93. “La incomodidad de la decisión”

El fin pasado, tuve la oportunidad de asistir a una capacitación del nuevo negocio que me encuentro realizando. Hacer una actividad fuera de la rutina, ya por sí sola te saca de la zona de confort, si a esto sumamos que iría sola, sin conocer realmente a nadie, pues me producía una cierta “apatía”, que escribo entrecomillado, porque en realidad aunque quería ir, mi forma de defensa al miedo que me producía ir a un lugar sin realmente pertenecer aún al grupo, era precisamente estar un poco apática al evento.

A pesar de lo que muchos creen de mí, me cuesta mucho socializar. Requiere de mucha energía para mí, entablar una conversación. Recordemos, como ya te he contado anteriormente, mi más grande miedo es el rechazo. Así que lógicamente, enfrentarme a un posible rechazo al momento de entablar una primera conversación, es para mí todo un reto. Aun así, estaba segura de ir.

Para mi grata sorpresa, las ponencias fueron realmente entretenidas. Una mezcla perfecta entre experiencias propias compartidas por los oradores, una dosis de ánimo y sobre todo información realmente valiosa, no solo para el negocio, sino para la vida. Y como sabes, valoro muchísimo poder extender cualquiera de mis conocimientos, a todas las áreas de mi vida.

La última de las ponencias, dada por una psicóloga, hablaba de las fases que atravesamos al tomar decisiones y de lo incómodo que resulta tomarlas. Porque claramente, cruzamos por un sinfín de miedos, creencias y pérdidas incluso. Tomar una decisión, cualquiera que esta sea, requiere un clavado al interior. Revisar a detalle nuestras prioridades, nuestros valores, nuestros sueños. Porque la conclusión a la que lleguemos, dependerá 100% de ese análisis.

Aquí viene lo interesante. ¿Qué tan bien te conoces? Quizá cuesta trabajo tomar una decisión (que te lleve a la acción), porque en realidad tu orden de prioridades no está tan claro como lo pensabas. ¿Qué pesa más? Al final, ¿A qué le tomas más importancia?

Nos ponemos miles de excusas y realmente creemos que son válidas, pero no dejan de ser eso, pretextos, justificaciones a nuestra falta de decisión, a nuestra falta de acción. Es más fácil culpar al exterior, pero en la noche, al momento de apagar la luz y quedar en silencio, no hay escapatoria a la realidad. De frente a nuestra consciencia, con el alma desnuda, las respuestas son claras, solo falta el coraje para ejecutarlas.

Quizá entonces la incomodidad de la decisión está justo ahí, en la ejecución. Porque lo incomodo no está en tomarla, lo incomodo está en hacerla realidad.

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