te cura quien no tiene heridas. Porque ese toque delicado, solo puede ser dado por quien comprende tu dolor, por quien también atraviesa propias tormentas y se permite ser acompañado.

La real conexión viene dada en este intercambio. En este caminar juntos. En el permitir vernos. En aceptar que, en efecto, hay partes de uno mismo que aun son desconocidas. A sorprenderse de nuevas facetas. A permitirse hacer, sentir, pensar distinto, porque ahora el impulso viene dado desde ese ser expuesto, desde ese ser que se asoma auténtico.

Entonces sí. Esta vez me permito cambiar mi soledad por compañía. Esta vez quisiera que mis silencios, sean conversados. Esta vez me redescubro en esa persona que se atreve a mostrarse vulnerable, en esa que sostiene mi ser tambaleante, al caminar, sin armadura.

Deja un comentario