9.Las grietas en la pared

¿No les pasa que una vez que encuentran una falla, comienzan a detectar muchas más? Si miras una pared por mucho tiempo, comienzas a ver cosas que en un inicio ignoraste. Aquella mancha provocada por el roce del mueble. La abolladura por un pequeño golpe, seguramente la escoba. Lo descarapelado de la pintura en algunas partes y las grietas en otras. 

Mientras más observas, más encuentras. Una imperfección te lleva a la otra. De pronto es muy evidente a tus ojos ver aquellos daños, de aquella pared que pasaste de largo por días, incluso meses, posiblemente años. Claramente el deterioro era casi nulo en un inicio, pero con el paso del tiempo se fue acumulando hasta el punto de ser necesario no solo limpiar, sino pintar y sobre todo resanarla.  

Nos preocupamos tanto por mantener en buena forma el exterior. Se vuelve una prioridad de tu día. Para cuidar nuestro físico, estamos dispuesto a pagar una inscripción a un gimnasio, consultar a un nutriólogo, comprar productos orgánicos entre algunas cosas. Pero cuando se trata de la salud mental y emocional es otra historia. 

La vulnerabilidad es mal vista por muchas personas. Yo era una de ellas. Cuántas veces hemos escuchado frases como “los trapos sucios se lavan en casa” o “los hombres no lloran”, “llorar no sirve de nada”. En efecto sólo llorar o hablar de los problemas no los soluciona. Pero me di cuenta con el tiempo, que el primer paso para aceptar una falla interna, comienza con identificar el cambio en tus emociones. Es importante saber expresar lo que nos pasa. Vivimos en una sociedad donde es mejor visto un grito de enojo a una lágrima de frustración.  La primera se asocia con el poder y la fuerza, la segunda con la debilidad. 

Debo confesar que yo era una gran crítica de las personas que por todo lloran (aunque la realidad era que en casa yo era la que por todo lloraba, pero afuera era otra historia). Había escuchado tantas veces en mi familia y la escuela que se debía tener carácter. Que una persona “sana” y “segura” es la que mantiene la compostura y controla sus emociones. Así que para mi, cualquier muestra “exagerada” de emociones, ya fuera en llanto de tristeza, saltos de felicidad, grito de enojo o aislamiento por miedo, eran sinónimo de total debilidad o falsedad y todo se reducía a querer llamar la atención. 

Comprendí con el tiempo que poco a poco me fui desconectando de mis emociones. Había guardado la compostura por mucho tiempo. Mi escudo siempre listo, la armadura ya era parte de mi piel. Tanto había cuidado la imagen, que ahora no sabía cómo expresar mis emociones. No las sabía identificar. Tantas veces pasaron en las que quería saltar de felicidad, agitar mis brazos en aire de emoción, pero me limitaba a simplemente sonreír.

Pepilla Grilla

-Buena la próxima vez que no te importe lo que diga la gente, ¡tú, salta de felicidad! 

Pepilla siempre tan sabia. Pero llegaba la siguiente oportunidad y siempre pesaba más la costumbre. Lo dejaba pasar.  Controlar mis emociones no me hizo más fuerte. Todo lo contrario. Cuidar no mostrarlas al exterior, incluía las muestras de afecto a mis seres queridos.  Todo se fomenta, todo se practica. Yo era una experta diplomática “oh que entereza la de Ari”, sí, pero, así como cuidé no mostrar mi amor por los demás, me olvidé de darme amor a mi misma. 

Aquella meditación me había abierto los ojos para ver aquellas fallas de la pared. Aquellas grietas formadas por los años de total olvido. Llevaba meses ya, viviendo mis emociones a tope. Cristi había llegado a mi vida, no para ser mi pareja, claramente no había llegado simplemente para romperme el corazón tampoco. En ese momento todo fue muy claro. Ella había llegado para mostrarme un gran abanico de emociones. Me ayudó a cambiar de perspectiva. Me llevó de la mano y me situó frente aquella pared.  Yo me senté a esperarla con la esperanza de su regreso. Pero la espera parecía ser más larga de lo que pensaba, así que comencé a observar para distraerme y así el tiempo quizá, pasaría más rápido.  Y en aquella observación, me encontré.

Me encontré con una pared bastante débil. Una pared, que parecía, que una pequeña ola de viento podría derrumbar. Seguía sorprendida del hecho de no haberme dado cuenta de la fragilidad en la que me encontraba. Creí que me conocía, creía que era fuerte. Pero la verdad toda mi seguridad estaba basada en otros. En cumplir con roles y tareas para lograr obtener aquel cumplido que limpiaba y mantenía en perfectas condiciones mi fachada, sin embargo, los cimientos no eran firmes. 

¿Cómo puedes realmente amar a alguien, si no te amas a ti misma? Me pregunté.

Pepilla grilla

-¿Cuántas personas y cuántas cosas están simplemente llenando un vacío en tu interior?

Amarte es la única cosa que no depende de alguien más. El receptor es el mismo que el emisor. Y entonces parada frente a esta pared fragmentada, había que tomar una decisión.  ¿Valía la pena repararla? O era mejor derrumbarla por completo y construir una nueva. 

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