50.Entre lunas y lágrimas

Hola de nuevo mis queridos lectores. Aquí estoy de regreso después de varios meses de ausencia. Meses en lo que he puesto en práctica “el arte de no hacer nada” ¿Lo recuerdan?

Hoy quiero comenzar a platicarles de mi experiencia en noviembre y mi retorno a la naturaleza. Todo se dio para llegar a este espacio. Parecía que las decisiones que había tomado en el pasado, me llevaban justo a este momento. Renuncié a mi trabajo para comenzar otro, con la sorpresa de que no sería así. El proyecto que buscaba, tardaría en arrancar, por lo que me encontraba en la nada. Y ahí, sin buscarlo llega esta oportunidad.

Buscaban a alguien para quedarse a cargo de “Tierra corazón”. Espacio que yo había visitado meses antes y me había dejado grandes enseñanzas, pero que había sido increíblemente retador. (Si quieres saber más sobre aquella experiencia, te invito a escuchar los episodios de mi podcast llamados: “Desconectar para conectar” y “¿Te dejas sostener?”).

Por alguna extraña razón, mi primera reacción fue sí, -yo me quedo el tiempo necesario ahí-. Pero después, comencé a recordar lo difícil que es vivir en la naturaleza. Difícil para los que estamos acostumbrados a las comodidades de la ciudad.

Nada me impedía de ir, de hecho, era todo lo contrario. Todo se había dado para estar disponible cuando lo necesitaban. Así que me aventuré.  Por un lado era todo lo que buscaba, un tiempo para conectar en la naturaleza, y por otro lado, era todo lo que solía esquivar:  la soledad, el frío, la oscuridad, el difícil acceso a la «civilización» y por supuesto, el gran reto de usar baños secos y ducha al aire libre.

A pesar de mi terror por encontrarme con esta experiencia, algo en mí decía que era justo lo que necesitaba. Y así comenzó esta historia.

Afortunadamente, una amiga accedió a acompañarme. Como quiera, estar sola en la naturaleza, me provocaba mucha ansiedad, así que su compañía ayudó bastante a calmar mi emoción.

Después de un viaje larguito, llegamos a San Cristóbal de las Casas, ciudad que en sí misma tiene un cierto misticismo. Dormimos ahí, ya que anochecería pronto, e ir a la montaña en la oscuridad no sería la mejor idea.

Tan pronto amaneció al día siguiente, nos dirigimos al lugar. Afortunadamente mis padres nos pudieron llevar hasta ahí. De lo contrario, trasladarse puede ser un poco complicado.

El día era frío, con lluvia, y fue así como comenzamos a bajar todas las cosas del coche, para instalarnos en “Tierra corazón”. Tan pronto terminamos de bajar todo lo que llevábamos, mis padres partieron, puesto que tenían un largo viaje aún.

Eran cerca de las 8 de la mañana cuando nos encontramos solas, acompañadas tan solo con el ruido de la lluvia caer sobre los árboles. Me sentí como niña pequeña, con ganas de correr detrás del coche y decir que mejor no, que me regresaba con ellos.

Un gran sentimiento de melancolía, miedo y tristeza me invadió. Quizá mi alma sabía lo que vendría más adelante y mi ego buscaba la forma de evitarlo. Estoy segura que mi amiga, a quien a partir de ahora llamaremos Venus, también lo sintió, aunque ninguna dijo nada. Tratamos de mantenernos ocupadas todo ese día. Entre acomodar todas nuestras cosas, instalarnos bien en la cabaña común, al fin y al cabo, estaríamos 1 mes ahí. Recorrimos el lugar, preparamos la comida, preparamos un poco la composta y luego nos metimos a la cabaña antes de las 6 de la tarde. Ya comenzaba a oscurecer.

Tan pronto dejaba de hacer algo, me invadían las ganas de llorar. ¿Qué hago aquí? Es lo único que me decía. Y de pronto, recordé la misma sensación de soledad, la misma melancolía, las constantes ganas de llorar, y las tremendas ganas de hablarle… sí, a mi gran amor imposible. Creyendo superado por completo este tema, fue de nuevo, que envuelta en la oscura noche de luna nueva, trataría de buscar, mi propia sombra.

Poco sabía yo que me esperaban días llenos de grandes retos. Entre lunas y lágrimas, diría adiós a viejas ilusiones, a viejas creencias, a sueños expirados. Diría adiós a aquello que me limita. Pero de eso, hablaremos más tarde.

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