El pasado jueves tuve la oportunidad de impartir un taller de escritura sanadora. Como sabes, la escritura me ha salvado muchas veces y desde muy pequeñita, ha sido mi lugar seguro. Por lo que, este taller, se convirtió en mi forma de compartir la herramienta de sanación que más amo.
Como suele pasar en estos eventos, comenzamos con la presentación de cada uno de los participantes.
Fue muy interesante, ya que el punto común de todos, era que no les gustaba su nombre (o uno de ellos en el caso de los que tienen 2 nombres). Las razones eran diversas. Unos por el simple tono del nombre, otros por la historia que tiene, otros, por que no querían cargar con la energía de algún familiar que llevaba el mismo nombre que ellos.
No creo en casualidades, creo que, de alguna forma estaba destinado. La energía no miente y la misma frecuencia se atrae. Aunque el taller no trataba sobre sanar el nombre, al final, fue algo que surgió y que a todos llamó la atención.
Me puse a reflexionar sobre esta situación. Conozco muchísimas personas que, como los participantes del taller, no les gusta su nombre. Pocos deciden cambiarlo oficialmente, la mayoría, decide presentarse con su apodo.
Pero, ¿Qué impacto tiene realmente sobre nosotros? Al final, forma parte de nuestra identidad y es algo que nosotros no decidimos, por lo menos en su mayoría. Hay religiones donde al iniciar, decides tu nombre “espiritual”, pero en general, llevamos a lo largo de nuestra vida, el nombre que nuestros padres, abuelos o tutores, decidieron darnos y escribir en nuestras actas de nacimiento.
Pero ¿el nombre nos define?
Es verdad que cada letra lleva en sí una carga energética, de ahí que los mantras o las afirmaciones sean tan poderosas. ¿Cuál es la carga que lleva impresa nuestro nombre, solo por su simple escritura o por su sonar? Ahora, si le sumamos la carga histórica, pues, llevamos cagando un gran peso energético.
¿Qué historia nos han contado y qué historia llevamos repitiendo en nuestra cabeza una y otra vez sobre nuestro nombre?
A mi tampoco me gustaba el mío. Solía rechazar mi nombre completo “Ariadna”. Esto, porque todos solían decirme Ari y solo cuando estaban enojados, cuando me regañaban o cuando algo urgía, me llamaban Ariadna. Por lo que, quedó instalado en mí ese miedo a escucharlo completo. Era de alguna forma, el aviso de que algo no agradable estaba a punto de pasar. Así que se convirtió en una especia de alarma.
Poco a poco, fui haciendo las pases con el, gracias a que varios amigos comenzaron a llamarme Ariadna, así completo, de una forma bastante cariñosa. Claramente, mi sentido de alarma comenzó a desactivarse y con el tiempo, me fue gustando cada vez más.
Aunque, también es cierto que he trabajo mucho en mí. Quizá el aceptarse a uno mismo, en esencia, permite de igual manera aceptar otras partes, como el nombre. Pero ¿realmente repetimos patrones establecidos por esas letras que lo forman?
Estudiando un poco sobre la mitología de Ariadna, me di cuenta que de alguna forma, había repetido esa historia en mi propia vida. El hilo, pero sobre todo, el sufrimiento de Ariadna, estaba presente de alguna forma (bastante similar he de decir) en mi propia historia.
En realidad, no sé si nuestro destino ya esté marcado por como nos llamamos, pero no me suena tan descabellado. Como lo he dicho muchas veces, al final, todo es energía. Y si así fuera ¿Estas dispuesto a continuar con tu mismo nombre? O sabiendo todo eso, y conociendo la historia que lo envuelve, ¿Te cambiaras esa palabra que, de alguna forma, te define?