45.Mi forma de expresión

Siempre me ha gustado la escritura. Creo que hay algo muy íntimo en ella. Sobre todo si se escribe en tu diario.  Sentir el trazo en tu mano, llegar a ese pequeño entumecimiento o incluso calambre cuando has escrito mucho. Ese es el punto en el que sabes que has liberado algo. Lo sientes literalmente en los músculos, tendones, articulaciones de tu muñeca.  Pero no es la única forma en la que me libero.

También está por supuesto el movimiento a través del baile. Solía hacerlo demasiado cuando era niña. Me encerraba en el cuarto por horas, improvisando coreografías, imaginándome en el escenario. Poco a poco lo fui dejando por el miedo de “verme” ridícula. Lo ridículo fue dejar esa actividad.  Porque hora regresar a ella me ha costado mucho trabajo. Los movimientos ya no salen tan fluidos como solían hacerlos. Me poseía la música. Ahora, me poseen los pensamientos. ¿Se ve bien? “a ver si no me lastimo la espalda con esto”

En otro tiempo fue el patinaje. También como en el baile, con las figuras y las rutinas que construía junto a mis entrenadores, lograba una especie de magia. Lograr atrapar al espectador. Capturar sus miradas. La elección de música siempre fue acorde a los sentimientos del momento, y por supuesto, eran totalmente catárticas.

Aunque a diferencia del baile, al patinar yo no me sentía tan coordinada. Quizá por eso me adentré tanto en mi entrenamiento. Me sabía una persona con mucho ritmo, con coordinación y es por eso que dediqué tantas y tantas horas para lograr sentirme igual de fluida que cuando bailaba. A decir verdad, nunca fue así. Pero vaya que lo disfrutaba. Y más lo hacía mi ego. Al descubrirme ganadora de una competencia. Al sentir el peso de la medalla en mi cuello. Saber que ese trabajo era recompensado. Que ya no solo era yo diciendo que era buena. Alguien experto lo validaba.

Yo me sabía buena en el movimiento, incluso en la escritura. Era mi zona segura. Pero había una forma que me llamaba, pero me aterraba. La voz. Una cosa es hablar en público, modular tu voz en un discurso, cosa que aprendí a dominar.Pero es otra cosa muy distinta, hablar sin que te vean. Atrapar con la voz, desnudar tu frecuencia. Porque eso es, el sonido revela tu interior.

Tengo un problema con la pronunciación de la “R”. Contantemente recibí burlas y fui motivo de risas. En realidad, no me molestaban tanto o por lo menos eso creía. Hasta que eso se volvió el obstáculo más grande para aventarme a iniciar un proyecto: el podcast.

Cuando uno hace las cosas con total entrega, con total veracidad y autenticidad, creo que la respuesta siempre será mejor. Sí, quizá mi voz no es digna de un doblaje de película, o incluso, de locutora, pero bien puedo hablarte con total honestidad, con total vulnerabilidad, con sinceras interrogantes que busco compartir y quizá es ahí, donde la frecuencia de mi voz ayude a la recepción de la misma.

Aquí estoy, a un mes de haber lanzado el podcast que tanto pensé y soñé y me di cuenta, que había dejado de lado esa parte que me ha caracterizado siempre: la escritura.

Vuelvo a teclear frente al computador, vuelvo a escuchar el sonido característico del golpeteo de mis dedos en cada tecla. La respiración que se me acelera cada que escribo. Vuelvo a perderme en mis pensamientos, en mis emociones, en mis adentros. Vuelvo a entrar en ese trance tan maravilloso que solo me ha dado la escritura. Disfruto enormemente hacer los episodios del podcast. Me divierte, me libera, me energiza tanto como el baile.

Pero la escritura tiene algo místico. De verdad que te envuelve. Es como si entrara en una esfera que me transporta a un universo paralelo. En donde por unos momentos, solo estoy yo y me imagino en esta sala medieval, rústica, con tan solo una mesa y silla de madera, una vela iluminando el sitio y una atmosfera en penumbra. Casi la media noche. Es ahí donde surgen mis escritos. Es mi lugar de inspiración. O quizá mi calabozo. Y llego ahí intentando liberar poco a poco la carga que me puso en ese lugar. Mi condena es en sí, mi liberación.

Tenemos muchas formas de expresarnos. Incluso, en el silencio y la inactividad. Es quizá ahí, la mas grande forma de expresión. La interna. La que tenemos con nosotros mismos. Hace poco escuché, precisamente un podcast, y hablaba de una adicción particular. Debo confesar que yo la tengo.  Soy adicta a compartir.  Quizá me aterre guardarme algo, imaginando la condena que será cargar ese pensamiento, esa emoción o esa interrogante yo sola. Tener que convivir día a día con ella en ese lugar solitario. O quizá un pavor a la responsabilidad, al compromiso. A resolverlo yo, sin poder culpar o apuntar a alguien en la resolución. Al compartirlo, existe una falsa sensación de liberación, porque lo que comparto es, por momentos, el trabajo que conlleva resolverlo.

Quizá mi adicción te libere a ti por igual. Quizá ese es realmente el motivo de mi falta de abstinencia. Sabernos liberados en conjunto.

Sigo aquí, escribiendo en este universo paralelo y lo único que puedo ver en esa ventana frente a mi, es una infinidad de posibilidades. Esta vez me daré permiso de solo observarlas. Sin perseguirlas, sin trata de atrapar una. Y solo esperar que entre a este sitio, aquella que mejor me venga.

Pepilla ha dejado de gritar. Comienzo a preguntarme tal vez, solo tal vez, por fin nos hemos puesto de acuerdo.

3 comentarios sobre “45.Mi forma de expresión

  1. Ari quienes te conocemos sabemos que eres una gran bailarina y también una gran escritora (en especial de historias), y nos has sorprendido ahorita como narradora de historias
    En resumen considero que eres una maravillosa comunicadora

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