El síndrome de la duda

Como ya me conoces, suelo tomar mis tiempos alejada de la escritura. Algunas veces por resistencia a escribir y más que escribir a reflexionar, otras, porque no me doy el tiempo y me enfoco en otras actividades. Yo siempre digo, a menos que tengas que entregar un escrito y tengas una fecha límite, lo mejor es dejar que fluya y sentarse frente a la hoja en blanco cuando tu corazón así lo desea.

Pues bien, hoy quiero contarte de mi tiempo en las montañas de Chiapas, que como saben se han vuelto ya un lugar muy cercano a mi corazón. El pasado marzo, tuve la oportunidad de pasar unos días, en ese espacio, que tan buenas reflexiones me ha dado.

Siempre la naturaleza nos regala grandes enseñanzas, cuando le dedicamos el tiempo necesario para escucharla. Pero esta vez, no fueron los árboles guardianes, tampoco el viento que susurra, ni las aves que cantan; esta vez, las reflexiones que resonaron en mi interior, provinieron del espejo que se reflejó en toda la tribu que nos reunimos ahí para un evento en particular.

Durante cuatro días, convivimos con la tribu, realizando diversas actividades tanto individuales como grupales, para mantener el lugar y la energía en las condiciones adecuadas para sostener el evento, como realizar la composta de los baños, mantener el fuego encendido, lavar los trastes de la comida etcétera. Algunas actividades son más placenteras a realizar que otras, como bien te podrás imaginar. Sin embargo, cada una de ellas lleva cargada en sí, gran enseñanza y reflexión.

Como yo ya estaba familiarizada con dichas actividades, ya que no era la primera vez que me encontraba en ese lugar, podría decir que no se me dificultó ninguna de ellas. Como te decía anteriormente, el real “conflicto” o dificultad fue en la misma convivencia y trabajo en equipo.

Uno imaginaría que, al tratarse de un evento holístico, espiritual, energético, la energía se sentiría suave, tranquila, en paz. Que los participantes, tendríamos la disposición completa de ayudar, de reaccionar pacíficamente ante las adversidades o los cambios. Pero, la realidad, es que no dejamos de ser humanos, personas con emociones que brotan o incluso se desbordan, con incomodidades, con diferentes creencias y distintas heridas que se activan ante los sucesos.

Para el primer día, la primera adversidad se presentó. La asignación de tareas. Una actividad que a primera pareciera tan sencilla de realizar, pero que cuando se presenta la inconformidad se vuelve titánica. A quién le toca hacer qué, cómo y cuándo. Ponerse de acuerdo es sin lugar a dudas, la tarea más complicada que realizamos a diario. Y no solo en grupo, también se presenta en individual. Porque al final, decidir es poner de acuerdo la mente y el corazón.  

Cuando por fin todos entendimos nuestro rol y sobre todo los horarios, todo comenzó a fluir mejor. Primera lección. La claridad en la acción, calma el corazón.  En definitiva, un plan bien marcado, baja las voces de la mente. Cuando caminamos en el caos, damos pie también al ruido interno, a las dudas, a las quejas, a emociones descontroladas que se mezclan con el caos que nos rodea.

La segunda gran lección, se me presentó justamente en esa convivencia y trabajo en equipo. A decir verdad, tenía ganas de pasar el mayor tiempo posible a solas. Quería charlar con la naturaleza, con esos altos guardianes que conocía ya tan bien y con quienes podía mantener largas conversaciones. Sin embargo, esta vez la montaña guardó silencio, para poder escuchar a mi misma especie. Era sorprendente como cuando me disponía a estar a solas, llegaba alguien. Sí, es verdad que podía solicitar que me dieran espacio. Pero, por ahí de la tercera vez, entendí la asignación. Estoy aquí para conversar, para compartir, para verme reflejada en el otro. Eso que me molesta, eso que admiro en el otro,  es un mero reflejo propio. Así que, comencé a poner atención.

En las conversaciones, comencé a encontrar un hilo en común. Todos nos sentíamos movidos por la “duda”. Sí, así como lo lees. Cuestionarnos si estamos o no en el lugar correcto, en el momento correcto. Si estamos haciendo lo mejor o solo lo indispensable.

No importa que tan seguro estés de tu decisión. No importa que tan certero sientas tu corazón al momento de dar ese paso al camino elegido. La duda, en algún momento, aparecerá. A veces surgirá del interior, otras, vendrá del exterior. Algunas veces aparece desde la tranquilidad de la meditación, otras, en una acalorada discusión. Unas veces te susurra y otras su grito es ensordecedor.

Tuvimos diversas actividades en juego, donde justamente, pusimos en practica el trabajo en equipo y donde la duda en las tomas de decisión era evidente. Me hizo reflexionar sobre el origen de mis dudas cuando se trata del otro. ¿A qué me refiero con esto? Pues bien, como todo juego, se requiere de estrategia para “ganar” y mi común denominador era que, de primera instancia, mi pensamiento era que la persona que tenía enfrente no me quería ayudar, sino todo lo contrario.

En todas las veces me sorprendía darme cuenta al final, que en verdad me quería ayudar a ganar, pero yo en mi inseguridad no solo no aceptaba la ayuda, hacía exactamente lo contrario, complicándome más el proceso.  Me pregunté de dónde venía esto. ¿Por qué mi primera reacción es a la defensiva?

Me di cuenta que la duda no provenía de la desconfianza en el otro, sino mas bien, de ese afán por hacer las cosas distintas. De ese síndrome de la duda, de ese constante cuestionar por qué hacer las cosas de un modo y no de otro.  Y aunque es verdad que muchas veces hacer las cosas distinto nos lleva a resultados maravillosos, en gran parte de las veces, es tan solo el ego el que nos bloquea. Ese miedo a no destacar. El miedo a difuminarte. El miedo a disolverte en el otro hasta perder tu identidad. El miedo a soltar tus sueños y caminar caminos que no fueron trazados en tu mapa.  Sí, me di cuenta que dudo de los demás, porque dudo de mí.

Grandes lecciones nos dan nuestro entorno. La vida en su inmensa sabiduría, nos prepara para lo que viene. Sin duda alguna, Tierra corazón, una vez más, me abría la mente y el corazón para el futuro que comenzaba ya, a volverse presente.

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