14. El primer paso

Decidir ser feliz es una cosa, serlo realmente es otra muy distinta. Vivir victimizado se hace costumbre. Vivir con dolor, con tristeza, con miedos y dudas en realidad es la excusa perfecta para no actuar, para no avanzar. Es el arma por excelencia para justificar que algo no salga bien, el pretexto adecuado a la falta de actividad. Pero cuando ya no se acepta la melancolía como argumento para la apatía, llega el momento de realmente trabajar en uno mismo. 

Pepilla Grilla

-Perfecto Ari, ya no hay escapatoria. Es TÚ momento.

Excelente, pero ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo lo hago? Cuántas veces hemos escuchado cosas como “empieza por amarte a ti mismo”, “se tu prioridad”, “consiéntete”, “libérate”. Pero pocas veces, si no es que nunca, estas frases son acompañadas por acciones específicas a realizar. No hay un manual de cómo amarte más a ti mismo, cómo convertirte en tu prioridad, cómo consentirte o cómo liberarte. ¿Por qué? Me parece que esto es porque cada uno de nosotros es único. Lo que puede servir a alguien, no necesariamente te sirve a ti y viceversa. 

Así que, como todas las personas que han pasado por este proceso, me tocaba averiguarlo a prueba y error. Comencé por animarme a ir a ese restaurante que solía ver cuando iba, en búsqueda de inspiración, al lago de casa de campo. Ese pedacito de naturaleza en medio de la ciudad.

El restaurante estaba muy bien calificado, como un buen sitio para comer típico.  Así que decidí ir. Lo había dejado pasar pensando en que iría, quizá, con algunos amigos en algún punto. Pero, ¿por qué dejar cosas que deseamos tanto para después? Si algo me cuesta trabajo hacer sola, es, comer fuera de casa. Así que ésta era una buena oportunidad para salir de mi zona de confort, enfrentar la vergüenza de estar sola y disfrutar de mi propia compañía. 

Así que no lo pensé más. Tomé mi chamarra, mi mochila preparada con una libreta y pluma para escribir si me llegaba la inspiración, mi cartera y teléfono. Inhalé fuerte para animarme a dar ese paso fuera del departamento. Exhalé y sonreí al cerrar la puerta. ¡Aquí vamos!

Es impresionante lo difícil que puede resultar algo, en este caso salir a comer, que en compañía suele parecer lo más natural y sencillo, incluso cómodo de hacer. Me puse mis audífonos para escuchar, en mi trayecto a pie, música tranquilizante.  Caminé despacio, tratando de ver los detalles de mi alrededor. El color de los edificios, el tamaño de los árboles, la dureza de los diferentes tipos de suelo por los que pasaba. 

Finalmente llegué al restaurante “El Urogallo”. En definitiva, debía ser un restaurante famoso porque había mucha gente en él. Parecía que un grupo de ciclistas había tomado la decisión de tomar el lunch después de su rodada, así que en las mesas de fuera todo estaba lleno. 

Entré al lugar para ver si quedaba alguna mesa vacía dentro. No tuve suerte. Quizá no era mi momento de comer aquí, pensé.

Pepilla Grilla

No Ari, no busques excusas, busca una solución. 

Quizá es justo lo que necesito para salir aún más de mi zona de confort. Llegué a la caja que se encontraba cerca de la barra del lugar, como los clásicos bares por todo España. Pedí una “caña”, una pequeña cerveza, y unas “croquetas”, un clásico español. Es una bolita de masa empanizada que las hace crujientes por fuera y suaves, casi como puré, dentro.  Las pedí rellenas de jamón serrano claro. Aunque había cambiado mi dieta a una sin gluten, de vez en cuando me permitía comer y tomar ciertas cosas. Al ser ese un día distinto, decidí que tomaría el clásico español sin importar los ingredientes.

Pues resulta que la caña fue más grande de lo que esperaba y la porción de croquetas era enorme, casi un plato para compartir. Tomé mi gran plato de la barra junto con mi cerveza y salí a ver si encontraba alguna mesa disponible. Eran varias mesas altas sin sillas. Algo que encontraba bastante molesto de España. Les encanta estar parados. Creo que en México somos muy flojos, porque, aunque en los bares suele haber periqueras, siempre encontrarás banquitos disponibles para todos aquellos que nos gusta estar sentados, y poder disfrutar de la comida, incluso de la plática.  

Por fin visualicé un pequeño grupo de amigos de 4. Estaban a una orilla de una gran mesa. Quedaba espacio vació. Respiré profundo, me acerqué a ellos y tratando de sacar mi tono de voz bastante casual y natural pregunté si podía ocupar ese espacio. “Claro guapa, pero que en esta mesa todo se comparte”. La chica que me había contestado sonrió mirando las croquetas. Reí no tanto por el comentario, sino por el alivio de que lo peor ya había pasado. Aquel miedo al rechazo que me paralizaba, se disipó en un segundo. “Por supuesto” contesté poniendo el plato en medio de la mesa.  Estaba feliz no solo por encontrar lugar para comer, sino también porque podía compartir aquel enorme platillo sin desperdiciar nada.

El pequeño grupo estaba casi por irse, así que la conversación fue sumamente corta pero muy agradable, haciendo que el resto de mi día fuera de otro color. Después de terminar mi caña, caminé un poco por la orilla del lago. Me senté en un lugar sin gente alrededor y me quedé un tiempo observando el hermoso paisaje, acompañado por el peculiar sonido de las hojas de los árboles moverse por el viento otoñal.

El clima comenzó a refrescar así que decidí regresar a casa. No podía dejar de sonreír. Me di cuenta que esa tarde había estado totalmente presente, disfrutando de cada detalle sin sobrepensar las cosas y el resultado había sido espectacular. Mi primera prueba exitosa. Me atreví una vez más a salir de mi zona de confort, pero, sobre todo, me atreví a convivir conmigo misma, fuera de mi espacio “controlado”, mi casa.

Mientras caminaba de regreso a mi departamento, tuve una sensación de seguridad. Caminaba con más firmeza, con la cabeza más en alto.  Me di cuenta que las pequeñas cosas son las que provocan los grandes cambios.  Esto solo era el comienzo. ¿cuál sería la siguiente prueba?

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